La pastelería llevaba tiempo cerrada. Los dulces, vendidos tiempo atrás a diario, habían dejado las vitrinas vacías. La harina y las levaduras, guardadas en el cuarto de materiales, se habían caducado por la falta de uso.
La gente del barrio había achacado el cierre patronal a una grave situación personal de la panadera que le había impedido abrir, como era habitual, todos los días del año. La extrañaban. En muchas ocasiones los vecinos pasaban por la puerta de su casa y, asombrados, les parecía recibir el olor de antaño inundando el pedazo de acera que le correspondía.
Ella, asomada tras el visillo de su ventana, también les echaba de menos. No estaba enferma, como afirmaban algunos. No tenía depresión, como decían otros mientras señalaban las cortinas. Las escasas veces que se la tropezaban por el barrio alguien, los más atrevidos, le preguntaba cómo estaba, qué ocurría. Ella tranquila y relajada siempre contestaba lo mismo: «Estoy ocupada en otros menesteres. Pero no se preocupe, cuando pueda volveré a abrir». Y continuaba su camino tan campante.
La vida tiene estas cosas y, a veces, sólo hay que esperar el momento.
