«Comienza el cole»

El día uno de septiembre se acerca. Los maestros/as se incorporan a sus puestos de trabajo (¡ya era hora que tienen tres meses de vacaciones y….! ─perdón ese fue el duende que hay veces que se disparata─). Lo cierto es que dicho así parece una peli de esas en las que un fiero tiburón-cocodrilo-serpiente o monstruo horripilante se acerca para devorarnos y no creo que sea para tanto.

Ayer me encontré con una compañera que, hablando del tema, me dijo:
─Pues si te digo la verdad yo ya tengo ganas de empezar.
─Me alegro ─le contesté animado─ hay que estar con el espíritu en alto, las pilas cargadas y el entusiasmo a flor de piel que el curso es muy largo.
─Bueno, ─dijo sin mucho afán─ tú siempre tan optimista.
─Jajaja, como siempre. ¿Qué es lo que más te apetece según llegues? ─le pregunté esperando escuchar ese clásico de reencontrarme con las caras de «mis niños» o ver a los compañeros.
─Pues espero que el dire ya tenga las fechas de los puentes y las vacaciones.

¡Ups!, todavía tengo mucho que aprender.

«FELIZ CUMPLEAÑOS»

Son las doce y un minuto de la madrugada del veinte de agosto de 2010. Hoy es mi cumpleaños. No creas que estoy aquí sentado a la espera de que se cumpla la hora para publicar estas líneas, por suerte la tecnología nos permite jugar con el tiempo, así que, como siempre, a las veintitrés horas, de ayer, me fui a la cama ─soy como la Cenicienta pero con una hora menos, que para eso estamos en Canarias.
            Algunos dicen que para ser feliz, o realizarte como persona, tienes que plantar un árbol (ya llevo cinco, creo), tener un hijo (tengo dos y buenísimos) y escribir un libro (por suerte también tengo un par de ellos y otros en camino). Esta lista me parece corta, a ella podríamos añadir, entre otras actividades:
·         Mantener un blog (claro esto es algo nuevo, pero te aseguro que cuando sé que has entrado a leerlo me da mucha satisfacción y si eres de los que dejas un comentario es que eres la leche. Por cierto, además de este tengo otro para mis alumnos/as del cole que, si bien todavía no le he sacado todo el partido, estoy en ello).
·         Tener amigos (muchos y muy variados, hasta en el infierno) y algún enemigo (está claro que no le puedo gustar a todo el mundo).
·         Hacer todo lo que podamos para disfrutar de la vida (¡ufffff!, ¡pero si no he parado la pata, ni pienso hacerlo!: spinning, kárate, scouts, tuna, teatro, vela, montañismo, esquí, judo, natación, baloncesto, viajar, Magec…).
·         De vez en cuando una parranda, un dulcito, una buena cena, un chocolate, una copita de vino, unos rones… siempre acompañado de risas y amigos/as.
·         Tener una familia que te apoye (esto lo tengo de sobra, por todos lados), no solo la directa, sino también la política (aunque intente ingresar a mi suegra en un psiquiátrico y ella no se deje, jajaja).
·         Buscar nuevas metas (sin duda espero que durante los próximos cuarenta y un años pueda seguir aprendiendo y disfrutando de todo, y de todos, para después compartirlo, además, ya tengo cosas pensadas para cuando me jubile).
·         Desear a los demás siempre lo mejor y agradecerte que me leas.
Gracias por compartir este día conmigo. Se feliz.

«La vida de la señora María»

Cuentan que hace algún tiempo la señora María tuvo que acudir al ayuntamiento para realizar unas gestiones. Iba acompañada por sus cinco hijos, todos varones, que muy tranquilos esperaban sentados a que su madre terminara de hacer sus gestiones.
La funcionaria, asombrada por el buen comportamiento que mantenían los chicos y con el fin de entretenerse mientras María rellenaba los impresos, dijo:
─¡Que niños más buenos! ¿Cuántos años tienen?
La Señora María, levantó la vista, y comenzó a señalarlos:
─Diez, ocho, seis, cuatro y, el pequeño, dos.
─¿Cómo se llaman?
Ella volvió a señalarlos.
─Alejandro, Alejandro, Alejandro, Alejandro y Alejandro.
─¿Todos se llaman Alejandro? ─preguntó extrañada la oficinista.
─Sí.
─Y ¿Cómo hace para llamarlos a comer?
─Fácil, grito ¡Alejandro! y vienen los cinco.
─¿Y para ducharse?
─Fácil, grito ¡Alejandro! y vienen los cinco.
─Pero y si quiere que venga uno en concreto, ¿cómo lo hace?
─Lo llamo por el apellido.
(Basado en un viejo chiste del que me acordé)

