«El teatro de la vida»

«El teatro de la vida»

El telón acaba de abrirse. Sobre el escenario un hombre de pie, hierático, con sus brazos en jarras. En el fondo una luz azul ayuda a que su silueta se vea con intriga, en una mezcla a partes iguales, de ternura, misterio e intensidad,

No suena ningún aplauso. podría tratarse de un ensayo, la sala parece que está vacía.

El sujeto comienza a moverse por el escenario. Al acercarse a la esquina derecha de las tablas, la luz cambia y un fuerte resplandor ocupa todo el espacio y lo deslumbra. Se queja. Se protege, se agacha. Le cuesta, pero sale de allí ahuyentado por la intensidad de la luz y la molestia que esta le ocasiona.

Ahora se dirige a la zona izquierda. Parece que titubea. Mira con cierta inquietud. Protege sus ojos para no volverse a ver sorprendido por un haz de luz.

En esta ocasión, es atacado por un estridente ruido. Tiene que proteger sus oídos con ambas manos, pero la fuerza del volumen hace que caiga al suelo. Se arrastra. De nuevo logra huir. El escándalo cesa. Se reincorpora. Vuelve al centro de la escena. 

Mira hacia ambos lados. Observa a su alrededor. Hay resplandores molestos y ruidos rechinantes. Aquel escenario se ha vuelto en la representación de la misma vida.

Mira hacia atrás. Algo ha llamado su atención. Un grupo de escandalosos actores avanza hacia su lugar. Lo rodean. Unos le agradan, otros lo empujan, algunos lo atraen, o lo mueven, o lo descolocan…. Se mueven en círculo a su alrededor. Más ruido. Más incomodidad. 

De repente todo se apaga y silencia. El actor queda en el centro. Es iluminado por un tenue haz de luz. En el centro de la sala, en el centro del pasillo de la platea, un foco blanco ilumina a una persona que aparece allí. Está de pie. Es ella. Él se da cuenta. Es el sitio al que quiere ir, en el que quiere estar, en el que encuentra paz. ¿Llegará? Cae el telón. 

Gracias por leerme.

«Me gusta que te fijes en mí»

«Me gusta que te fijes en mí»

Me he dado cuenta, me miras de reojo. Sabes que yo también lo hago, pues, en no pocas ocasiones, nuestras miradas se han tropezado y ambos hemos intentado huir del emocionante brillo que sentimos, sí, ese destello que se pone en nuestras pupilas cuando nos acercamos. Ese sentimiento hace que sea casi imposible separarnos, pero en tan solo un par de segundos, nos sonreímos, con cierta picardía, y apartamos la vista. Luego seguro que volverá a ocurrir. 

Hoy has ido un poco más allá. Me has dejado descolocado, pero muy emocionado, me gusta que te fijes en mí. Me gusta que me lo hagas saber, como yo mismo suelo hacerlo contigo. 

Has levantado la vista y te has dado cuenta de que me corté el pelo. Te he gustado y eso se nota. Además, no te has avergonzado de lo que sientes y me has dicho lo guapo que estoy. Gracias. Tú también lo estás. 

Por si fuera poco, al cabo de un rato, tu mirada ha recorrido mi cuerpo y me has piropeado por cómo voy vestido. Sin duda esta forma de vestir, la que ahora le dicen casual, me favorece, y a tí te ha gustado. 

Me asombraste cuando te fijaste en mis nuevas gafas de color. No pensé que te darías cuenta del cambio que hice y, sin duda, estas que ahora llevo son las que más te gustan. 

Además de todo eso, y por si fuera poco, hoy me has felicitado por lo bien que lo he hecho en el trabajo, por lo fantástico que estoy siendo contigo, por lo agradable que ha sido nuestra conversación, por nuestra mensajería cómplice cargada de emoción y, a veces, de erotismo, por nuestras risas y la confianza que tenemos en nuestras confidencias. Me has agradecido el esfuerzo que estoy haciendo. Gracias a tí también. Te las mereces. 

Ahora entiendo el motivo por el que siempre estaremos juntos. Hoy estamos a la par, estamos en paz. Me encanta cuando me cuido, me trato bien y me digo cosas bonitas. 

Gracias por leerme.

«¡Sorpresa!»

«¡Sorpresa!»

