«Halloween»

Llegó
el otoño. Con él las lluvias, el viento, las hojas que vuelan por
los aires, las setas, las castañas… Con todo ello, los buenos
deseos empiezan a asomarse en el horizonte de una navidad ya no tan
lejana.
Por
las calles empiezan a correr los más pequeños persiguiendo los
charcos con los que embarrarse los zapatos. O las personas mayores o
los otros más estirados y encorbatados que no quieren mojarse con
las benditas cuatro gotas que caen del cielo.
Mientras
ellos corren despavoridos por su miedo, otros sufren el miedo y el
terror que les viene dado por otros fantasmas, vampiros y zombis que
han logrado saltar desde otra cultura.
Halloween
ya está aquí, y con esta nueva fiesta los sentimientos encontrados
y las luchas ideológicas de los que piensan que no hay que
fomentarla, de los que creen que es una oportunidad de negocio, de
los que consideran que es culpa de la globalización, de los que
creen que es gracias a la globalización, de los que no creen en
nada… Así, vamos sorteando nuestras desgracias y la de los otros.
Lo
que sí es cierto es que, nos guste más o menos, Halloween existe.
Ha logrado saltar nuestras costumbres protectoras y además tiene
intención de quedarse, con o sin permiso de trabajo, con o sin
crisis.
Y yo,
que soy poco novelero, ya tengo disfraz para acudir a una
«supermegafiesta»
preparada en casa de unos amigos. ¿Te apuntas?  

«La decisión»

De la
rutina insípida de su oficina, saltó a la soledad fría de su plaza
de garaje. Detrás oía las voces, las risas y las bromas que sus
compañeros le lanzaban como clavos ardiendo que le perforaban todo su
ser.
Penetrar en su coche significaba encontrar la puerta de salida a
su sufrimiento.
Rumbo
al hogar la música le daba un respiro. Le ayudaba a olvidar el día
vivido, a tener su mente ocupada para no escuchar sus propios
pensamientos, tenía voces que le hablaban y le indicaban como acabar
con todo aquello.
Llegar
a casa parecía, a priori, un refugio. Así debería de ser si no
estuviera ella, su madre. Le machacaba desde que tenía memoria. Día
tras día le devolvía los mismos golpes psicológicos que le daba el
resto de la gente. Se sentía impotente, incomprendido, raro.
Hoy
no lo soportó más. Pudo matarla, pudo suicidarse, pero decidió
marcharse.

«Difícil de explicar»