«Clase de spinning»

            No sé muy bien como ocurrió, pero tras una llamada de mi hermana, la pequeña, me sorprendí envuelto en una nueva pequeña aventura para contar a mis nietos, y a ustedes.
Para ponernos en situación les comentaré que ella y mi hermano son «gimnasio adictos madrugadores», a saber: se levantan todos los días, casi de madrugada ─incluso antes de que las calles estén puestas─ para ir al Gym y de allí a trabajar. ¡Son la leche!, ¡que fuerza de voluntad! ¡Que envidia! Pues nada, picado por la curiosidad, y su reto, para allá me fui.
A las 7:00 de la mañana, ya estaba con mi pantaloncito prieto, camiseta deportiva, «nike´s» en los píes, más moral que el Alcoyano y el cachondeo constante de mis hermanos que aún no se lo creían.
Tras quince minutos, dando pedales y sin ir a ningún sitio ─a esto se llama calentar─, el sudor empezaba a hacer su aparición, menos mal que iba preparado con toalla y todo. El monitor empieza a hacer su trabajo ─había llegado tarde─, música a toda leche ─por aquello de mantener el espíritu─, ¡suban la intensidad! ─osea que del número cinco pasar al doce, de ahí al catorce, al quince… al diecisiete, ¡uf, eso duele!─ ¡arriba el culo! ─la leche, yo no sé si aguantaré esto─ ¡vamos! ─chilla, porque la música está tan alta que no se le oye─, ¡arriba!, ¡abajo!… y así durante una hora.
Comentarles que estoy hecho un toro. No solo aguanté toda la clase sino que, además me gustó. Fue muy divertido y una experiencia muy guapa al lado de dos de mis tres hermanos ─la otra es más pausada─. Hoy, un día después, no tengo agujetas y si no fuera por el madrugón, y los kilómetros, repetiría. Gracias por el momento y el desayuno (café con leche, zumo de naranja y bocata de jamón serrano y manchego), pá compensar. 

«Contando ovejas»

Quizás había llegado la hora. Una, dos, tres… ¡imposible! Doy vueltas y más vueltas. Cuatro, cinco, seis… Cambio de postura, ¡mejor así! Es posible que esto de contar ovejas funcione ─siete, ocho, nueve─. ¡Uf! Esta tarde no logré terminar el escrito aquel que tenía que enviar al banco… ─diez, once, doce─. ¡Me cahis! Se me olvidó llamar a la oficina de mi hermano ─trece, catorce, quince─. Tampoco puedo olvidarme de comprar los libros de los niños, la carne, el queso ─dieciseis, diecisiete, dieciocho─, los tomates, ¡¿tomates?!, ¡joder, se me pasó sacar la salsa del congelador! ─diecinueve, veinte, veintiuno─. Me estoy poniendo de los nervios, será mejor que me concentre ─veintidos, veintitrés, veinticuatro─. Vuelta «pá quí», vuelta al otro lado ─veinticinco, veintiséis, veintisiete─ ¿Quién dijo que esto de contar ovejas ayuda a relajarse? Veintiocho, veintinueve y treinta. ¡Vale!, están todas. ¡Sultán! recójelas y volvamos a la granja, es hora de hacer la siesta. 

«Las cosas del Facebook»

Más o menos la cosa empieza así: Recibo un email de un tal Fulanito que quiere ser mi amigo. Extrañado y antes de aceptar, por aquello de que uno es algo precavido o entrometido, entro en el perfil de esa persona para poder ver quién demonios es la verdad es que su nombre no me suena de nada.
            Tras un rato investigando en su perfil, resulta que el tal señor fue un compañero de instituto. Se sentaba dos asientos más adelante. Apenas si hablábamos en los recreos pero…, que le vamos a hacer, le acepto. ¡Bien ya tengo sesenta y un amigos!
            La historia se va repitiendo una y otra vez parece que el que más tiene más vale, sesenta y dos, sesenta y tres…
Esta es una de esas cosas que consigue el «Facebook», he logrado una cantidad de «amigos» impresionante en la actualidad tengo 147 y total «pá qué» apenas me hablo con ninguno de ellos.