«Recuerda a papá que baje la tapa». Rezaba la escueta nota que había encontrado junto a mi mochila. Esas fueron sus últimas palabras, o por lo menos, las últimas de las que tuve constancia. Me fui al cole dándole vueltas a la cabeza. ¿Qué quería decir?
Pensé que, como siempre, hablaba de la tapa del váter, pero cuando por la tarde volví, la entendí. Ya todo había pasado. Ella se había encargado de todo excepto de aquel pequeño detalle. Se había vestido con su precioso traje lila con encajes. Yacía recostada, con sus dedos entrelazados sobre su pecho. Sus ojos estaban cerrados. Estaba muerta, en su ataúd. No esperé a que llegara mi padre. Tenía una responsabilidad. Yo mismo bajé la tapa. ¿Cuál sería el motivo? Igual quería estar segura de que no iba a vagar, cuál fantasma por este mundo. Igual no quiere que los gusanos se marchen.
