«El arte de saber estar y saber elegir»

«El arte de saber estar y saber elegir»

Hay una escena que se repite más de lo que confesamos.

Una persona llega a casa después de un día intenso. Se quita los zapatos. Se sirve una copa de vino. Se sienta en el sofá. Silencio. No hay ruido de fondo, no hay exigencias, no hay nadie reclamando nada. Por un instante, siente algo que muchas veces cuesta nombrar, paz.

Pero esa misma persona, otra noche distinta, puede encontrarse en el mismo sofá, con la misma copa de vino… y sentir un vacío enorme que le aprieta el pecho.

La diferencia no está en el sofá, ni en el vino, ni siquiera en la ausencia de alguien. La diferencia radica en cómo se vive esa soledad. No es lo mismo la soledad buscada que la impuesta.

Nos han enseñado que estar solo, o sola, es sinónimo de fracaso. Que si no tienes pareja “algo falta”, o “algo te pasa”. Que el objetivo de toda persona es encontrar a alguien lo antes posible, como si la soltería fuera una incómoda sala de espera.

Nadie nos habla del poder que tiene aprender a estar solo sin sentir abandono. De lo magnético que resulta una persona que disfruta de su propia compañía, que no necesita llenar cada silencio con ruido, o que no busca a alguien para escapar de sí misma.

Saber estar solo es un superpoder. Es cenar contigo sin sentir prisa, viajar sin necesitar testigos, tomar decisiones sin depender de una validación constante, es conocer tus sombras, o tus fantasmas, sin que estos te asusten.

Cuando sabes estar sola, o solo, dejas de elegir desde la carencia; entonces todo cambia, porque la pareja ya no es una muleta, es un complemento, y aquí viene la parte importante. No se trata solo de “tener a alguien”, se trata de ser alguien y de estar estar con alguien con quien el silencio no sea incómodo, con alguien que sume, que no compita con tu brillo.

Se trata de estar con una persona que no llegue para rescatarte, sino a acompañarte, porque ya sabes que tú solo, o sola, puedes con todo y sabes hacerlo todo sola, o solo, pero esa persona está para apoyarte, para ayudar, para ser un equipo.

Se trata de alguien que entienda que una conversación profunda puede ser más íntima que cualquier contacto físico, o que la mejor relación sexual que pueden tener es que el tiempo se escape de las manos mientras pasan la tarde en ese sofá, con esa copa de vino, con esa paz, porque no hay nada más profundamente erótico —sí, erótico en el sentido más amplio de la palabra— que dos mentes que se encuentran, en una conversación que se alarga sin mirar el reloj, en la sensación de “me entiende” sin tener que explicarlo todo.

No necesitamos a cualquiera. Necesitamos a alguien que sume conversación, presencia, calma. Alguien que respete nuestra soledad porque también sabe habitar la suya. Porque el amor sano no llena vacíos, se construye entre dos personas completas.

Así que sí, aprende a estar sola, o solo. Haz las paces contigo, y, cuando aparezca alguien capaz de sentarse frente a ti y sostener una buena conversación —de esas que despiertan la mente y acarician el alma— sabrás que no la necesitas para sobrevivir, la eliges para compartir. Esa diferencia lo cambia todo.

Gracias por leerme.

«Cinco minutos»

«Cinco minutos»

Dicen que nadie cruza una ciudad entera por casualidad. Yo antes creía que sí, que la gente se movía por inercia, por aburrimiento o por costumbre. Ahora sé que no, que cada paso que damos hacia alguien es una confesión silenciosa.

No siempre se trata de grandes historias ni de encuentros que lo cambian todo. A veces, lo que mueve a una persona es algo más simple y más poderoso, es la certeza de que ver a alguien, aunque sea por unos minutos, puede sostenerlo todo. Cinco minutos pueden parecer poco, pero hay vínculos que se mantienen precisamente en esos fragmentos breves de presencia.

Porque cuando alguien importa de verdad, el tiempo deja de medirse en horas o en días. Se mide en instantes que pesan. En miradas rápidas, en palabras que no necesitan explicación o en silencios que no incomodan. Hay relaciones que no viven de la cantidad, sino de la intensidad. No necesitan grandes planes ni largas promesas, se afirman en el simple acto de estar, aunque sea un momento.

Es fácil creer que solo lo constante y prolongado tiene valor. Pero muchas veces son esos encuentros breves los que estabilizan, los que devuelven el equilibrio. Son como un punto fijo en medio del ruido. Saber que existe ese espacio, aunque sea pequeño, da sentido a todo lo demás. Da fuerza para seguir, para resistir los días largos, para atravesar lo que pesa.

Hacer todo lo posible por ver a alguien, incluso cuando el tiempo es escaso, no es una exageración, es una forma de cuidado. Es elegir a esa persona una y otra vez, aún cuando la vida parece ir en otra dirección. No se trata de escapar de la realidad, sino de sostener algo que importa dentro de ella.

Cinco minutos pueden ser un refugio. Un recordatorio de que no estamos solos, de que alguien nos piensa, nos espera, nos reconoce. En ese breve espacio se concentran todas las emociones que no siempre caben en la rutina: el afecto, la calma y la esperanza.

Hay presencias que, aunque breves, logran ordenar tu mundo. Por eso vale la pena cruzar ciudades, cambiar planes, llegar cansados, solo por estar un momento con quien realmente importa.

Gracias por leerme.