─Ese gordo ocupa mucho lugar ─oyeron decir todos.
Sus cuerpos temblaban. Sin duda era la señal que indicaba que la vida de alguno de ellos estaría cerca de su fin. Con cierto disimulo y recelo comenzaron a mirarse, a compararse. ¿De quién hablaban?
La voz que venía del otro lado de su prisión, pareció decidirse claramente por uno de ellos.
─Sí, ese, ¡sácalo! ─ninguno de los presentes dijo nada, solo esperaban. Deseaban no ser el escogido.
El receptáculo se abrió. Unos dedos húmedos y fuertes lo asieron por la pechera. Era su fin. No volverían a ver a su hermano espárrago.
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