«31 de octubre: Halloween»

Cuentan que la noche oscura se acerca. Desde las profundidades de los infiernos, las más terribles criaturas se preparan para visitar las casas de sus antiguos amigos y familiares para atormentarles y originar horribles pesadillas.
            La tradición ha viajado desde los antiguos celtas hasta nuestros días, invadiendo nuestras propias costumbres y creando propulsores y detractores. La cosa está ahí, latente, a la espera de que el día treinta y uno, estalle en todo su esplendor y casi en todo el mundo ─¿efecto de la globalización?
            Las tiendas hacen su agosto ─otro de ellos─. Las discotecas, bares y pubs, preparan grandes fiestas con las que atraer a los más fiesteros. Los niños y niñas preparan disfraces, caretas, petardos…
El vecindario empieza a sentirlo como suyo. Se colocan calabazas, adornos y se preparan bolsas de chuches con las que poder pactar. Mientras, los espíritus de los difuntos nos vigilan. Se acercan. Están dispuestos a todo. ¿Estás preparado/a?

«Arepa´s night»

No te quepa la menor duda de que he tenido otro movidito fin de semana, pero lo que se merece este post, sin despreciar lo demás, fue la noche del viernes.

Gran velada con amigos, “güisquitos” y auténticas arepas venezolanas (asadas no fritas). La cosa surgió como casi todo, sin pensarlo. Resulta que la, llamémosla, familia “Orillarse” ─gran expresión de esas tierras descubierta a última hora─ nunca había estado en casa, cosa que sí había ocurrido con la familia “Reina pepiada” ─jajaja─. Así que entre risas y fiestas se organizó la cena. Nosotros pusimos la casa, la harina de la masa, las ganas de comer y algún picoteo; los Orillarse el whisky ─fundamental y obligatorio─ y otras bebidas, y los de la Reina Pepiada, el relleno y la mano de obra ─al ser los grandes conocedores de los secretos de tan suculentas y chorreantes viandas.
La cosa empezó bien. Visita guiada a la casa y primeras rondas en la cocina. Preparación de la masa ─y segunda ronda─, creación de costra ─tercera ronda─, horneado ─cuarta─, papeo de los niños/as ─pá que se fueran a jugar con la bendita Wii para nosotros encargarnos de la quinta ronda─. Las risas, empezaron a surgir, las bromas no cesaron y hasta organizamos el viaje de esquí, Madeira, fin de año a Madrid, Isla Margarita, retoques plásticos en Caracas…, el whisky era del bueno.
Las niñas se quedaron sentadas y dormidas a eso de las 12:30 de la noche. Los chicos, a la 01:00 a.m., con los ojos llenos de chispeantes luces de colores, provocadas por los efectos especiales de la maquinita, se retiraron a sus casas felices y contentos y, los adultos, bueno los adultos… el whisky estaba bueno.

«24 de octubre: Día mundial de las Naciones Unidas»

Debemos estar unidos para acabar con ellos. Ese fue el pensamiento que tuvo Enrique y que transmitió a todos sus amigos. Su pandilla entendió lo que pretendía. Todas las  mañanas recorrían el patio del colegio para ayudar a los más pequeños: les abrían los zumos, les ayudaban con la fruta, organizaban los juegos, evitaban las peleas, intervenían en los distintos enfados…
            Por las tardes, una vez terminadas las tareas, acudían a la plaza y seguían con la misión que se habían planteado: ayudaban a las personas mayores a cruzar la calle, recogían papeles del suelo y explicaban, a quién los tiraba, que eso estaba mal…
            Una de esas tardes, Doña Juana, la señora del quiosco de las chuches, que los observaba con agrado, los llamó. Tras regalarles unos chicles, como premio, les ofreció un hermoso lazo azul para que lucieran en su brazo. A partir de ese día eran se llamarían «La Pandilla Azul».
NOTA: Si eres maestro/a, educador, padre/madre, abuelo/a… te propongo, que este lunes, trabajes algo de la ONU: un dictado, un dibujo, una asamblea… Si no lo eres siempre puedes aprender algo nuevo en:

«Extraños»

Cruzaron sus miradas al tropezarse en la puerta del bar. Con claros síntomas de enojo se separaron, enfadándose, consigo mismo, por haberse pedido disculpas.
Cada uno fue a una esquina diferente de la barra. Pidieron lo de siempre, pero no sabía igual. La presencia del otro les carcomía el interior y les infectaba el sentido del gusto. Continuaron mirándose, al principio de reojo y después con cierto descaro, manteniendo desafiantes las miradas.
Al cabo del rato volvieron a tropezar, esta vez en el cuarto de baño:
─¿Qué haces aquí?
─Nada, tomo una copa, con unos colegas del curro.
─¿Y tú?
─Lo mismo, pero no puedo dejar de mirarte.
Aquella frase enfrió la tensión. Molestos tras las continuas interrupciones de la gente, pasando por el pasillo, se dirigieron a uno de los reservados.
─Me hastía tener ganas de besarte. ¡No quiero, no puedo verte más!
─Lo sé, a mi me pasa lo mismo y te recuerdo que ese fue el motivo por el que nos divorciamos.
Tras no aguantar más, sucumbieron, pero improvisaron una solución.

