Los ángeles, al caer el sol, huyeron despavoridos como almas que lleva el diablo. La razón era precisamente esa, las sombras del ejército de Lucifer, los ángeles negros, se hacían dueños de la noche y atacarían, sin dudarlo, a cualquiera de ellos que se atreviera a mantener su presencia en las calles.
Ana se despistó. Sobre ella cayeron cinco «malos espíritus» que destruyeron su dignidad.
Tras el sufrimiento, se recompuso y, clamando al cielo venganza, los alcanzó uno a uno. Venció.
Juró a las puertas del cielo y regresó a La Tierra. Aquello no le ocurría a nadie mientras ella fuera su Ángel de la Guarda.
