─Y no intentes escabullirte, que no va a servirte de nada ─dijo mientras intentaba retenerla con todas sus fuerzas.
Ella continuó su huida calle abajo. Mientras esquivaba los pequeños baches y las piedras que se encontraba, sentía como aquellas palabras le retumbaban en su ser tal y como lo hace el eco a lo largo de las montañas. Tenía la necesidad de salir de allí, no podía esperar más.
A la vuelta del primer recodo encontró una pequeña rendija por la que podía escapar y dejar de oír aquella letanía. Fue fácil, apenas le costó. Es lo que tiene ser agua en acequia vieja.