―¡Mamá!,
¡necesito un frasco de cristal! ¡¿Mamá?! ―Parece que no hay
nadie en casa. Tengo prisa así que a ver qué hay en la despensa.
Este mismo. ¿Alcachofas? Bueno, no sé para que se usan las
alcachofas, pero me lo llevo. Llego tarde―. ¡Mamá! ¡Me voy!
―Grito. A lo mejor está en el cuarto de baño y no me escucha. De
todas formas no puedo esperar.
Soy
estudiante de medicina. Acabo de enterarme de que puedo hacerme con
un par de testículos que hace días le biopsiaron a un pobre hombre.
Como me he hecho amigo del patólogo que lleva el caso, me los ha
regalado. Todo de estraperlo, en teoría deberían destruirse. Por
eso tengo que llevar mi propio bote de cristal. Los que usa él,
están fechados, numerados y llevan un riguroso registro.
Siempre
me sorprende el cuerpo humano. El otro día, sin ir más lejos,
mientras rotaba por medicina de familia, un paciente, que iba por una
fuerte inflación en sus testículos, se negaba a enseñárselos a
la doctora porque decía que eran muy grandes. Ella le dijo que si no
los veía no podía recetarle nada, a lo que el hombre le respondió:
«Hombre doctora, no
me toque los cojones»
.
La médico, acostumbrada a combatir en estas lides no dudó en su
respuesta y, agarrándole la bragueta al sujeto le contestó: «Eso
también Don José. Eso también tengo que hacerlo»
.
Sin pensárselo mucho, y con los ojos de asombro del susodicho, y los
míos, le desabrochó el pantalón y en un santiamén lo dejo con sus
partes al aire. ¡Eran enormes!, sobre todo el derecho.
Aquello
dejó huella en mí y me hizo pensar. Ya no haré caso a mi padre
cuando me grite: «¡Deja de tocarte los huevos y….!» Si él
supiera lo importante que es explorárselos.
Desde
entonces creo que me decanto por la urología. De ahí que, cuando
tuve la oportunidad de tener otros testículos en mis manos, aparte
de los míos, no la desaproveché. Quiero verlos por dentro,
estudiarlos, aprender todo lo que pueda sobre ellos.
Regreso
a casa. No puedo andar con unos «huevos» por la calle bañaditos en
formol, tengo que guardarlos en un buen sitio. ¡La nevera vieja del
garaje! Pero tendré que limpiarla. ¡Mamá! ―vuelvo a llamarla a
gritos― ¡Dejo una cosa en la nevera mientras voy al garaje! ¡Mamá!
¡Después te explico!
Las
horas han pasado. Al final me he liado y no terminé de limpiar la
nevera. Que si el teléfono, ir a buscar a mi hermana, comprar el
pan, recoger la ropa de la azotea… Menos mal que una buena comida
lo arregla todo.
―La
paella sabe un poco rara ―comenta mi padre.
―No
sé ―dice mi madre mientras se sienta tras servirse su plato―
Será que a ti te gusta con más alcachofas y sólo quedaban dos en
la nevera. Es extraño, creía que había comprado un bote ayer.
¡Ups!
¿Cómo explico esto?

«Fuerza de voluntad»

–Ayer
Ana me dio para merendar uno de estos con Nocilla –dijo la chica
señalando las bolsas de pan de hamburguesas.
–Pero,
¿Tú no estabas a régimen? –infirió la otra con voz de asombro.
–Sí
es que…
La
conversación la escuché sin querer, por casualidad. Andaba  caminando por el supermercado, tirando del carro, entre mis
pensamientos y eligiendo mi pan de molde favorito, cuando aquellas se
pusieron a mi lado y comenzaron la pequeña cháchara.
En un
principio, sin haberlas visto, podría parecerme una conversación
más o menos normal, pero no salí de mi asombro cuando al girarme,
para encañonar con mi mirada el estante de la leche, descubrí que
las susodichas eran dos jovencísimas niñas –la mayor no pasaba de
diez y la pequeña tendría unos ocho– con sus cuerpos bien
rellenitos y su alma cargada de voluntad por mejorar su estética.
Coincidimos
varias veces. Por mucho que lo intenté, siempre me fijaba en ellas y
estudiaba sus comportamientos En todas las ocasiones alababan las
galletas, las chocolatinas, las papas fritas, las chuches… y su
madre, con cara de resignación y compromiso maternal, las iba
metiendo en el carro a la voz de:
–Bueno,
pero solo esta vez, que ya sabes lo que dice la pediatra.

«Bankenstein»

Con
esa exactitud tan característica de la ciencia, lograda tras años
estudiando, supe que el momento estaba cerca. Por si acaso repasé
otra vez los cálculos. Todo estaba correcto. Según mis números, en
breves instantes, un poderoso rayo descargaría toda su furia contra
la antena situada en el techo, para transmitir su energía sobre el
cuerpo inerte que yace sobre mi mesa de operaciones.
A la
hora convenida, un estrepitoso rugido, seguido por un haz de luz,
inundó toda la estancia. Puedo ver como el luminoso haz recorre el
hilo de cobre que tanto me costó mangarme de la obra abandonada de
la esquina. Yo, protegido tras una mampara, me froto las manos
esperando ver el resultado.
El
cuerpo se agita de manera estrepitosa. Río nervioso,
escandalosamente. Veo como el ser se levanta resucitado. La cuenta
corriente se mueve. No hay nada como una buena sacudida para rescatar
un banco.

