«Escribo mejor que hablo»

«Escribo mejor que hablo»

No es una confesión nueva, pero cada día se vuelve más cierta. Lo digo sin vergüenza, admitiendo que creo que escribo mejor que hablo, aunque no creo que escriba del todo bien.

Cuando hablo, me rompo un poco, en muchas ocasiones me atropello. Las frases salen incompletas, se me quedan emociones en la garganta, y las ideas, tan claras en mi cabeza, se vuelven torpes al cruzar mis labios. Las ideas se me amontonan, los silencios pesan, y las palabras —torpes— no alcanzan a decir lo que realmente siento. En cambio, cuando escribo, todo encuentra su sitio. La emoción se ordena, el pensamiento respira, y lo que llevaba días o años escondido por fin se atreve a salir. Hablar me expone. Escribir es mi forma de desnudarme sin vergüenza, también sin miedo. 

Escribir  me revela. Aquí no tartamudeo, no retrocedo, no escondo el temblor de lo que siento. Escribo porque es una forma honesta de existir pues tengo un mundo dentro de mí que no cabe en una conversación normal. Un lugar donde las palabras arden, donde el deseo no se disfraza, donde el corazón late sin pedir permiso. Ese lugar solo se abre cuando escribo y, aún así, no se abre para cualquiera. 

Puedo confesar que guardo muchas ideas, que apunto en mi bloc de notas para, quizás, y solo quizás, darles luz en otra ocasión. No lo hago por cobardía, sino por respeto, porque no todas las personas están hechas para recibirlas. Hay pensamientos que solo pueden vivir en el espacio íntimo entre dos almas que se reconocen, incluso antes de tocarse. Entre esas personas apareces tú.

Nos consta que podemos hablar de lo que sea, por lo que contigo, mis palabras no se defienden, se entregan. Puedo decirte cosas que no sabría pronunciar mirándote a los ojos, porque sé que las sentirías antes de entenderlas. Puedo hablarte con la suavidad de una caricia, con la intensidad de un susurro, con la inteligencia de quien sabe que el deseo también piensa. Contigo no tengo que elegir entre la mente y la piel, puedo ser romántico sin pudor,  sensual sin máscara, tierno sin perder fuerza, ser fuego y calma en la misma frase.

Cuando escribo, cada palabra es una forma de acercarme, cada línea una manera de tocarte sin hacerlo, cada silencio una promesa que vibra entre nosotros.

Escribo mejor que hablo porque mi voz, cuando se queda corta, aprende a arder en las letras, porque contigo no quiero ser correcto, quiero ser verdadero, sobre todo con las emociones que no nacieron para ser dichas en voz alta, sino para ser leídas despacio, con el corazón entre las manos, o como dije antes, susurradas en un abrazo, en ese que deseo darte.

Quizá esta sea la verdad más profunda, no escribo porque no sepa hablar, escribo porque hay personas —como tú— que merecen ser sentidas en cada palabra.

Gracias por leerme.

«El invierno interior»

EL INVIERNO INTERIOR

Hoy es jueves, toca escribir esta esquina, pero hace frío, Miro por las ventanas de mis salón y contemplo como ese frío no viene solo, el viento trae las nubes y el aire muerde las manos. 

El frío no está solo, lo acompaña el silencio más hondo, ese que se cuela por los espacios donde antes había risas, mensajes, pasos compartidos. El invierno tiene esa costumbre, desnudarlo todo. Quita hojas, acorta los días y nos enfrenta a la pregunta que evitamos cuando hay ruido alrededor ¿con quién estamos cuando no hay nadie?

Caminar en invierno es caminar más despacio. El cuerpo pide abrigo y el alma también. Se piensa en la falta de compañía como quien mira una silla vacía frente a la mesa. No duele de inmediato, duele cuando uno se sienta y entiende que el eco es propio. 

Pero el frío, aunque parezca castigo, es en realidad un maestro severo y honesto. Nos obliga a mirarnos sin distracciones, a escucharnos sin testigos.

