No te quepa la menor duda de que he tenido otro movidito fin de semana, pero lo que se merece este post, sin despreciar lo demás, fue la noche del viernes. Gran velada con amigos, “güisquitos” y auténticas arepas venezolanas (asadas no fritas). La cosa surgió como casi todo, sin pensarlo. Resulta que la, llamémosla, familia “Orillarse” ─gran expresión de esas tierras descubierta a última hora─ nunca había estado en casa, cosa que sí había ocurrido con la familia “Reina pepiada” ─jajaja─. Así que entre risas y fiestas se organizó la cena. Nosotros pusimos la casa, la harina de la masa, las ganas de comer y algún picoteo; los Orillarse el whisky ─fundamental y obligatorio─ y otras bebidas, y los de la Reina Pepiada, el relleno y la mano de obra ─al ser los grandes conocedores de los secretos de tan suculentas y chorreantes viandas.
La cosa empezó bien. Visita guiada a la casa y primeras rondas en la cocina. Preparación de la masa ─y segunda ronda─, creación de costra ─tercera ronda─, horneado ─cuarta─, papeo de los niños/as ─pá que se fueran a jugar con la bendita Wii para nosotros encargarnos de la quinta ronda─. Las risas, empezaron a surgir, las bromas no cesaron y hasta organizamos el viaje de esquí, Madeira, fin de año a Madrid, Isla Margarita, retoques plásticos en Caracas…, el whisky era del bueno.
Las niñas se quedaron sentadas y dormidas a eso de las 12:30 de la noche. Los chicos, a la 01:00 a.m., con los ojos llenos de chispeantes luces de colores, provocadas por los efectos especiales de la maquinita, se retiraron a sus casas felices y contentos y, los adultos, bueno los adultos… el whisky estaba bueno.