«Kilómetros hacia mí»

«Kilómetros hacia mí»

Quizás esto no lo hayas pensado de la manera en lo que ahora te propongo, pero creo que hay viajes que no se hacen con maletas, sino con cicatrices. Creo que hay trayectos que no se recorren con trenes, barcos o aviones, sino que se hacen entre recuerdos, suspiros y miradas detenidas tras una ventana empañada.

Hoy no hablaré de cuerpos entrelazados —al menos, no en el sentido físico— sino de ese otro tipo de relaciones, la que uno experimenta al mirarse de frente después de mucho tiempo huyendo.

Hace unos días cogí mi coche, carretera alante, sin destino, sólo sabía que necesitaba irme. Lo hago a veces, muchas de ellas, como esta, sin avisar, sin decirlo. En la mayoría de las ocasiones por carreteras secundarias, de esas que te permiten parar en un mirador o en un apartadero, en el que tengo la certeza de no encontrar a nadie. 

Cuando hago esto, voy despacio, en un recorrido lento, lo suficiente como para obligarme a pensar. 

Por el camino, a veces hago paradas. En ellas siento que, antes de huir, me acerco a algo que no era el lugar en el que quería estar, por lo que esta necesidad de poner kilómetros  responde a la necesidad de volver a una versión de mí que había olvidado. Por eso irme, para poder volver. A veces la felicidad no es una conquista, sino un regreso. 

Recordar no duele. Lo que duele es saber que hay momentos en los que soy más yo. Que en compañía de ciertas personas, de palabras concretas o incluso de silencios llenos encuentro una paz que nunca logré alcanzar en otros espacios de mi vida. Irme es volver a mi.

Encontrarse a uno mismo es un acto violento. Es arrancarse la máscara con la yema de los dedos. Es aceptar que tal vez no estamos hechos para la felicidad constante, pero sí para los instantes de plenitud, como aquel café sentados frente al balcón, o las tardes paseando junto al mar, las mañanas de compras en el centro comercial, las tardes tirados sobre la arena de la playa, o las noches con una copa de vino y la vela encendida. 

Viajar hacia uno mismo es una carretera sin mapa que en ocasiones se llena de niebla, lluvia o ruido, pero en la que siempre aparece una figura que tiende la mano, o manda un mensaje, para recordarte de que está ahí, para decir que nunca se irá, que…, a veces eso es suficiente para no perderse del todo. Otras no, pues a todos nos gusta escuchar el retumbar del eco de unas palabras bonitas, o un “te echaré de menos”. 

Mañana me marcho de viaje. Como en otras ocasiones, lejos, muchos días, en los que no podré verte y ya siento tu vacío. No te olvides de esta esquina, de la nuestra, de lo nuestro, de mi. Volveré cuando pueda, quizás no el jueves que viene; pero recuerda, nunca dejes de buscar(te). Incluso si, como yo,  a veces te pierdes a kilómetros, en el intento de volver a ser. 

Gracias por leerme.

«Atrapando sueños»

«Atrapando sueños»

Es fácil decir a alguien que la echas de menos, que deseas estar con ella. Lo que ya es más complicado es demostrar día a día las ganas de estar y compartir juntos. 

Dejar que las horas pasen con las ganas de rozar la piel de esa persona, es complicado de superar, sobre todo cuando cada tic-tac te recuerda que no hay reloj que devuelva su voz.

Hoy, como tantas veces, me desperté con el cuerpo encendido y la cama tan grande que casi me traga. Estiro el brazo por puro instinto, como si pudiera atraparte en medio de un sueño, como si el calor que dejabas aún pudiera regresar. Pero no estás. Y aunque duela, me dejo llevar por la ausencia, por esa sensación extraña de necesitarte con el cuerpo entero, con cada fibra que recuerda tus manos, tu lengua, tu aliento.

Te imagino entrando por la puerta, en silencio, como si volvieras de otra dimensión donde no hay relojes, ni deberes, ni prisas. Solo tú. Solo eso que pasa cuando me miras y todo se derrumba, y todo se ordena.

Me muerdo el labio al pensarte. Recuerdo como tú me miras y lo haces sin darte cuenta, fruto del deseo. Ahora yo lo hago, no solo por lo que significas, sino por cómo lo haces. Por la forma en que me tomas, como si supieras leerme con los dedos o la mirada, como si entendieras que no hay otra persona que pueda deserarte de esta manera.

Te imagino acercándote a mi cama, quitándote la ropa despacio, sin decir palabra. Me encantaría ver caer cada prenda, como si con ellas te deshicieras también del tiempo en el  que estamos lejos. Te imagino subiéndose a las sábanas, arrastrando el deseo entre los pliegues, buscando mi piel como si tuviera sed de mí. 

Te deseo. Así, crudo, así de intenso, sin adornos. Deseo la forma en la que me haces perder el control y en la que me llevas de nuevo a la calma. deseo que me digas al oído que tú también me necesitas.

Te extraño por la complicidad de nuestras miradas que solo tú y yo entendemos. Lo hago porque eres el refugio donde me puedo desnudar por dentro, donde puedo ser frágil, salvaje, torpe o invencible.

Por eso, por todo ello, aunque esta cama está vacía, aunque tus dedos no estén sobre mí, sé que esta noche, como todas, también pensarás en mí. También querrás rozarme sin decirlo, tocarme sin manos, recordarme sin palabras.

Gracias por leerme.