«Con valor inmaterial»

Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

cine, el barco pirata y la nave espacial, ocupando un espacio privilegiado en nuestro cuarto trastero. 

Parece mentira que aquel objeto tan insignificante pueda cobrar tanta importancia como para continuar guardado durante todos estos años y ahora, al verlo, tener deseos de cogerlo y de seguir conservándolo.
En cuanto lo vi acudió a mi memoria simpáticos recuerdos. La recordé siempre sonriente, feliz, como una niña pequeña. Le divertía jugar con ella, sacarla —a pasear decía ella—, mientras todos chillábamos y reíamos espantados, porque sabíamos que aquello era parte de su juego.
Disfrutaba, lo veía en el brillo de sus ojos, cuando la lavaba, cuando la cepillaba para sacarle brillo, pero sobre todo le resultaba muy divertido darle los buenos días por la mañana y ponérsela.
La dentadura de la abuela es una de esas cosas que siempre tendrá valor. 

«Invitación de cumpleaños»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.
La cara de felicidad de mi hija, a la salida del colegio, me dio las claves para intuir que algo bueno había ocurrido. Estaba en lo cierto. Una de sus compañeras la había invitado a la celebración de un cumpleaños bastante especial.
Al leer la tarjeta, mi primera impresión fue de estupor. El título era: «Invitación al Spa de Juanita». El desarrollo de las actividades a realizar fueron igual de sorprendentes: Cóctel de bienvenida, manicura, pedicura, masaje, mascarilla facial, peluquería y sesión fotográfica.
Mi hija tuvo que haber notado mi cara de asombro, o a lo mejor escuchar mi grito interior, ya que seguidamente se abrazó a la pierna para pedir permiso para asistir. Lo hizo una y otra y otra vez.
Ya en casa, superado el shock inicial y mis consideraciones acerca de la transmisión de los roles de género y los ideales de belleza, claudiqué y acepté su asistencia a tan magno evento. Admito que la ilusión que la niña estaba demostrado, así como la originalidad de la femenina propuesta de celebración, fueron factores decisivos que influyeron en la decisión. Estoy seguro de que será una tarde muy divertida para ellas.
Por otro lado, me consta de que las madres están supermegahiperilusionadas con la idea, envidiosas y deseosas de hacer lo mismo. Pero esa será otra entrada a este chat, que estoy seguro de que alguna de ellas me lee asiduamente y no quiero que cargué contra mi sin previamente haberme armado y acorazado de manera conveniente.
Mis felicidades a la ideóloga de la actividad. Espero que las niñas se diviertan mucho, ya que estoy seguro de que me reportará material para este blog.

«La armonía de do»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola.

Una niña, de no más de doce años, coletas y traje blanco, se acercó lentamente, mientras el resto de personas se habían quedado patidifusas por aquella asombrosa aparición.

La jovencita lo acarició, como acaricia con sus dedos el mascarón de un barco un buen marino, de popa a proa. Al llegar a las teclas, con la misma suavidad, levantó la tapa y comprobó la afinación picando sobre unas pocas teclas.
Los espectadores, aún recelosos, se acercaron. Vieron que la niña sabía lo que hacía. La animaron. Ella se sentó y comenzó a interpretar su obra favorita. Sus dedos parecían viajar acompasadamente, sobre cada una de las notas. Sonaba una hermosa melodía.
El círculo se cerró a su alrededor, pero, cuando tocó la armonía de do, todo estalló por los aires. Y es que los piano bomba, son trampas mortales.

«Los zapatitos de la señorita Rita»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Todos tenemos unos zapatos que nos gustan más que otros. Esto puede
ser porque con ellos nos sentimos cómodos, porque su color combina
con nuestra ropa favorita o porque lo hacen con el color de nuestros
ojos.

A la señorita Rita le gustaban aquellos viejos zapatos verdes
porque con ellos era capaz de pensar.

Cada
vez que tenía una duda, o simplemente estaba ociosa en casa, se dirigía
a la zapatera y, con mucho celo, los sacaba cariñosamente de su
caja. Antes de ponérselos les pasaba un paño, con el fin de
quitarles las pocas manchas o marcas que pudieran tener, pero con una
delicadeza difícil de imaginar.
Hoy
era uno de esos días. Cuando logró quedarse sola en casa, cumplió
con el ritual que ella misma se había marcado y se embutió en
ellos.
Durante
los primeros instantes siempre pasaba lo mismo, nada. Pero tras unos
pasos alrededor de la mesa de la cocina, o de la del comedor, o tras
recorrer el pasillo varias veces, arriba y abajo, las ideas empezaban
a fluir y con ellas las respuestas que necesitaba.

 ¿Puede
un objeto tener el poder de iluminarnos?