Sin duda alguna, entre los lugares mágicos de nuestra tierra se encuentra nuestro Teide. Ascender paso a paso su ladera es uno de esos lujos que a todos recomiendo y que yo intento gozar, al menos, una vez al año.
Aunque el frio del otoño estuvo presente desde el comienzo y la noche hizo pronto su aparición, llegamos con buen ritmo a ver el mástil que indica la cercanía del refugio. Tras unas pocas decenas de metros y la necesidad de parar para tomar aire, cada vez con más frecuencia, las luces del interior del refugio de Altavista parecen los resplandores de los faros que orientan a los marinos en sus peligrosas travesías. Las fuerzas salen, cuando llegas, lo haces sonriente, con la alegría de haber cumplido la mitad del recorrido y la esperanza de satisfacer el resto.
Las cinco de la mañana es el tope. Las risas vuelven a inundar la habitación que acogió los sueños, ronquidos, desvelos, risas y comentarios de los catorce que formábamos el grupo. Tras un reponedor chocolate caliente nos atrevimos a enfrentarnos a los menos cinco grados centígrados del exterior y comenzar la andadura para hacer cumbre. El frio es un mal compañero de viejo, pero el apoyo y la buena compañía ayuda a superarlo con entusiasmo.
Los últimos metros, duros escalones azotados por el viento, y el pestilente olor del azufre, que se escapa por las fumarolas, animan a llegar.
Por el este los tímidos rayos del sol comienzan a inundar la cumbre y las caras sonrientes de los que allí estamos. Su reflejo en nuestras pupilas es el premio a nuestro esfuerzo. Por el oeste la sombra perfecta de nuestro Teide se convierte, un año más, en espectro de admiración y devoción, contorno que nos dará la fuerza para repetir la experiencia.



