Una semilla en esta tierra desolada era lo único que pedía a los Reyes Magos. Su marido se había cansado de tanta insistencia, de intentarlo una y otra vez, de la visita a los más expertos, de cuidar «el jardín».
Los vecinos la miraban con pena, cuchicheaban a su paso. Su familia la visitaba en actitud condescendiente mientras, ella, noche tras noche, lloraba amarga por las esquinas de la casa.
Solicitaba ayuda a todo aquel que se tropezaba en su camino con aires de tener alguna solución. Para ella lo más importante era plantar esa semilla. Lo más importante era tener un hijo.
