Cuentan que hace algún tiempo la señora María tuvo que acudir al ayuntamiento para realizar unas gestiones. Iba acompañada por sus cinco hijos, todos varones, que muy tranquilos esperaban sentados a que su madre terminara de hacer sus gestiones.
La funcionaria, asombrada por el buen comportamiento que mantenían los chicos y con el fin de entretenerse mientras María rellenaba los impresos, dijo:
─¡Que niños más buenos! ¿Cuántos años tienen?
La Señora María, levantó la vista, y comenzó a señalarlos:
─Diez, ocho, seis, cuatro y, el pequeño, dos.
─¿Cómo se llaman?
Ella volvió a señalarlos.
─Alejandro, Alejandro, Alejandro, Alejandro y Alejandro.
─¿Todos se llaman Alejandro? ─preguntó extrañada la oficinista.
─Sí.
─Y ¿Cómo hace para llamarlos a comer?
─Fácil, grito ¡Alejandro! y vienen los cinco.
─¿Y para ducharse?
─Fácil, grito ¡Alejandro! y vienen los cinco.
─Pero y si quiere que venga uno en concreto, ¿cómo lo hace?
─Lo llamo por el apellido.
(Basado en un viejo chiste del que me acordé)
