Quizás no sabía bien el motivo de su llanto, pero lloraba. Aquel era uno de esos instantes en los que su cuerpo le pedía una cosa, su mente le ordenaba otra y la situación sólo le dejaba una opción. Asomó su imagen entre las tristes cortinas del balcón. En la calle la gente iba de aquí para allá, ajena a lo que ocurría en el séptimo piso. Sin pensarlo abrió la puerta corredera y llevó su cuerpo al exterior. El aire le golpeó la cara. Sus manos se aferraban a los laterales del aluminio mientras, sus pies, acariciaban el alfeizar. Hoy se había levantado con una gran tristeza y eso le hacía dudar. Respiró hondo y continuó. Del bolsillo trasero de su pantalón sacó el arrugado paño que le colgaba y comenzó con la limpieza de los cristales. Algún día se dijo, podré dejar este trabajo y terminar mi carrera.
«Tristeza»
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