«De acampada en el paritorio»

Un
«whatsapp»,
que ahora es la forma más común de comunicarse, nos alertó y puso
en marcha. El mensaje rezaba: 4 cm de dilatación, cuello
borrado. Vamos al hospi.

Nos pusimos las pilas. Colocamos a los niños en casa de la abuela y
para allá que vamos.

Los hospitales son lugares lúgubres, fríos y por momentos
tenebrosos. A las 21:00 horas ya hay poca gente. Tras pasar por el
túnel elevado que comunica dos edificios, y que parece más un túnel
de viento por la corriente existente en su interior, llegamos a la
sala de espera del paritorio. Todo listo: la bolsa con los bocatas,
el agua, las chuches para endulzar la noche, el Ipad, tarea
del cole… Ahora a verlas venir.

Las dos primeras horas pasan fugaces. Las familias con las que
compartimos el lugar se van marchando alegres con la llegada de su
nuevo miembro ―o miembra, no
sé―. Otras van llegando, con los nervios, las esperanzas y las
bolsas parecidas a las nuestras. La tercera hora empieza a ser
aburrida. Nos vamos quedando solos.

Las noticias escasean. El anestesista ―o
anestesisto, no sé―está ocupado en quirófano y parece que
tarda. Dentro nuestra hermana sufre los dolores oportunos.
¡Paciencia! Cuando la vemos aparecer con su gorrito de colores y sus
suecos protegidos con una bolsa plástica verde ―duda:
Si se pasea con eso puesto por todo el hospital ¿Para qué sirve?
Respuesta: Para que no se le ensucien esos suecos tan monos de
colores. Comentario sarcástico: ¡Ah!, que susto, pensé que era por
un tema de asepsia de los quirófanos, paritorios…― sabemos
que será para ella, no hay otra.

Desesperados. Son las cuatro de la mañana y la «jodia»
de mi hermana está durmiendo, con ocho centímetros de dilatación,
la bolsa rota, abrigada en su cama, con música de fondo, drogada con
la epidural… y nosotros, por fuera, con el culo plano en los
fantásticos asientos de la sala de espera ―sarcasmo,
claro―. La cabeza nos da bandazos. A estas alturas de la
noche no le hacemos caso ni a las galletas rellenas de chocolate.
Buscamos parecidos razonables en los dibujos de las marcas que han
dejado las miles de cabezas apoyadas en la misma pared en la que
estamos nosotros ―alguien
debería pasarle una manita de pintura. Igual en el próximo parto
compro un bote y así me entretengo. Otro sarcasmo―. A las cinco y
media de la mañana decidimos irnos a la cafetería por aquello de
ayudar a superar el jet
lag
o como se llame.

A partir de las siete de la
mañana ya nada nos importa. La gente empieza a llegar. Hay cambio de
turno, vienen más preñadas para hacerse sus registros, unas se
quedan, otras se van… Nosotros seguimos aquí.
Nos informan de que entra en
paritorio. Los nervios se despiertan. A las 9:40 Jose Juan, nombre
normalito tirando a recio, ―JJ para la familia― ya está entre
nosotros. El padre, sufridor como el que más, empieza a mandar los
primeros «guasapos»
con las fotos. Todavía nos quedará una hora más para abrazarlos,
pero esa pasa rápida.
Mi hermana está radiante y
guapísima. Mi cuñado llora de emoción y JJ es un pequeño
muñeco,
con pelo negro, dispuesto a comerse el mundo. A eso te ayudaré, que para eso soy «ToGuille» ¡¡¡BIENVENIDO!!!

