«Halloweekend»

Un año más llegamos a la batallita de las tradiciones: que si hay que celebrar San Andrés, que si eso es de los giris, que si yo no me uno, que si menuda chorrada…. Pues siento decirles que todo eso está muy bien pero, Hallowen ha llegado.
            Los niños y niñas compran disfraces. Las mamis se asquean con los artículos de caracterización. Los papis rezongan. Las abuelas se santiguan…, pero Halloween ha llegado.
            El año pasado cometí un pequeño error ─puedes leerlo aquí─ pero para el presente, todo está listo: He sacado mis peores galas, afilado mis dientes, retocado mis chorretes de sangre seca, acicalado mis heridas… Solo espero que esos mequetrefes se acerquen a casa. ¡Se van a cagar!
            La entrada está decorada con pequeñas calabacitas, en cuyo interior se esconde una tenue lucecilla. Las telas de araña cuelgan por doquier. Tras la puerta un altavoz, conectado al equipo de música y este al timbre, está preparado para sonar, a toda leche, una música fantasmagórica tras ser accionado. Hasta un murciélago que da vueltas tengo colgando en el porche de la casa.
            Tras un par de horas de trabajo solo me queda sentarme a esperar. Halloween ha llegado y, y yo… ¡Ups! Acabo de acordarme. Yo tengo fiesta en casa de un amigo.

«Una tarde movidita»

Hoy es una de esas tardes complicadas. Tras comer tengo que ir a una gran superficie para buscar un material que nos hace falta en el cole. Después, ya que estoy ahí, hacer un par de mandados, de esos que uno siempre deja pendiente. De cuatro a cinco tengo clase en el gimnasio, para después ducharme e ir a recoger a los niños a las cinco y media. Tengo que pasar por casa de mi suegra, lavar el coche y… ¡ARGH! ¡Acabo de recordar!, Tengo que ir al supermercado. ¿De dónde saco el tiempo? Son cuatro cosas pero urgentes: Agua, yogures, jabón para la lavadora, suavizante, fruta, leche, cereales para el desayuno, cápsulas para la cafetera. Yo creo que ya.
            Acaban de terminarme el coche. Justo a tiempo. Las cinco y media, a recoger a los churumbeles y para casa a colocar la compra que llega a las seis y cuarto.
Menos mal que uno tiene un teléfono de esos y mientras hago cola… aprovecho el tiempo.

«Un hobby nuevo»

Quedarse en casa una tarde de domingo es fantástico. Sobre todo después de un sábado movidito y una “amanecida” para ir a una excursión que resultó fallida.
Uno espera echarse en el sillón, poner una película, para no verla por culpa de una buena siesta… También está la opción entretener a los niños de uno, que para eso están.
─Pues ya que no vamos a hacer nada, podríamos terminar la maqueta.
─Vale, si quieres que te ayude.
En principio parece ser que a mi hijo le apetecía encontrar un hobby. De esas cosas que uno hace cuando le apetece estar tranquilo y pasar un rato agradable consigo mismo. Así que se ha dedicado a montar maquetas de soldaditos de la II Guerra Mundial.
Como suele ocurrir en estos casos encontró un entretenimiento para los dos. Así que adiós sillón, adiós peli y adiós… (lo de la siesta no se me escapa que faltita me hace), que vamos a hacer maquetas.
Es el primer diorama que hacemos. La verdad es que hemos pasado muy buenos ratos juntos, que al fin y al cabo es lo que uno quiere, y el resultado es bastante vistosillo.
Así que ya sabes, si no tienes plan para las tardes de los domingos, te puedes unir al nuevo club de maquetistas. Eso o llevarte a mis hijos de paseo.

«Mi pequeño lazo azul»

Desde la infancia conservo la costumbre de tener un pequeño corcho frente a mi lugar de trabajo. En él cuelgo pequeños tesoros y recuerdos que significan, o han significado, algo. Está la concha del Camino de Santiago, una foto de mi época de Fuerteventura, una vieja pañoleta scout…, y un pequeño lazo azul.
            Lleva años atravesado por una pequeña chincheta. Clavado en el mismo sitio. Mira que me he mudado veces de casa y que hay cosas que han desaparecido de ese pequeño altar pero, mi pequeño lazo azul,  siempre ha estado ahí, a la espera de ser paseado.
Creo recordar que apenas lo use en un par de ocasiones y ambas tristes. La primera, el diez de julio de 1997, ETA secuestraba a Miguel Ángel Blanco. Amenazaban con matarlo. Así lo hicieron.
La noche del secuestro salíamos de marcha. Toda mi pandilla, impactados por el anuncio, respondimos al llamamiento de «BASTA YA» y quisimos poner nuestro granito de arena utilizando aquel símbolo. Esa noches vimos muchos y nadie parecía indiferente.
Mi pequeño lazo azul hoy sigue colgado en el tablón. Parece ser que jamás volveré a usarlo. ¡Menos mal!

«Historia de cuento»

Son las doce horas, un minuto y quince segundos. Toda la magia que había conseguido durante la noche ha volado por los aires. Tal y como llegó, con un puf y un humo gris  envolvente que hizo desvanecer los sueños cumplidos.
Aunque llegué a la fiesta un poco más tarde que el resto de las invitadas, él supo, nada más verme bajar las escaleras, que yo era la persona que buscaba. Me acogió entre sus manos como una delicada figura de porcelana. Me deslizó por  el gran salón como subida en una alfombra mágica de cuento.
Hemos pasado la velada bailando. Hablamos de manera animada de todo lo imaginable. Bebimos y, hasta nos besamos. Creo que es lo que esperaba.
A las doce salí corriendo. Debía cumplir con mi horario, de turno de noche, barriendo calles. Ahora entiendo a Cenicienta. Menos mal que no perdí el zapato.

«Cosas de la vida»

La pastelería llevaba tiempo cerrada. Los dulces, vendidos tiempo atrás a diario, habían dejado las vitrinas vacías. La harina y las levaduras, guardadas en el cuarto de materiales, se habían caducado por la falta de uso.
La gente del barrio había achacado el cierre patronal a una grave situación personal de la panadera que le había impedido abrir, como era habitual, todos los días del año. La extrañaban. En muchas ocasiones los vecinos pasaban por la puerta de su casa y, asombrados, les parecía recibir el olor de antaño inundando el pedazo de acera que le correspondía.
Ella, asomada tras el visillo de su ventana, también les echaba de menos. No estaba enferma, como afirmaban algunos. No tenía depresión, como decían otros mientras señalaban las cortinas. Las escasas veces que se la tropezaban por el barrio alguien, los más atrevidos, le preguntaba cómo estaba, qué ocurría. Ella tranquila y relajada siempre contestaba lo mismo: «Estoy ocupada en otros menesteres. Pero no se preocupe, cuando pueda volveré a abrir». Y continuaba su camino tan campante.
La vida tiene estas cosas y, a veces, sólo hay que esperar el momento.