«Una decisión sin azar»

En una tarde sin nombre, de esas que parecen suspendidas en el tiempo esperando a que algo ocurra, alguien se sentó a solas frente a una mesa vacía. Los rayos del sol perforan el cristal de la ventana, abriéndose paso en su duro espesor, para calentar el espacio e intentar dar alguna esperanza a aquel corazón cansado. 

La habitación hablaba de abandono, con el polvo sobre los libros, la taza de té vacía, sucia y olvidada en una esquina, el silencio, que sonaba a ausencia, las sombras, que golpeaban la mente…

No se había dado cuenta pero llevaba tiempo dudando, posponiendo, acumulando preguntas sin respuesta, tantas, durante tanto tiempo, que se le había endurecido el alma. Fue entonces cuando sacó la moneda.

Era una simple pieza cobriza gastada, elegida más por hastío que por fe. Cara: seguir. Cruz: detenerse. Cara: decir lo que siente. Cruz: callar para siempre. Cara: escribir. Cruz: rendirse. Le daba igual. Solo quería dejar de sentir ese peso de tener que elegir algo que no sabía si quería.

Empezó a lanzar la moneda. Una, dos…, diez veces. Cada resultado lo anotaba en su ajada libreta de notas. Lo hacía sin pensar, como un reflejo. 

Tras varios lances sintió una falsa libertad, un descanso en los hombros. Algo se vaciaba en su interior, como si se deshiciera de sí mismo pedazo a pedazo, como si cada cara o cada cruz le robara un deseo, una intención, la decisión final.

Se prometió el último lanzamiento. Saliera lo que saliera ese era el definitivo.

Al volver a lanzarla el azar hizo que la moneda cayera y rodara lejos, fuera de la mesa, fuera de su alcance. Se coló por debajo de la rendija del mueble del salón. Él rió perplejo, quedó mirando, inmóvil. Ahí lo sintió. 

Entendió entonces que no era azar lo que buscaba, que hay cosas que no se dejan a la suerte. Que buscar aquella mirada, la del otro lado del abismo, la que da paz, no era tarea fácil; que la promesa de una risa compartida, la complicidad o las caricias deseadas…, como las palabras que esperan nacer cuando otro escucha, tenía que ir a buscarlas. 

Así, sin azar, con cariño, compromiso y decisión podía encontrar el temblor de la piel que sabe que por fin está en casa.

Gracias por leerme.

«Una almohada llamada ausencia»

«Una almohada llamada ausencia»

¿De qué tamaño es tu cama? ¿De eso depende lo que sientes cuánto te metes en ella? Creo que no. Hay noches en las que la cama parece más grande. No porque haya crecido, sino porque falta algo. O alguien. La almohada no hace su trabajo. Es entonces cuando uno se da cuenta de que el silencio no siempre es paz, a veces es ausencia, vacío que se convierte en el eco tibio de una caricia que no llega, de un beso o un abrazo que no se da, o el recuerdo de un perfume leve de un cuerpo que ya no está, una sombra que se desliza por la memoria.

Dormir abrazado no es sólo compartir calor. Es dejar que el cuerpo diga lo que las palabras no alcanzan. Es controlar ese instante que está situado justo antes de cerrar los ojos en el que uno siente que todo está en su sitio, incluso si el mundo de afuera se derrumba.

Cuando se echa de menos a alguien, cuando esa ausencia se hace presente, el cuerpo lo recuerda antes que la mente. La forma en que encajaban dos espaldas, la respiración acompasada, el roce tibio de una pierna buscando compañía en la madrugada. Todo eso se convierte en una especie de huella invisible que arde más cuando falta.

Dormir sin esa presencia se vuelve entonces un pequeño duelo cada noche. Se acomoda a la ahora incómoda almohada, se extiende un brazo al otro lado del colchón, y nada. Solo aire, frío espacio que solía estar lleno.

Es en ese hueco de la cama, donde se comprende que lo esencial de dormir abrazado a alguien no es solo ternura, es certeza. Es saber que el día terminó y, pese a todo, no se terminó solo. Que los miedos, los pensamientos, las heridas del día pueden quedarse en la puerta porque hay un cuerpo que sostiene, que escucha sin hablar, que acompaña sin exigir, que llena la ausencia.

Gracias por leerme.

«Pura serotonina»

«Pura serotonina»

Somos animales de costumbre a los que, a veces, un pequeño acto nos puede producir cambios sustanciales en nuestra forma de ser y estar. 

Ella despertaba todos los días con la misma rutina medida al milímetro: café, gimnasio, ducha, desayuno con avena, lectura de las noticias del día, arreglarse con calma… todo con calma, hasta que la alarma del móvil le volvía a sonar para entender de que debe salir corriendo al trabajo, pues ya se le hace tarde.  

A simple vista, su vida parece tranquila, incluso admirable, pero por dentro, era una estrategia. Una orquestación meticulosa para mantener a raya aquello que había aprendido a temer: el vacío. No era tristeza, ni melancolía, es la ausencia de algo más profundo, una falta de sentido que sólo se manifestaba cuando los estímulos externos dejaban de sonar.

Para llenar ese espacio, cada vez que tenía un rato así, de vacío, le gustaba interesarse por un tema en concreto. Lo explotaba y estudiaba hasta sentirse conocedora del tema. Últimamente había estudiado todo sobre la serotonina. 

Estaba realmente asombrada por esa molécula milagrosa que el cuerpo produce casi como una recompensa por vivir de manera correcta: ejercicio, alimentación, sueño, gratitud, contacto con la naturaleza… 

Un día cualquiera —nublado, húmedo, sin mayor promesa que ser uno más— entró en aquella cafetería y lo vió. No era un hombre particularmente llamativo, ni joven, ni brillante. Estaba leyendo un libro sobre edificaciones antiguas, subrayando con un lápiz de manera minuciosa. Lo observó unos segundos y, sin pensarlo, se sentó en la mesa de enfrente. No intercambiaron palabras. Durante semanas, coincidían por azar a la misma hora. Al principio, bastaba con verlo. Luego, empezó a notar su risa baja, contenida. 

Una mañana, él dejó una nota entre las páginas de un libro que sabía que ella leía: “¿Café después de esto?” Así comenzó todo.

La relación fue en una sensación creciente de bienestar. Las caminatas juntos reemplazaron sus paseos solitarios. Las comidas eran compartidas. El silencio entre ellos, cómodo. Ella notaba los cambios sutiles en su cuerpo: dormía mejor, tenía menos antojos, la ansiedad que solía presentarse como un puño en el pecho se había disipado. Incluso su piel parecía más luminosa.

Semanas después de conocerlo, ya se sentía mejor. Había un ascenso sostenido en su bienestar. Entonces recordó su último estudio, anotando en su cuaderno una única palabra en mayúsculas: SEROTONINA.

Volvió a leer los artículos científicos. Hablaban de la serotonina como modulador de ánimo, del intestino, del sueño, pero también mencionaban algo que había pasado por alto: el afecto humano. El contacto cálido. La intimidad emocional. El amor, incluso. No de forma romántica necesariamente, sino como vínculo, como espejo emocional. Ahí comprendió.

Toda su estrategia había servido para preparar el terreno. Para que su cuerpo pudiera recibir, aceptar y amplificar algo que no se puede fabricar con avena ni con yoga: la serotonina que brota cuando uno se siente visto, acogido, sostenido. El vínculo era el catalizador que ejercía como un amplificador químico. 

Esa noche, mientras él dormía a su lado, ella lo observó con una ternura inédita. No como se mira a alguien necesario, sino como se contempla una coincidencia biológica y mágica a la vez.

Gracias por leerme.