«Enamorada»

Aquella
era la última noche del curso de verano al que habíamos acudido y
estábamos celebrando la fiesta de despedida. Se había formado un
buen grupo. Chicos y chicas de distintos lugares que habíamos
congeniado. Lourdes era una de ellas.
Era
una chica de grandes ojos verdes y muy simpática. Habíamos
simpatizado y pasábamos largos ratos juntos. Hablábamos de nuestros
planes futuros, del trabajo de fin de carrera, de su novio…
Semiacostados
en aquel sofá, mientras los demás bailaban, cogidos de la mano,
comencé a bromear sobre cómo me excitaba ver el piercing que
llevaba en el ombligo. Ella, desafiante, se levantó la camisa para
dejármelo tocar.
―Ahora
mismo te comería a besos ―le dije mientras acariciaba el adorno
con la yema de mis dedos.
Ella
no pudo sostener mi mirada pícara. Bajó la cabeza y, colocándose
bien la camisa, se levantó. Mostrando una ligera sonrisa en los
labios, me tendió su mano.
―Acompáñame.
Nadie
nos vio salir. La puerta del salón daba a un pasillo de la
residencia. Llegamos a las escaleras. Sin mediar ni una sola palabra
subimos hasta el primer rellano. La atraje hacia mi y la besé. Ella
respondió ardiente.
Las
risas de los compañeros nos coartaba. En silencio subimos un piso a
la búsqueda de un lugar alejado del tumulto y de miradas
indiscretas. Ninguna de las aulas estaba abierta así que nos
arrinconamos en el espacio situado entre dos puertas de acceso.
Volvimos
a besarnos con desenfreno. Mis manos abarcaban su cara. Ella se
aferraba a mi cintura atrayéndome hacia su cuerpo. La humedad de
nuestras bocas se mezclaban con suaves jadeos.
Mis
manos viajaron por su cuerpo a la búsqueda de sus pequeños pechos.
Con destreza, desabroché, uno a uno, los botones de la camisa. El
muro que suponía su sujetador no fue obstáculo para liberar sus
pezones. Estaban tiesos. Mis labios se amoldaban a su forma mientras
mi lengua jugueteaba con ellos.
Lourdes
arqueaba la espalda. Gemía mientras manoseaba mi cuerpo. Estábamos
muy excitados.
Unas
voces rompieron el momento. Un grupo de personas caminaban hacia
nuestra dirección. Nos quedamos inmóviles pegados a la pared. Las
luces permanecían apagadas por lo que pudimos pasar desapercibidos.
―No
podemos seguir ―me
susurró al oído mientras se abrochaba― Sería un error que
siempre lamentaré.
Sus
manos cálidas y temblorosas me acariciaron las mejillas. Continuó
hablando:
―Me
has hecho sentir muy feliz, pero estoy enamorada de Carlos.
Aún
excitada sus labios me propiciaron un potente beso que lejos estaba
de ser el que se le da a un amigo. Fue su adiós, para siempre.

«Historia de una búsqueda»

El
siguiente texto es el fruto de la dinámica de grupo realizada en la
presentación del libro «Mukthar,
el elegido», el pasado catorce de septiembre.
Se
pedía a los asistentes que, en un papel repartido al efecto,
escribieran una palabra (marcada de rojo y en negrita) y su nombre.
La actividad realizada terminó con el compromiso por mi parte de
inventar un texto con todas las palabras. Gracias por participar.
«Historia
de una búsqueda»

