La noche es una estrella en tu cucharilla opaca, doblada y quemada. Siempre lo has dicho, siempre que la poesía te invadía, pero nunca has pasado de ahí. No podías.
Hoy el pequeño utensilio yace muerto en el suelo, más negro y más quemado que nunca, como su dueño.
El burbujeante brillo del líquido al calentarse no volverá a flipar tu mente, no volverá a invadir tus venas con su letal contenido. Hoy, la calidad era mala y la dosis mortal. ¡Maldita cucharilla!, ¡Maldita heroína!
