«Las expectativas de mamá»

(Imagen extraída, sin permiso, de San Google)

Las corrientes educativas que aplicamos en nuestra sociedad y escuelas, o al menos en gran parte de ellas, afirman que nuestra personalidad se forma gracias a dos factores que están íntimamente relacionados: la herencia genética y el medio. Ante la pulsión de los genes poco podemos hacer. No así con en referencia a lo que nos rodea.
Imagina una reunión en el colegio destinada a conocer la situación de Raúl (nombre imaginario), su entorno familiar, su historia e intercambiar información sobre la vida del niño, relaciones… Desde mi corta experiencia con él, he podido constatar que Raúl tiene problemas: se baba, no entiende las instrucciones que se le dan, en muchas ocasiones es incapaz de responder a las preguntas que se le hacen, parece evadirse de la clase, y de lo que allí ocurre, y le cuesta mucho mantener el ritmo normal del aula. Por ello necesitaba reunirme con la familia.
La reunión la mantengo con la madre, ella disculpa al padre diciendo que tenía otras cosas que hacer. Durante la conversación, le enseño los trabajos y tareas que hemos realizado hasta ahora, le cuento el desarrollo de las distintas actividades, le voy narrando, poco a poco, las dificultades, que a  mi modo de ver, presenta el niño pero, sobre todo, le hago especial hincapié en las cosas que Raúl es capaz de hacer, intentando así darle un mensaje con el que buscar su implicación en casa y poder reforzarle todos los comportamientos positivos, ya que en muchas ocasiones el niño manifiesta o responde con expresiones del tipo “yo no sé hacer eso” o “yo no puedo”.
Tras un rato de reunión, en la que ella parece aguantar estoicamente mi retahíla, y ya en la puerta despidiéndonos, me mira, con la misma mirada vacía que me dirige Raúl cuando no sabe de lo que le estoy hablando, y muy seria me dice:
—No se preocupe, yo ya sé que mi hijo es medio subnormal. 
Oído aquello me quedo de piedra. Ella se marchó tan tranquila y yo, tras digerir aquella respuesta, me quedé con el dulce sabor de boca de que, por lo menos, a su vista, solo me queda colaborar en que Raúl mejore.

«Y soplaré y soplaré, y la casita derrumbaré»

Si los tres cerditos, allá donde quiera que estén, levantarán la

Extraída, sin permiso, de San Google.

cabeza, creo que se quedarían totalmente estupefactos con lo que estos días pasados han vivido sus colegas de Filipinas. Los primeros, que vieron cómo volaban sus casitas —al menos la hecha de paja y la construida con madera— con el fuerte aliento de maese lobo, no encontrarían explicación, y mucho menos cobijo —ni en las casas de ladrillos— para tan tremenda destrucción.

Es impresionante como la naturaleza nos sorprende con sus demostraciones de fuerza pero, lo que me resulta aún más increíble es como nosotros, las personas, nos comportamos como auténticos gorrinos ­—sin pretender insultar a los tres hermanos y sus congéneres— ante una catástrofe de tremendas proporciones.
En una encuesta realizada por algún medio de comunicación francés entre sus ciudadanos, dio a conocer que más del sesenta por ciento de la población del educadísimo país vecino no está dispuesto a enviar ayuda a filipinas, con el fin de paliar, al menos un poco, los destrozos ocasionados por tremenda ventolera. Y es que las personas, en ocasiones, somos más cochinos que los mismísimos puercos.

«Nota de prensa»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Saturnino el pregonero, ataviado con su gorra de plato y su chaquetilla gris, se acerca al centro de la plaza.

Con su parsimonia habitual coloca el taburete y se sube con sumo cuidado.  Hace tocar la trompetilla y todo el vecindario, ya rodeándole en círculo, guarda silencio para poder escuchar el pregón.
—Por orden del señor arcarde, ante la gran cantidad de guasap, llamadas, comentarios y cuchicheos, se hace saber, que es verdad que al maestro Guillermo se le fue la perola y que, por decisión propia, ha decidido hacer un pequeño paréntesis en su magisterio para seguir aprendiendo.
Lamenta no haber tenido tiempo para ir avisándoles uno a uno, pero acepta quedar para tomar un cortadito y un dulce con todas aquellas personas que les pique la curiosidad y tengan ganas de hacer más preguntas y de enterarse de la historia.
Y colorín colorao, ya te das por enterao.

«La tía Tarumba»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Cada familia es un mundo. Si damos por cierta esta afirmación, también podemos concluir que es verdadero el pequeño detalle de que en cada uno de esos mundos hay personas, y personajes, para todos los gustos, colores…, e incluso sabores.

Un buen día, sin saberse muy bien cómo, la tía María apareció acostada en el sofá de casa de la abuela. No vivía allí desde hacía años, pero cumplía con la tradición familiar de ir a merendar los viernes por la tarde. Lo extraño de esta ocasión era que apareció, para sobresalto de la abuela, tendida sobre el tresillo del salón, con su pijama de invierno puesto, un domingo de septiembre por la mañana.
No contestaba. No manifestaba nada, pero lucía una hermosa y brillante sonrisa que le iluminaba toda la cara.
La pobre abuela nos llamó y gracias a la velocidad informativa del ‘guasap’ nos personamos raudos para ver qué ocurría.
Estaba ida. Nos miraba sin vernos. Enseguida pensamos lo peor: ¿está colocada?  La pista nos la dieron los niños de la familia. Viendo la situación, y de manera casi espontánea, comenzaron a corretear, cogidos de la mano, alrededor de la mesa del comedor canturreando a viva voz: 
—¡La tía esta tarumba!  ¡La tía esta tarumba! ¡La tía esta tarumba! 
Ella, tras oír las frases de los chiquillos dos o tres veces, y para sorpresa de todos, se levantó ágil para incorporarse al coro, ahora parado por la impresión. 
Sin mediar palabra, del bolsillo del pijama sacó una tableta de chocolate, partida y derretida por el efecto del calor, que repartió entre sus asombrados sobrinos. Se metió el resto en la boca y, con las fauces llenas y rebosantes del cacao, continuó con el juego al que los chicos respondieron dulce y animadamente. 
—¡La tía esta tarumba!  ¡La tía esta tarumba! ¡La tía esta tarumba!
Mientras, boquiabiertos, llamábamos a urgencias. La tía María se nos había chiflado.