«Las llaves de Jose»

Las llaves de Jose

Hay llaveros que parecen pesados ramilletes metálicos difíciles de manejar. Otros, por el contrario, son portadores de pequeñas almas en pena que carecen de importancia, salvo por la importancia de las posesiones que protegen.

Las llaves, y las cerraduras que guardan, eran el gran placer de Jose. Siempre cargaba su manojo a todas partes. Cada vez que lo usa, se queda ensimismado con el tintineo que hacen las llaves al pasear con ellas colgando de la mano. Para él, el pequeño roce que produce el frío metal con en sus dedos, cuando las hace girar, es un placer solo superado por el de sus dedos sobre un pecho de mujer.

Así va por el mundo, disfrutando del tintineo, y cargando el peso de cada vez más llaves. 

Jose vive en un piso sencillo, por lo que, muy probablemente, con portar tres o cuatro llaves le bastaría para satisfacer sus necesidades de guarecer sus propiedades. No es así, para él nunca son suficientes.

Los del barrio le preguntan para qué quiere tantas. Lo miran y se ríen. Él calla. Otros se acercan y le regalan aquellas que ya no usan. Jose las acepta y las incorpora a su, cada vez, mayor anilla.

El día que conocí a Jose lo descubrí sentado en el suelo del portal de su casa. Había sacado todas las llaves del gran llavero y parecía que les hablaba mientras las reordenaba por tamaño, forma, número de dientes… 

Para mi, aquello no tenía ningún sentido pero, tras saludarme, y ver que le estaba mostrando cierto interés por lo que hacía, me miró y argumentó su vicio: «Hay llaves que abren vidas, ¿me dejas pasar?»

Gracias por leerme.

«Hacia el Roque de basalto»

«Hacia el Roque de basalto»
Un roque, un camino (Foto realizada con mi teléfono móvil)

Durante una de esas caminatas, en las que pretende abandonar el ruido y el devenir del día a día, de lo más profundo del bosque emergió una especie de rugido que, en un primer momento, le heló las entrañas. Duró apenas un instante, pero fue lo suficientemente intenso como para ser sentido, hacer parar la marcha y desviar la mirada hacia la dirección de la que provenía. 

Tal y como lo percibió, aquel sonido desapareció. Con algo de dudas, pues no era normal escuchar algo así, decidió continuar la marcha. 

Apenas unos cientos de metros más adelante, un nuevo lamento, surgió de la arboleda. La mirada ágil en aquella dirección le permitió descubrir el movimiento de alguno de los pinos, tras los que, sin duda, algo se escondía. La única solución, acelerar el paso. 

El destino era el Roque de basalto que ya se podía ver al fondo del camino. Todo parecía complicarse. Una ligera bruma empezó a ascender la ladera, ocupando el cauce seco del barranco y amenazando con taparlo todo para dificultar la visibilidad. Para más infortunio, el camino se estrechaba, como lo hacen todos en algún momento de la vida, dificultando el paso. Por suerte, unas barandillas de madera, recién instaladas, brindaban algo de seguridad al caminante, protegiéndolo de una más que probable caída. 

Un nuevo estruendo, seguido de un llanto, de una pena y de un quejido de dolor, hicieron que el paso fuera seguro y cada vez más potente.

El ritmo conseguido y la firmeza del transeúnte hicieron que poco a poco, a cada zancada que daba, aquella situación quedara atrás y es que, a veces, el ruido y el devenir de los días nos absorben tanto que intentan rodearnos y llenarnos de miedos. Basta buscar algo de soledad, algo de libertad, un Roque hacia el que caminar, o un sendero que recorrer, para descubrir que podemos superar todas esas disonancias que nos rodean. 

Por suerte soy de esos que, como terapia, tienen la montaña y, con eso, me ahorro una pasta en psicoanálisis. 

Gracias por leerme.

«Una capitana diferente»

En el cole hemos decidido publicar un libro de cuentos, así que Sofía ha tenido que sentarse a pensar la historia que quería escribir. 

Estaba muy contenta, ya que podía inventarse el cuento que ella quisiera. Le apetecía mucho escribir de piratas, pero no sobre uno de esos que tiene un barco de vela y un loro posado en el hombro. Ella quería narrar la vida de otro tipo de pirata: quizás de una que fuera chica, y que en vez de navío se desplazara en moto de agua. No quería que tuviera una pata de palo, ni grandes aros en las orejas, aunque sí un piercing en la nariz…

Todas esas ideas le generaban muchas dudas. No estaba muy segura, aquellas ideas parecían muy alocadas, muy dispares para su  historia. Parecía que su relato iba a quedar un poco raro. Y es que, pensar en un cuento es una cosa, y ponerse a escribirlo es otra. Las ideas no fluían con la velocidad que ella necesitaba. 

Cuando escuchó las primeras propuestas de sus compañeros, también se quedó sorprendida. ¡Cada uno de ellos tenía un proyecto distinto! 

Escuchó que Antonio, el niño de pelo largo, iba a escribir sobre un astronauta que no quería ir al espacio; se quedó muy sorprendida cuando escuchó la historia de Ana, la niña que viene de un país extranjero, pues a mitad de la narración paró para pedir ayuda porque sus palabras se mezclaban con las de su idioma materno, y así no podía explicarse bien. Atendió al cuento que proponía Rafa, todos lo llamaban así, porque en realidad su nombre oriental resultaba muy difícil de repetir, pues no existía traducción al castellano… De esta manera vió que todos los niños y niñas de clase tenían cuentos que trataban temas e historias muy diversas entre sí. Eso la reconfortó.

