«¿Quién tiene el mando?»

Hoy es el día de mi boda. En estos momentos estaríamos cortando la tarta nupcial o paseando por las mesas para hablar con los más de ciento cincuenta invitados, pero no me presenté. Llevo un par de horas sentada frente al televisor con la mirada perdida, contemplando la nada.
            Todo comenzó esta mañana cuando, tras pasar un par de horas con el peluquero, otra con la maquilladora, varios minutos tranquilizando los nervios de mi madre y escuchando las loas a mi hermosura de mis hermanas, me he encerrado en la habitación y no he salido.
            Al principio, del otro lado, me hablaban con cariño: que si eran nervios, que tranquila que pasa pronto, que no te preocupes… pero yo aquí sabía que nada de eso era verdad. Tras un cuarto de hora sin hacer comentarios, comenzaron a aporrear la puerta y los nervios hicieron acto de presencia. Al rato llegaron los gritos, las órdenes y las palabrotas, seguí impertérrita.
No se el tiempo que pasó pero, tras un tiempo de calma, escuché la voz de mi prometido que se dirigía a mi con suavidad. También se cansó, chilló, aporreó la puerta, me mandó a la mierda y se fue.
Imagino que ahí fuera nadie querrá hablar conmigo. Quizás por eso sigo aquí, sentada, mirando la tele. No importa. Ahora toca pensar: ¿Por qué lo he hecho? ¿Por qué no me he casado? ¿Por qué lo he dejado todo?…  No sé, pero está claro que no estoy preparada para compartir el mando de la tele.