«Visita a la oftalmóloga»

─Buenas tardes ─me saluda muy amable la doctora─. Quítese las gafas y siéntese.
─Me quito la camisa ─le digo con sonrisa picarona.
─No hace falta «bonito» que esto es una consulta de oftalmología y además tu mujer está delante.
─Ups! Pequeño detalle ─la miro y me atraviesa los ojos mientras carraspea y me hace señas de que me dará unas palmaditas.
           Menos mal que todo queda en casa, la doctora es amiga y el ambiente distendido y amigable entre los saludos, el típico ¿qué tal te va?, ¿cómo están los niños?, las bromas…, que si no…
Llevo toda la vida usando gafas y es la primera vez que me dilatan los ojos (incomodísimo eso de verlo todo borroso y encandilante durante horas), me hacen una topografía de la cornea (el aparato parece un radar o uno de esos artilugios para broncearte con rayos UVA), me toman la presión del ojo (─Usted tranquilo ─me dice la  auxiliar u óptica o enfermera o lo que fuera─ sentirá un soplidito en el ojo pero no se asuste. ¡Que no me asuste!, ¡imposible! Menudo escupitajo me lanzó) y me ponen delante tanto aparatejo con lucecitas verdes, rojas, casitas al fondo, en plan «Casa de la Pradera» (me quedé un rato trastornado esperando a que pasara una vaca o un caballo)…
            ¿Dónde quedaron aquellas enormes, pesadas e incómodas, pero fascinantes, gafas negras sobre las que iban cambiando y combinando lentes? Sin duda toda una experiencia tecnológica esto de ir a la oftalmóloga, y más  siendo tan guapa, simpática y  (¡¡Pum!! Cogotazo por la espalda). No importa, el año que viene repito.