Poco a poco comenzó a componer a su personaje, una fabulosa pirata que era capaz de salvar a los príncipes que se metían en apuros o asaltar barcos enemigos armada tan solo de una pequeña espada que más bien parecía un palillo de esos que se usan para ensartar aceitunas.

Tras muchas líneas escritas, tras muchas palabras enlazadas unas con otras, la joven pirata fue tomando forma. Su tripulación estaba compuesta por una gran variedad de atrevidos y dispares camaradas de viaje. Para ello, sin que nadie lo supiera, Sofía había usado a las personas de su alrededor y así idear al resto de los compañeros de su pirata. De esta forma tenía un pirata gordo, otro flaco, una con el pelo rosa y otro que lo llevaba de color azul; los había bajos, altos, de piel blanca, oscura y más oscura, con pendientes, sin ellos, con zarcillos o tatuajes, con patas de palo y hasta uno que iba en silla de ruedas, a las que le había atado unos flotadores por si se caía al agua. Todos los tripulantes de su pequeño navío, que tenía forma de bañera, erán distintos. Eso la hacía feliz ganándose el sobrenombre de Capitana Diversa.

Cuando le tocó el turno a Sofía de leer su relato, sus compañeras y compañeros, se emocionaron mucho, aquella tripulación diversa se parecía mucho a su clase. Sofía había logrado crear una historia en la que todos los niños y niñas, sin importar sus diferencias tenían cabida, pues habían sabido solventar los problemas trabajando en equipo y ayudándose unos a otros. Gracias a la Capitana Diversa, se habían convertido en una tripulación de lo más diferente, como las personas que nos rodean, y con las que convivimos, todos los días.

Gracias por leerme.

PD: La presente historia está publicada en la ANTOLOGÍA ESCOLAR que cada curso escolar publicamos en mi cole dentro del PROYECTO: «TE FIRMO UN EJEMPLAR», del que María Jesús Bergaz López es la propulsora y coordinadora. El diseño de la portada es de otro de los pilares del centro, Jesús Rodríguez Bravo. Aprovecho para agradecer a todo el Claustro el esfuerzo, la dedicación y el trabajo realizado con esta actividad. Sin duda, una de las más potentes que realizamos.

«Esos pequeños detalles que unen»

Estar en un avión con un plan de vuelo de largo recorrido, es un buen miradero en el que sorprenderse del extraño motivo por el que aún no nos hemos extinguido como raza.

Sin duda hay personas que claramente viajan juntas. Están unidas en los asientos, entrelazan las manos o intercambian conversación en buena parte del trayecto. Hay otras, en cambio, que tienes que observarlas para descubrir con quién van y qué es eso que les une.

Ese es el caso de esas dos mujeres que viajan en los asientos situados justo delante de mi. Puedo observarlas bien, pues una de ellas, la que parece mayor, está en el asiento 30F y la otra, la que parece más estropeada, ocupa el 31F, ambas junto al pasillo. Yo me siento en el 32C. Lugar opuesto y perfecto para, otra vez, dedicarme a observar a las personas, y otros animales de compañía, que me rodean.

Como dije hasta hace poco no sabía qué les unía. Quizás me dio la pista sus corpulentos cuerpos, o que ambas llevan el mismo moño alzado, con el que intentan recoger y esconder el mismo grasiento pelo. Pero te daré alguna pista más. 

Son las siete de la mañana. Todo el pasaje está a bordo y, mientras unos escuchan con atención las indicaciones del personal de cabina, otros se persignan, en un intento de asegurar el vuelo y ellas…, ellas comparten un buen trago de una botella de güisqui, seguramente comprado en el Duty free, tras pasar el control de seguridad. Imagino que eso las tranquiliza. 

El vuelo marcha con normalidad. Tras mi desayuno, un pequeño bocadillo y un capuchino, doy una cabezada. Al despertarme vuelvo a observarlas. Sin mediar palabra es ahora la de detrás la que alcanza, por encima de la cabeza, la ya más que retorcida botella de alcohol. Por lo que imagino se han pasado las casi cuatro horas que llevamos dándole al vidrio. 

Continúo mi lectura cuando un alarido, procedente de la fila 31 hace que levante mi cabeza y me vuelva a fijar en las dos viajeras del güisqui. La de detrás se enfada con la de delante, aparentemente por haber consumido el último tiro que daba aquella botella. Pero calma –keep calm–, le dice la más vieja, todo tiene arreglo. Tocan el timbre y la azafata les vende dos pequeños botellines y una Coca-Cola. Eso les une, ese es su nexo común. Ese y el chico con claros rasgos de padecer alguna necesidad especial, que entre cabezadas, pequeños movimientos corporales y una especie de gruñido repetitivo les pide ir al baño. Se levanta razonablemente entera, yo ni en mis mejores tiempos hubiera podido hacerlo después de tanto trago.

Tras llegar al destino, a lo que seguro es su destino favorito de fiesta, alcohol y sol, las pierdo de vista. Sorprendentemente han aterrizado enteras y atendiendo a su dependiente. Sin duda pequeños detalles que unen a las personas y que, tarde o temprano, nos llevarán a la destrucción, aunque aún no entiendo porqué no lo hemos hecho ya.

Gracias por leerme.