«Saber vivir»

Algunos lloran mientras otros ríen. Algunos protestan mientras otros buscan soluciones. Yo, me levanto y camino. Me asomo a la vida y la observo con detenimiento. Intento buscar alguna pista que me lleve a dilucidar la solución al problema planteado. Voy de aquí para allá. Todo lo rápido o todo lo despacio que necesito. Levanto todo el polvo, hasta el escondido bajo mis propios pies, con tal de dar con la respuesta apropiada. Pateo los encerados con operaciones, dilemas, fonemas y demás artimañas de la sabiduría humana. Al final la respuesta llega y mi vida acaba. La disfruto. Me gusta ser tiza.
(Podrás ver la ilustración en: http://blogdejesusbravo.blogspot.com/)

«Boda de José Bernardo y Vanessa»

Cuentan que una noche en la que la luna estaba aburrida, se asomó a su balcón del mundo para observar lo que ocurría.
Se percató de la presencia de una pareja de amantes dispuesta a compartir, para siempre, sus vidas. Convencida de que podía ayudar, habló con el viento del noroeste para que, en forma de bruma, les entregara felicidad. Llamó a las traviesas nubes del norte para que rociaran con amor el feliz acontecimiento. La noche tomó un encanto especial.
Ya se han casado. Ella lloró, él desafino –pero con sentimiento, todos disfrutamos, reímos, bailamos, encontramos a viejos amigos que hacía tiempo no veíamos, y al final gritamos: ¡VIVAN LOS NOVIOS!
Sean felices.

«Hoy tocó pádel»

            Uno de mis buenos amigos, conocedor de que jamás había practicado este deporte, organizó una primera aproximación al mismo, desde un punto de vista lúdico y como actividad conjunta entre padres e hijos.
            Tras no pocos intentos de levantarme de la cama ─anoche tuve jarana─ Samuel y yo salimos dispuestos para nuestro nuevo reto. Vestidos para la ocasión con pantaloncito, zapatillas ─es que no es tenis lo que toca─ y camiseta de deporte ─no de propaganda, porque si lo hago mi hermana, la pija, me mata─ el humor alto ─junto con los efluvios del vino─ y las esperanzas puestas en nuestras posibilidades, llegamos a la cancha reservada al efecto.
            El juego resultó muy divertido. Pasamos un rato agradable ─dos horas al “solajero”, sudando, corriendo, esforzados por usar aquella raqueta, agachándome a coger la pelotita…en fin, todo un placer─ en compañía de los niños que parecían monos incansables de un lado a otro de la cancha. Descubrí una cualidad hasta el momento desconocida, tengo grandes facilidades para enviar la pelota a más de ocho metros de altitud y a una gran distancia ─fuera de toda cancha conocida─ por lo que igual hago una prueba de béisbol.
            Tras terminar, y decidir que aquello me gustaba y que podríamos repetirlo, sólo hubo una cosa que me preocupó: ¿te acuerdas cómo se hizo famoso este deporte en España?, yo sí, lo practicaba el Presidente Aznar así que será mejor que me afeite, no vaya a ser que se me pegue algo.

«Entrenado para matar»

Tenía una posición privilegiada así que su disparo fue único y certero.
Mientras caminaba, a la búsqueda del cadáver, una mujer, cubierta por un largo y tupido velo negro, a la carrera se adelantó. Asió el cuerpo entre sus brazos y con movimientos balanceantes comenzó un doloroso lamento lleno de llantos, gritos y oraciones. Un extraño escalofrío recorrió el cuerpo del soldado. Su temblor se volvió angustia:
─¿Qué haz hecho? ─le interrogó la mujer en un idioma de difícil comprensión para nosotros.
El soldado dubitativo no cabía en sí, quería morir. Se arrodilló. Puso su mano asesina sobre el cuerpo inerte y dijo:
─Yo, cumplía órdenes y él…
─¿Él? ¡era tu hermano!
─¡Era un terrorista! Lleva una bomba pegada a su cuerpo.
─No ─dijo abriéndole la chaqueta de pana polvorienta y roída por el uso de los años─  había robado pan; lo llevaba a casa para alimentar a tus hijos.

«La buena racha»

Hoy me contaron lo que le ocurrió a la Señora de Ramón. Para empezar, contaré  que me parece bastante triste de que, en vez de conocerte por tu nombre, te conozcan como «la señora de», así que, la llamaré, Margarita.

Estaba la Señora de, perdón, Margarita, en la cocina fregando platos, recogiendo la loza…, como siempre, con la radio encendida, mientras Ramón, bien apoltronado, en su sofá veía el fútbol.

En los resultados de la lotería dicen, uno tras otro, los números del décimo, que margarita compraba y guardaba celosa en el bolsillo del delantal. Eufórica dice:
─¡Cariño!, ¡nos ha tocado la lotería!
Ramón, tras besarle la frente, sale escaleras abajo para celebrarlo en el bar. Corría mientras gritaba:
─¡Hoy invito yo!
Margarita observaba oculta tras las cortinas, cuando un camión lo arroyó. Mira su décimo, lo besa y dice:
─Es que cuando una está de racha, está de racha.