«30 de enero: Día escolar de la paz y la no violencia»

«El gran aplauso»
Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. Ella caminaba entre el campo de batalla. Iba toda vestida de blanco, despistada y extrañada. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado, era como si hubiera sido colocada allí por una fuerza superior.
Los soldados, sorprendidos y aturdidos, cesaban sus disparos a su paso. Se levantaban de sus posiciones atrincheradas, levantaban sus cascos y se limpiaban el sudor o se rascaban la cabeza. Todos  la miraban. Los Generales, ofendidos, ordenaban que la abatiesen. Ninguno les hizo caso.
Un joven valiente se acercó a ella y le preguntó su nombre. ¡Paz! ─gritó. Todos aplaudieron. 

«Visita a la oftalmóloga»

─Buenas tardes ─me saluda muy amable la doctora─. Quítese las gafas y siéntese.
─Me quito la camisa ─le digo con sonrisa picarona.
─No hace falta «bonito» que esto es una consulta de oftalmología y además tu mujer está delante.
─Ups! Pequeño detalle ─la miro y me atraviesa los ojos mientras carraspea y me hace señas de que me dará unas palmaditas.
           Menos mal que todo queda en casa, la doctora es amiga y el ambiente distendido y amigable entre los saludos, el típico ¿qué tal te va?, ¿cómo están los niños?, las bromas…, que si no…
Llevo toda la vida usando gafas y es la primera vez que me dilatan los ojos (incomodísimo eso de verlo todo borroso y encandilante durante horas), me hacen una topografía de la cornea (el aparato parece un radar o uno de esos artilugios para broncearte con rayos UVA), me toman la presión del ojo (─Usted tranquilo ─me dice la  auxiliar u óptica o enfermera o lo que fuera─ sentirá un soplidito en el ojo pero no se asuste. ¡Que no me asuste!, ¡imposible! Menudo escupitajo me lanzó) y me ponen delante tanto aparatejo con lucecitas verdes, rojas, casitas al fondo, en plan «Casa de la Pradera» (me quedé un rato trastornado esperando a que pasara una vaca o un caballo)…
            ¿Dónde quedaron aquellas enormes, pesadas e incómodas, pero fascinantes, gafas negras sobre las que iban cambiando y combinando lentes? Sin duda toda una experiencia tecnológica esto de ir a la oftalmóloga, y más  siendo tan guapa, simpática y  (¡¡Pum!! Cogotazo por la espalda). No importa, el año que viene repito.

«Insaciable»

Y dio otro bocado. Lo hacía una y otra vez, insaciable. Según sus propias palabras, hacía tiempo que no probaba algo tan apetecible. Su lengua recorría toda la masa que tenía entre sus manos en busca de nuevos sabores. Su nariz intentaba esnifar los más turbios aromas que emanaban, con el fin de apoderarse de todos ellos. Aquella actitud era bulímica, casi pecaminosa, sexual…, prohibida, pero, quizás era eso mismo lo que le excitaba a continuar en su empeño. Por momentos se sorprendía mirándose en el espejo, observaba sus movimientos, le gustaba verse y disfrutaba de ello. Aquel dulce relleno de crema era increíble.

«RESPONSABILIDAD»

«Recuerda a papá que baje la tapa». Rezaba la escueta nota que había encontrado junto a mi mochila. Esas fueron sus últimas palabras, o por lo menos, las últimas de las que  tuve constancia. Me fui al cole dándole vueltas a la cabeza. ¿Qué quería decir?
Pensé que, como siempre, hablaba de la tapa del váter, pero cuando por la tarde volví, la entendí. Ya todo había pasado. Ella se había encargado de todo excepto de aquel pequeño detalle. Se había vestido con su precioso traje lila con encajes. Yacía recostada, con sus dedos entrelazados sobre su pecho. Sus ojos estaban cerrados. Estaba muerta, en su ataúd. No esperé a que llegara mi padre. Tenía una responsabilidad. Yo mismo bajé la tapa. ¿Cuál sería el motivo? Igual quería estar segura de que no iba a vagar, cuál fantasma por este mundo. Igual no quiere que los gusanos se marchen.

«Lo más importante»

Una semilla en esta tierra desolada era lo único que pedía a los Reyes Magos. Su marido se había cansado de tanta insistencia, de intentarlo una y otra vez, de la visita a los más expertos, de cuidar «el jardín».
        Los vecinos la miraban con pena, cuchicheaban a su paso. Su familia la visitaba en actitud condescendiente mientras, ella, noche tras noche, lloraba amarga por las esquinas de la casa.
       Solicitaba ayuda a todo aquel que se tropezaba en su camino con aires de tener alguna solución. Para ella lo más importante era plantar esa semilla. Lo más importante era tener un hijo.

«Una noche mágica»

Vienen desde muy lejos, desde Oriente, con sus alforjas cargadas de sueños, ilusiones y alegrías tanto tiempo esperadas. Guiados por una estrella brillante se acercan, paso a paso, hasta nuestras casas para que, una vez estemos dormidos, entrar con mucho sigilo.
            La tradición marca dejar, tras la puerta, una tacita de agua para los camellos y alguna vianda para que, Sus Majestades, enjuaguen el gaznate y rellenen el vacio estómago pero ¡ojo!, ¡no muchas!, que la noche es larga y mucho el trabajo, no vaya a ocurrir un empacho y tener que abandonarlo todo por una visita a Urgencias o al cuarto de baño más cercano.
            También debemos tener en cuenta dejar un zapato preparado, en lugar visible y, a ser posible, no muy maloliente.
            Si te has portado bien, no debes preocuparte, seguro que algo dejarán, pero para los que no… ¡carbón!
            ¡Disfruta de la magia!