«La versión de Iván del cuento de Pedro y el lobo»

«La versión de Iván del cuento de Pedro y el lobo»
Siempre hay un lobo que nos acecha

A Iván siempre le han gustado los cuentos. Sus mejores recuerdos de niñez son aquellos en los que revive los momentos en los que su abuela lo sentaba sobre el regazo para narrarle las viejas historias. 

Su favorito era el cuento de Pedro y el lobo. Siempre había imaginado la cara de los vecinos de aquel pueblo, cuando el protagonista avisaba de la llegada del lobo, una y otra vez, y como siempre picaban. También le hacía una gracia especial el día que ya no le hicieron caso y ¡zas!, apareció el lobo.

Iván se imaginaba aquello y a solas en su cuarto, planeaba momentos y ocasiones para emular a Pedro. Tanto era así que en no pocas ocasiones, entraba en el edificio gritando y alterado. Subía las escaleras a toda prisa vociferando algún aviso y siempre generando alarma entre el vecindario.

Cuando lo hacía, su abuela gritaba su nombre y se enfadaba mucho con él. Pero no era suficiente. Aquellos pequeños avisos no le causaban temor e Iván, pasados unos días, ideaba otra manera de alterar al vecindario. Así ocurría semana tras semana. Su abuela lo rependía, lo acusaba, le mostraba el dedo acusador, pero el chico siempre hacía de las suyas.

Como era de esperar, tal y como había pasado con el lobo de Pedro, llegó el día en el que Iván entró al edificio necesitando asistencia. Todos reconocieron su voz y nadie le hizo caso. Al ver lo ocurrido, y comparándose con el cuento de Pedro y el lobo, Iván se enfadó de verdad. Llenó la papelera del descansillo de entrada con papeles y plásticos para luego  prenderles fuego. Nadie lo vio venir, aunque él había avisado.

Un humo negro y denso lo ocupó todo. Los vecinos, asustados por el ataque, tuvieron que abandonar sus casas. La llegada de los bomberos, alertados por la columna negruzca fue el detonante de aquel gran desastre. 

Su abuela, a partir de entonces, dejó de llamarlo por su nombre y, desde aquel día, lo bautizó como Hijo de Putin.

Así nos va. 

Gracias por leerme.

P.D.: No a la guerra.

«El viento que me atraviesa»

«El viento que me atraviesa»

Son muchas las veces que el viento ulala tras la ventana. Su sonido, en algunas ocasiones, se asemeja al llanto desconsolado de un niño o al maullar agónico de un gato. Otras veces, en cambio, siento que su rugido es fiero, como el de un dragón, que tantas veces hemos imaginado en las historias narradas. 

Hoy su bramar es diferente. Eso me perturba.

Arropado en una manta, y con una taza de chocolate caliente entre las manos, siento su batir contra el edificio. Golpea con energía mi ventana. Parece que quiere entrar, que quiere decirme algo, pero aún no entiendo sus palabras. 

Me levanto.

Despacio coloco las manos en el cristal e intento leer las vibraciones del ahora frío elemento. Contemplo el exterior a la espera de alguna señal, que acompañe aquel lamento que hora suena atróz. Los árboles se agitan, las luces de las farolas tiemblan. Es lo normal, nada ocurre fuera de lo medianamente normal con esta inclemencia meteorológica. Me convenzo. Vuelvo al sofá.

Según me acomodo un nuevo golpe, esta vez contra la puerta de entrada, me estremece. Recorro los pocos metros que me separan de ella. Lo hago despacio, con pies de hormiguita, para quién esté al otro lado no se percate de que me acerco. Miro por la mirilla y siento que el aire frío me atraviesa. Sin duda ahí afuera hay algo. No consigo ver qué es, pero lo siento. Me habla. Me atrae. Me separo rápido. No me atrevo a abrir la puerta. Intento volver a resguardarme bajo la manta que dejé en el sofá, pero las luces saltan. Todo se queda a oscuras, mientras el clamor del viento aumenta de intensidad. 

Ahora siento su presencia dentro de casa. Se que de alguna manera algo ha entrado. Aprovecha la fuerza del viento para colarse por las rendijas, para esquivar los protectores que tengo bajo las puertas, o los felpudos de las entradas de la casa…

La tormenta se siente cerca pero quizás es dentro de mi y lo que hay ahí fuera es solo viento.