Hay una trampa en desear que alguien más nos caliente el invierno interior. Creemos que la compañía nos salvará del frío, cuando muchas veces solo lo pospone. El crecimiento, ese que transforma de verdad, ocurre cuando aceptamos quedarnos un rato en esa intemperie emocional, cuando dejamos de huir del silencio y aprendemos a hacer fuego con lo que somos.

El invierno enseña a valorar el calor porque primero nos lo niega. Enseña que la soledad no siempre es ausencia, a veces es espacio. Espacio para entender qué nos falta y, más importante aún, qué nos sobra. No se puede crecer rodeado de ruido constante, hay raíces que solo se fortalecen bajo tierra, en la oscuridad, en el frío. 

Así que sí, es jueves y hace frío. Aquí estoy, cumpliendo con mi propio compromiso de volver a esta esquina. Tal vez no haya nadie esperando al final del día. Pero en ese camino helado hay una oportunidad secreta, caminar contigo mismo, aprender mi ritmo, descubrir que también sé sostenerme. El lector de esta historia —tú— solo puede atravesarla para crecer, porque el invierno no llega para destruirnos, llega para prepararnos para la primavera que aún no vemos, pero que, silenciosamente, ya está en camino.

Gracias por leerme.

«El tiempo que pasó»

No sé en qué momento ocurrió exactamente. Un día me fui de vacaciones con la intención clara de estar fuera apenas un mes, de desconectar lo justo, de tomar aire, y, sin darme cuenta, el tiempo empezó a correr más deprisa que yo. Los días se encadenaron, la distancia se hizo más grande y, cuando quise mirar atrás, ya había recorrido un camino del que no fui del todo consciente mientras lo caminaba.

El tiempo tiene esa extraña habilidad, pasa sin pedir permiso y, cuando regresas, descubres que no solo han cambiado las cosas a tu alrededor, sino que también has cambiado tú. Las ausencias se alargan, las rutinas se diluyen y uno empieza a preguntarse en qué punto exacto se perdió algo que creía tan propio.

Pero ya está. Por fin vuelvo. Mi regreso tiene una única motivación lo necesito. Necesito recuperar mi espacio, mi soledad elegida, volver a habitar esta esquina que un día fue refugio. Necesito reencontrarme con esa distancia sana que a veces pierdo de mí mismo, y alejarme de otra distancia, más peligrosa, que sin darme cuenta se va ganando… o se va perdiendo, porque no todas las distancias se miden igual, ni todas significan lo mismo.

Todo depende del lugar desde el que se mire, del momento vital en el que te encuentres. Pero yo soy así. Soy de los que un día decide terminar, cerrar e irse.  Aunque nunca es realmente de esa manera, tan de repente. Nada importante lo es. Siempre es poco a poco. Aguanto, sostengo, tiro y tiro, hasta que llega un instante en el que no es cansancio —porque no me canso—, es decisión. Es ese momento íntimo en el que entiendo que hasta ahí he llegado, y que las fuerzas que me quedan ya no quiero seguir gastándolas en el mismo lugar. Las fuerzas, entonces, cambian de destino. Se redirigen. Se recolocan.

Por eso estoy aquí. Volviendo a destinar la energía a otro lado, a este, al mio, a esta esquina que te gustaba visitar los jueves… o que quizás te gustaba antes. A este espacio donde siempre me he permitido ser, escribir sin prisa, pensar sin ruido y sentir sin filtros.

Espero recuperarte tras habernos perdido en este tiempo. También espero recuperarme. Seguir viviendo mis letras de una manera más sosegada, como siempre han sabido acompañarme. Porque escribir nunca fue solo escribir, ha sido hogar, ha sido desahogo, ha sido silencio, llantos en soledad, pero sobre todo es una conversación conmigo mismo, y eso, cuando se pierde, se echa de menos más de lo que uno reconoce.

Gracias por estar.

Gracias por volver.

Gracias, sobre todo, por leerme.