«La sombra perfecta»

Sin duda alguna, entre los lugares mágicos de nuestra tierra se encuentra nuestro Teide. Ascender paso a paso su ladera es uno de esos lujos que a todos recomiendo y que yo intento gozar, al menos, una vez al año.
            Aunque el frio del otoño estuvo presente desde el comienzo y la noche hizo pronto su aparición, llegamos con buen ritmo a ver el mástil que indica la cercanía del refugio. Tras unas pocas decenas de metros y la necesidad de parar para tomar aire, cada vez con más frecuencia, las luces del interior del refugio de Altavista parecen los resplandores de los faros que orientan a los marinos en sus peligrosas travesías. Las fuerzas salen, cuando llegas, lo haces sonriente, con la alegría de haber cumplido la mitad del recorrido y la esperanza de satisfacer el resto.
            Las cinco de la mañana es el tope. Las risas vuelven a inundar la habitación que acogió los sueños, ronquidos, desvelos, risas y comentarios de los catorce que formábamos el grupo. Tras un reponedor chocolate caliente nos atrevimos a enfrentarnos a los menos cinco grados centígrados del exterior y comenzar la andadura para hacer cumbre. El frio es un mal compañero de viejo, pero el apoyo y la buena compañía ayuda a superarlo con entusiasmo.
            Los últimos metros, duros escalones azotados por el viento, y el pestilente olor del azufre, que se escapa por las fumarolas, animan a llegar.
            Por el este los tímidos rayos del sol comienzan a inundar la cumbre y las caras sonrientes de los que allí estamos. Su reflejo en nuestras pupilas es el premio a nuestro  esfuerzo. Por el oeste la sombra perfecta de nuestro Teide se convierte, un año más, en espectro de admiración y devoción, contorno que nos dará la fuerza para repetir la experiencia.

«¿Quién tiene el mando?»

Hoy es el día de mi boda. En estos momentos estaríamos cortando la tarta nupcial o paseando por las mesas para hablar con los más de ciento cincuenta invitados, pero no me presenté. Llevo un par de horas sentada frente al televisor con la mirada perdida, contemplando la nada.
            Todo comenzó esta mañana cuando, tras pasar un par de horas con el peluquero, otra con la maquilladora, varios minutos tranquilizando los nervios de mi madre y escuchando las loas a mi hermosura de mis hermanas, me he encerrado en la habitación y no he salido.
            Al principio, del otro lado, me hablaban con cariño: que si eran nervios, que tranquila que pasa pronto, que no te preocupes… pero yo aquí sabía que nada de eso era verdad. Tras un cuarto de hora sin hacer comentarios, comenzaron a aporrear la puerta y los nervios hicieron acto de presencia. Al rato llegaron los gritos, las órdenes y las palabrotas, seguí impertérrita.
No se el tiempo que pasó pero, tras un tiempo de calma, escuché la voz de mi prometido que se dirigía a mi con suavidad. También se cansó, chilló, aporreó la puerta, me mandó a la mierda y se fue.
Imagino que ahí fuera nadie querrá hablar conmigo. Quizás por eso sigo aquí, sentada, mirando la tele. No importa. Ahora toca pensar: ¿Por qué lo he hecho? ¿Por qué no me he casado? ¿Por qué lo he dejado todo?…  No sé, pero está claro que no estoy preparada para compartir el mando de la tele.

«Con la almohada»

Y nada más existió hasta el próximo tren por lo que lo disfrutó todo lo que pudo. Se bebió, casi de un sorbo, su ansiada bebida, un vaso de leche caliente con Cola-cao. Asió su almohada, con la que viajaba a todas partes, y se recostó. Su tacto era suave y sedoso. Lo relajaba y más tras el incómodo ruido que había hecho aquel cercanías. Respiró a la par que cerraba los ojos. Por unos instantes creyó estar en otro lado. Pero el tiempo es efímero. Faltaba poco para el siguiente. Cerró sus puños y, desde que sintió el temblor bajo su cuerpo, supo que ya no había vuelta atrás. Murió arroyado.

«Allí sigue»

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento cuando esta se cerró de un porrazo. Con un largo suspiro tomó aire e intentó tranquilizar su corazón, para disponerse a disfrutar de las horas de tranquilidad que le quedaban antes de que regresara del trabajo.
Llevaban juntos casi toda la vida. Se habían conocido por casualidad y, sin quererlo, se habían ido a vivir juntos, casi el mismo día.
            Estaba harto. No aguantaba el olor de su perfume. No soportaba su voz de pito. Sus gritos. Sus canturreos. Sus amistades… No la quería. Pero allí estaba, sin poder hacer nada, prisionero en su jaula. Un par de veces al día le dejaba comida, le renovaba el agua, cambiaba el periódico que forraba el suelo de su cárcel.
            No la soportaba más pero no podía hacer otra cosa. La puerta siempre cerrada le impedía volar, escapar. ¡Pobre animal!