«El planazo de don Carnal»

Planazo el de don Carnal
Este es don Carnal.

Lo normal era que don Carnal aprovechara el momento para hacer de las suyas. Invitar a la lujuria, el desenfreno y el pecado, nunca fue tan fácil como en el momento actual. Las redes sociales juegan un interesante papel de apoyo logístico en todo ello y el se maneja bastante bien en esas lides. Pero don Carnal esta semana está un poco de capa caída. 

Vive en un cuarto piso de un edificio bastante normal, de una calle céntrica. Desde su ventana contempla un amplio abanico de actividades y, lo que es mejor, sin ser visto. 

D. Carnal observa la salida del colegio. Niños y niñas salen sonrientes con sus sencillos disfraces. El coronavirus parece que da una tregua y los centros escolares programan pequeñas y muy controladas fiestas de disfraces, marcadas por el uso de las mascarillas, los hidrogeles, los grupos burbuja…

Gira su cabeza y observa la estampa que se vive al otro lado de la calle. El bar de la esquina, el que abre el camino para acceder a la calle peatonal llena de establecimientos, es otro cantar. Desde su casa se escuchan los gritos y el soniquete de la famosa canción de Celia Cruz ¡Azúcar!, ¡no hay cama pá tanta gente! Hay personas en la calle, muchos con peluca, otros con disfraces. Unos pocos bailan y brindan con copas en las manos, mientras las mascarillas protegen del frío inexistente sus gargantas. D. Carnal niega con la cabeza.

Él no entiende mucho de todo esto que está pasando, pero, sin duda, hay algo que no le cuadra en su estrafalaria cabeza. Decide que es momento de averiguarlo.

El primer disfraz que encuentra en la maleta que guarda baja la cama es uno de vieja. Se lo pone, pañuelo negro por la cabeza incluido, y sale a la calle. Decide mantener la mascarilla tapando su boca, con eso se ahorra el maquillaje, y el afeitado que estos días está con la piel sensible. No pierde tiempo, se dirige a la zona de bares.

Luces azules alumbran toda la calle. Por un momento pensó que los propietarios de los bares se habían venido arriba y el Carnaval recobraba su color. No era así.

Varios furgones de la Policía Nacional entran por extremos contrarios de la calle. Acotan el lugar e impiden la huida de los ciudadanos. Todo aquel que está bailando, sin mascarilla…, es identificado y sancionado. D. Carnal, que siempre ha presumido de tener buenos disfraces, quizás por su condición de agente provocador de estas fiestas, pasa por entre ellos. No lo reconocen. Algunos agentes, convencidos de la edad del personaje que ahora representan, incluso lo protegen y ayudan a salir de allí. Sin demora vuelve a su casa y entiende que este no es el año. Decidido, se vuelve a imbuir en el pijama, se sirve una copa de su Irlandés preferido y se enchufa a una serie. ¡Planazo de Carnaval! ¿Cuál es el tuyo?

Gracias por leerme.

«Un llanto de dolor»

El llanto es una vía de escape
El llanto es una vía de escape

El fuerte sonido de un llanto aterrador me provoca un escalofriante sobresalto. Un niño llora desconsolada y sonoramente. Dejo lo que estoy haciendo y salgo, todo lo rápido que puedo, del despacho a la caza del origen del mismo. 

Un maestro y una maestra acompañan a uno de los alumnos —8 o 9 años—. Imagino que algo grave pasó. Están en la puerta del cuarto de baño. No tienen forma de calmarlo. Le hablan, le piden calma, que respire, que les mire a los ojos… No hay manera. Intentan averiguar qué ha pasado. Les pregunto. Ninguno de los dos sabe, pero las lágrimas brotan de sus ojos a borbotones.

Busco sangre —suele ser la primera opción de tal lastimera situación—, no veo; quizás alguna trilladura de un dedo en una puerta —también posible, aunque menos probable—. Nada, sus manos están intactas. Él sigue llorando.

Los maestros que le atienden insisten, le preguntan qué pasa. Como respuesta un grito de dolor.

Veo cómo abren el grifo del agua. Lavarles la cara ayuda a intentar recuperar la calma. Nada. él sigue llorando. Se percata de mi presencia y me mira. Vuelve a lanzar un desgarro. Aparentemente está bien. No veo que se toque en ningún lado, no parece que se haya dado un golpe o que se hubiera caído, o doblado una pierna, o…

—¡Bueno!, ¡ya está bien! —alzo la voz— ¡Respira! ¡Deja de llorar! —ordeno.

El hace un gran esfuerzo. Aspira sus mocos. Respira profundamente. Parece que vuelve en sí y empieza a recuperar la calma.

—¿Podemos saber qué te pasa? —le pregunto mientras me agacho para estar a su altura y mirarlo.

Entre sollozos, se lleva las manos al pecho, con una voz muy suave y dolorida, me contesta:

—Es que tengo una especie de flechazo acá —indica con claridad su corazón—. M. me dejó y no puedo olvidarla.

Las cosas del amor no correspondido. ¡FELIZ SAN VALENTÍN!

Gracias por leerme.

«La historia de los jueves»

—¿Sushi? ¿Vino?

«La historia de los jueves»

Aunque no me creas todas las noches de los jueves tienen el mismo comienzo. La palabra clave es la comida japonesa. Aunque más bien es solo una excusa. Con ella se abre la opción de mantener una noche de conversación y, como fin último, de sexo. Quizás hasta que salga el sol o, hasta encontrar un motivo para saltar de la cama y no regresar hasta la semana que viene.

Hoy es jueves. ¡Hoy toca!

Mantengo mi atención puesta en el sonido del timbre de la puerta. Me gusta no perder detalle. Es una vez en semana así que…, lo tomo como el capítulo de mi serie favorita. Pero de las de antes. De las que te quedabas con la miel en la boca y las ganas de saber qué le ocurriría a los protagonistas.

El recibimiento es un tímido «Hola», manteniendo las distancias, retirando la antipática mascarilla,. Luego se cruza un «¿Puedo pasar?». Y pasa. 

Un apasionado beso, normalmente acompañado de un fuerte golpe contra la pared, fruto de las ganas acumuladas, viene junto a una pequeña patada que ayuda a empujar la puerta para lograr su cierre. La agradable sensación de volver a sentir su lengua húmeda mitiga el pequeño sobresalto. Es que no hay nada tan intenso como verse una vez por semana. 

Descorchar la botella de vino, el suave paladar de la comida japonesa, la agradable conversación con la que se narra el día a día de todo lo vivido en este tiempo sin contacto, junto con los juegos de manos y las caricias, dan paso a que el ambiente se vaya cargando de erotismo. Desde este lado ya se nota fluir el deseo. Las risas, los susurros, las miradas, los suspiros…, los silencios. 

El momento no se hace esperar. El postre llega y la onza de chocolate no es suficiente para paliar el sabor a jueves. Es día de degustar otro cuerpo, otra energía.

El traqueteo del cabecero de la cama contra la pared es, al principio, suave. Poco a poco sube su intensidad y mantiene el ritmo de los empellones. Pequeños gritos, algunos gemidos, muchísimas risas; todo hace que el ambiente ayude a la búsqueda del deseo de una relación inconfesable, de una relación de solo los jueves. Todos los jueves y hoy ¡toca!

Me alegro por mi vecina. Yo, desde mi piso, con estas paredes tan finas, también disfruto de su historia. Por eso me gustan los jueves.

Gracias por leerme.