«Una sorpresa increíble»

«Una sorpresa increíble»

La tarde está tranquila. Por fin ha terminado sus quehaceres diarios y se dirige a su coche para poner rumbo a casa. Necesita descansar.  El día, como otros muchos, ha sido intenso y su cabeza está embotada. 

Desde lejos, al vislumbrar su coche, estacionado en el aparcamiento del centro comercial nota algo peculiar: una bolsa de papel marrón, cuidadosamente colocada se encuentra junto a su automóvil. «¡Alguien la ha olvidado!» Eso es lo primero que piensa.

Como es normal, la intriga le puede. Se acerca y sin tocarla mira en su interior.  «¡No puede ser!» exclama mirando para un lado y para otro. Se sonroja. Los nervios se apropian de su persona. No sabe qué hacer. Mira a un lado y a otro. No hay nadie en las inmediaciones. 

Por fin se decide. La coge. En su interior descubre una gran sorpresa que, más allá del valor material que tiene, simboliza una serie de pequeños frascos de colores brillantes, cada uno etiquetado con una emoción diferente: alegría, gratitud, esperanza, amor, paz… Como si estuvieran todos juntos, dentro de un gran recipiente de color blanco. 

De repente, una voz suena a su espalda: «¿Qué nervios verdad?». Sonríe al escuchar aquel timbre de voz que tantos buenos momentos disfrutan juntos. «Es lo que deseabas y, ¡caray! ¿por qué no?». Se gira. Se miran. Sonríen. Se abruma por la generosidad y el amor que acaba de recibir. Siempre es capaz de generar esas sorpresas. Es una maravilla. Un regalo más allá de sus expectativas, un gesto asombroso que denota lo que significa para esa otra persona. 

Los nervios de la emoción le llenan los ojos. Es incapaz de reaccionar. sigue sin salir de su asombro. «¡Eres increible!».

Gracias por leerme.

«El triste gesto de su cara»

El libro que leía había llegado a sus manos por puro azar. Avanzaba entre sus páginas de manera fugaz, deseando continuar y a la vez que no terminara. Cada capítulo era una sorpresa. La vida de los protagonistas parecía un relato sacado casi de su propia vida. 

Ya casi había oscurecido cuando necesitó apartar la vista de aquellas letras. Encendió la pequeña lámpara de lectura y, casi en el mismo momento, sintió un pequeño escalofrío, como el suave revoloteo de una pequeña mariposa en su estómago, que le hizo atender a lo que ocurría en el descansillo del edificio.

Desde su cuarto sintió cómo se abrían las escandalosas puertas del ascensor, aquello le extrañó, pues conocía las costumbres del vecindario, y a aquella hora no era normal que nadie llegara. 

La luz del pasillo se encendió y el eco producido por un taconeo tímido, como de quién busca sin estar seguro dónde, ocupó el silencio del edificio. No tardó en escuchar el traqueteo de unos dedos contra su puerta. No esperaba a nadie así que se acercó con sigilo. 

Acercó su ojo a la mirilla para descubrir que, del otro lado, la estaban tapando con un dedo. Entonces lo entendió. Su estómago se encogió mientras que el tamborileo de los dedos se repetía, en esta ocasión acompañado de su voz: «Venga bobito, abre ya, que sé que estás ahí». No se lo podía creer. Miró sobre la mesa en la que había dejado el libro que hasta hace un momento leía sorprendido para ver cómo, en aquella ocasión la sorpresa, se hacía realidad y no era una cosa de literatura.

Gracias por leerme.