La
llama del amor
(Mª
Mercedes, Rosa y Margarita)
crecía nuestra familia
(Mónica). Papá
(Juan) con su ser
lleno de sabiduría (Sofía)
y siempre exultante de felicidad
(Isabel), había
prometido, con las manos
(Mónica, Laura) en
el corazón
(Tito), que era el
momento de conservar nuestras risas
(Olgui).
Con
el cariño
(Jesús) que le
caracteriza y siempre con esa radiante sonrisa
(Tony) en los labios
inundó nuestra casa de vida
(Miguel) con una
creatividad
(Mary Luy) nunca
vista hasta ahora. Creo un hogar mágico
(Jesús), dónde su
pequeña mariposa
(Rita) ―que
así era como llamaba a su hija―
compartía luz
(Vicente), calor
(Jaime) y juego
(Gaby) con un perro
(Mª Carmen), cojo y
holgazán, que apenas movía la cabeza
(Oscar) para comer.
Un
día, su pequeña princesa
(Isabel ySara),
decidió ver que había al otro lado del minúsculo paraíso
ecléctico
(Vanessa) en el que
vivía. Gozaba de grandes felicidades
(Cipriano), pero
dudaba de que aquel pequeño equilibrio
(Felipe) fuera verdad
(Manu).
Quería conocer otros mundos, ver España
(Pablo).
El patriarca lloró, pero permitió su marcha.
Tras
cruzar el umbral de la puerta su boca se lleno con un grito:
―¡fantástico! (Carmen)―
dijo gritando a los cuatro vientos―.
Una invasión de olores y colores llenó sus sentidos. La amapola
(Carmen) del camino,
una pequeña almendra
(Isabel jubilada)
abandonada en el suelo tras caer de su árbol
(Noelia),
y los rayos del sol
(Patricia), bastaron
para hacerle pensar
(Marta Qing) que la
paz (Cande),
que hasta este momento había dirigido su vida, era sólo un
espejismo
(Montse), un sueño
(Mari
Paz), del cual
necesitaba unas vacaciones
(Beatriz).
La
aventura
(Mar) orientó su
camino, casi de manera natural
(Ana Jomeini). Buscó
la palabra
(Belín) libertad
(Mª
Cristina Bujalance),
comprendió el significado de la amistad
(José María, Juan, Mª Rosa y Cuñi)
y el éxito
(Gladys) la pilló
por sorpresa (Elena).
Como si de una divertida
(Celestino) alegoría
(Ángeles) se
tratara, frente al agua
(Sandra) que rodeaba
la isla de su personalidad vio acercarse una carabela
(María
Cecilia García), en
la que, tras un simple hola (Samuel),
descubriría la alegría
(Cirilo) y el amor
(Ana
J.) eterno. 

«La máquina sunsuneadora»

La
mente humana es muy calenturienta, pero gracias a eso, a algún
privilegiado mental se le ocurrió inventar un aparatejo cuyo
objetivo es obtener imágenes del interior del cuerpo de manera
indolora, para así poder descubrir las causas y diagnosticar los
diversos achaques que padecemos. Esta, al menos, es la teoría. El
aparato en cuestión es una Resonancia Magnética ―en
mi caso abierta que creo que la otra es una mezcla entre ataúd y
túnel de sadomaso.
Una
vez hecha mi primera experiencia en una de estas máquinas de
retratarse el interior del cuerpo, puedo afirmar que es cierto que
no duele, pero ¡acojona!, y eso que era la abierta, que la otra no
quiero ni pensarlo.
Imagíname
acostadito, callado y sin moverme. Con los piernas tiritando y ese
imán gigantesco a dos centímetros de mi cara. Todo un poema,
seguro. Me tiembla hasta el alma, que uno es muy valiente hasta que
el lobo enseña los dientes.
Cuando
logro controlar la respiración, y el comienzo de ataque de ansiedad,
siento como una voz de ultratumba me advierte de que voy a escuchar
un sonido constante. Por nada del mundo debo moverme. ¿Dijo sonido?,
¡estruendo! diría yo. Es horroroso. Un sun-sun constante va
penetrando en el coco. Pero yo como si nada, hierático, como los
dibujos de los faraones, con la cabeza de lado para no tropezarme con
la cosa que tengo sobre mi cabeza y poder coger un poco más de aire.
El
tiempo pasa y se me duerme hasta la uña del pie. Y aquello sigue
«sunsuneando»
sobre mi cabeza. Pasado un buen rato, quince minutos
dicen, escuchar de nuevo la voz de ultratumba informando de que ya
habíamos terminado, es un deleite. Más lo es el silencio cuando se
apaga.
―¿Y
esta es la abierta? ―Pregunto
cortésmente y en tono jocoso a la propietaria de la voz profunda.
―Sí
―contesta con una
hipócrita sonrisa en la cara―.
¿Verdad que es una maravilla?
―¡Fantástica!
―le espeto igual de hipócrita, que no voy a ser menos― pero si
puedo evitarla…