Los lunes tienen un sabor especial, ¿qué te voy a contar yo que tú no sepas ya? Aquella mañana, de aquel lunes cualquiera, de aquel mes cualquiera, en una empresa cualquiera, Alejandra se acercaba con resignación a su puesto. 

Ella era una trabajadora incansable que siempre se esforzaba al máximo por sacar el trabajo adelante e intentaba llevarlo al día. Apenas se levantaba de su asiento. Cada lunes, comenzaba una nueva semana de duro trabajo en la oficina, organizaba los pedidos, ordenaba pagos, distribuía visitas, consultas, informes… 

Aunque amaba lo que hacía, a veces la rutina se volvía abrumadora. Pero hoy, nada más acercarse a su escritorio, notó que algo inusual estaba destinado a suceder. Sobre su mesa  había algo fuera de lo común: una pequeña caja envuelta con un papel de regalo azul brillante.

Confundida, miró alrededor. El resto de compañeros y compañeras estaban incorporándose a sus puestos. Nadie parecía haberse dado cuenta de aquella misteriosa caja. Con curiosidad, y de manera cuidadosa, comenzó a desatar el lazo. Al abrirla, se encontró con una nota que decía: «Para Alejandra, para que empieces la semana con una hermosa sonrisa».

Su corazón comenzó a latir de manera acelerada. ¿Quién podría haber dejado ese regalo en su escritorio? No tenía idea. 

Con cuidado, sacó el contenido de la caja y descubrió una sencilla bolsa de caramelos de todos los colores que, sin duda, la habían hecho sonreír de oreja a oreja. No sabía qué hacer, estaba asombrada. No podía creer que alguien se hubiera tomado el tiempo de hacerle ese hermoso y sencillo regalo sólo para verla sonreír. 

Durante el resto de la semana, no dejó de pensar en el misterioso regalo y en quién podría haberlo dejado en su escritorio. La sorpresa y la intriga se habían apoderado de ella, pero también se sintió profundamente agradecida y feliz.

En todas las ocasiones, dar una pequeña sorpresa y hacer sonreír a alguien, es la mejor arma para emocionar y agradecer a los que nos rodean, el gran favor que nos hacen por regalarnos su amistad, confianza y compañía, generando espacios para la felicidad y el bienestar de ambos.

Gracias por leerme.

P.D.: Ya no me quedan del sabor que me gusta.

«Es hora de regresar»

«Es hora de regresar»

Llegó la hora de regresar. Aquel hombre, que había partido en busca de aventuras y aprendizajes, recorrido tierras lejanas, conocido personas de diferentes culturas y enfrentado a desafíos que, casi sin darse cuenta, habían moldeado su personalidad, se encontraba frente a la extraña situación de volver a su consabida cotidianeidad. 

Los nervios le batían el estómago. A pesar de todas las experiencias y vivencias que durante el trayecto había acumulado, le asustaba una única cosa, que nunca pudo olvidar mientras recorría el camino, aquella sonrisa con la que había compartido tantas risas, llantos, secretos, complicidad y sueños. 

Cuando decidió partir en busca de esas experiencias, sabía que la dejaba atrás y que desconocía por completo qué se iba a encontrar a su regreso.

Pero en su trayecto, como bien decía Cavafis, deseaba que su viaje, a esa Ítaca particular, fuera largo y lleno de experiencias, pues sentía que necesitaba descubrir el mundo y encontrar su lugar en él.

Tal y como esperaba, a lo largo del camino, se despertó en él un lado que estaba latente, dormido, que incluso no sabía que tenía. Comprendió que podía luchar contra los propios fantasmas, tomó decisiones difíciles y liberó un lado oculto que lo empoderada sobre sus propios miedos.

Entre tanto, también descubrió que, sin embargo, en su corazón, aún mantenía aquel espacio reservado para encontrar la paz y la intensidad que ninguna distancia ni experiencia podía hacer desvanecer.

La diferencia es que ahora tenía las herramientas para vivir en calma, seguir luchando por lo creía con convicción y comprender que todo tiene su tiempo. Lo que es para uno, el propio camino, el viaje que cada cual necesita recorrer, se lo traerá, envuelto en esa preciosa sonrisa que tantos buenos momentos ha dado y los que aún esperan para ser compartidos. Porque la sonrisa es la que cada uno de nosotros aporta, aunque ya sabes que a mí, me gusta especialmente la tuya.

Gracias por leerme.