Gracias por leerme.

«Poder hablar»

«Poder hablar»

Hay momentos en los que uno debe saber cuándo es buen momento para callarse. Hay otros en los que hay que responder. Luis lo sabía. Por eso, cuando Claudia lo había convocado para  tomar un café acudió extrañado a la cita, pues sabía que no era muy normal la insistencia de ella por quedar. Tenían una conversación pendiente y sospechaba que ella había decidido que ese era el momento para acometerla.

Tras un rato de hablar sobre temas banales, Claudia atacó. Comenzó a echarle en cara sus más que plausibles intenciones de mantener relaciones con Clara, su amiga. 

Luis intentó hablar, exponer su postura, su forma de ver lo ocurrido. No pudo. Fue entonces cuando decidió callar. Aguantó los argumentos basados en frases sacadas de contexto, en suposiciones, en comparaciones…, pues sabía que de nada servía que él narrara el porqué de aquellas palabras o aquellos comentarios, pues ella ya había tomado partido y había acudido a aquella cita para desahogarse y contar lo que le estaba molestando. 

A Luis le dolió cuando Claudia le dijo que ahora dudaba de las cosas que tiempo atrás él le había dicho. Todas habían sido sinceras y, sin que ella lo supiera, aún tenían plena validez, pues sus sentimientos, pese al tiempo transcurrido, en nada habían cambiado. 

Se quedó con las ganas de decirle que el intento de relación con Clara no tenía los visos y la oscura intencionalidad que ella le estaba dando. Se quedó con las ganas de comentarle que la única pasión que tenía era ella y que, Clara, aunque sonara mal, era solo una excusa para poder acercarse más a ella.

Por esos derroteros fue el café que Luis se tomó conmigo. Descargó, me contó lo que no puedo contarle a Claudia y me soltó las cosas que no se atrevió a narrarle a ella. Quizás lo hizo para desahogarse pero creo que él quiso que yo lo contará. Espero que puedan volver a hablar. 

Gracias por leerme.

«Con larga espera»

«Con larga espera»
El que espera, desespera. O al menos eso dicen.

La espera se hace más larga cuando no se sabe qué, o a quién, se espera. Quizás él sí conoce sus anhelos, quizás lo único que no ha hecho es verbalizarlos, y por eso, los que le rodeamos, estamos ansiosos de saber qué es aquello que espera, que lo tiene distraído y que está por llegar. 

Lleva tiempo parado en la pantalla de su ordenador. No hace nada, no teclea. Paso por detrás, con disimulo. De reojo y sin pararme, escruto la pantalla. Todos los presentes me han pedido que fuera yo. Intentamos averiguar cuál es el motivo de su desazón. Lo hago a paso lento.

En mi paseo detrás de su puesto, me retengo y entretengo todo lo que puedo, a fin de no despertar en él ningún malestar, ni desvelar mi insana intención. Parece tan absorto que no se da cuenta.

Ya en el grupo lo comento: «Tiene la pantalla dividida en varias ventanas. En una facebook, en otra la versión web de Whatsapp, en la tercera Instagram y en la cuarta… En esta última el bloc de notas, pero aparece en blanco.»

Parece que todos llegamos a la misma conclusión: está esperando un mensaje. 

Lleva así toda la mañana. Apenas ha comido y no muestra signos de cansancio. Sigue impertérrito. Solo de vez en cuando mueve el ratón o pulsa una tecla. Imaginamos que es f5, para poder refrescar la pantalla. 

Ninguno de los presentes nos hemos atrevido a preguntar qué le sucede. Estamos dejando el espacio que sabemos que necesita todo aquel que espera.   

Cuando escuchamos un contundente y vivaraz «¡sí!» nos damos cuenta de que por fin el momento ha llegado. Se levanta con una amplia sonrisa en la cara, de un solo empuje cierra la tapa de su ordenador portátil, levanta la vista y nos contempla. Todos nos unimos a la espera del comentario. Esperamos la explicación de qué estaba esperando.

La respuesta nos sorprende, a la vez que nos deja estupefactos. 

–No me miren así. Lo que ocurre no les importa. Me marcho.

Y así nos dejó, con tres palmos de narices.

Gracias por leerme.