«Una sorpresa increíble»

«Una sorpresa increíble»

La tarde está tranquila. Por fin ha terminado sus quehaceres diarios y se dirige a su coche para poner rumbo a casa. Necesita descansar.  El día, como otros muchos, ha sido intenso y su cabeza está embotada. 

Desde lejos, al vislumbrar su coche, estacionado en el aparcamiento del centro comercial nota algo peculiar: una bolsa de papel marrón, cuidadosamente colocada se encuentra junto a su automóvil. «¡Alguien la ha olvidado!» Eso es lo primero que piensa.

Como es normal, la intriga le puede. Se acerca y sin tocarla mira en su interior.  «¡No puede ser!» exclama mirando para un lado y para otro. Se sonroja. Los nervios se apropian de su persona. No sabe qué hacer. Mira a un lado y a otro. No hay nadie en las inmediaciones. 

Por fin se decide. La coge. En su interior descubre una gran sorpresa que, más allá del valor material que tiene, simboliza una serie de pequeños frascos de colores brillantes, cada uno etiquetado con una emoción diferente: alegría, gratitud, esperanza, amor, paz… Como si estuvieran todos juntos, dentro de un gran recipiente de color blanco. 

De repente, una voz suena a su espalda: «¿Qué nervios verdad?». Sonríe al escuchar aquel timbre de voz que tantos buenos momentos disfrutan juntos. «Es lo que deseabas y, ¡caray! ¿por qué no?». Se gira. Se miran. Sonríen. Se abruma por la generosidad y el amor que acaba de recibir. Siempre es capaz de generar esas sorpresas. Es una maravilla. Un regalo más allá de sus expectativas, un gesto asombroso que denota lo que significa para esa otra persona. 

Los nervios de la emoción le llenan los ojos. Es incapaz de reaccionar. sigue sin salir de su asombro. «¡Eres increible!».

Gracias por leerme.

«Noche de mimos»

«Noche de mimos»

Cande acaba de salir de trabajar. Está francamente agotada, con la mente llena de informes, correos electrónicos y reuniones interminables, que la han exprimido. El reloj marca las seis de la tarde cuando finalmente pudo abandonar la oficina. Mientras camina hacia su casa, saca el teléfono y le manda un mensaje a Jorge, su pareja, avisándole de que está de camino.

Cuando llega a casa, nada más abrir la puerta, la cara le cambia. El ambiente es completamente diferente al habitual. 

En lugar de encontrar el típico silencio que suele reinar en su hogar, es recibida por una suave melodía que resuena por toda la sala. 

Una luz tenue ilumina el espacio, proveniente de las velas que están distribuidas estratégicamente por el salón.

Cande no podía creer lo que ve. Dejó su bolso en el suelo y avanzó lentamente hacia el salón, donde descubrió a Jorge de pie, con una sonrisa radiante en el rostro.

«¡Bienvenida a casa, mi amor!», dijo él con entusiasmo, extendiendo los brazos para recibirla. Cande se quedó sin palabras, con los ojos llenos de emoción. Así era él, siempre dispuesto a preparar algo para sorprenderla. Se acercó a él y se fundieron en un cálido abrazo.

–¿Qué es todo esto?–preguntó Cande, asombrada. 

Jorge le guiñó un ojo y le tomó la mano, conduciéndola hacia la mesa del comedor, que estaba decorada con flores frescas y una cena exquisita preparada con esmero.

–Quería hacer algo especial para ti hoy –explicó Jorge–, he pasado toda la tarde organizándolo.

Cande se dejó llevar por la magia del momento. Se sentaron juntos a la mesa y compartieron risas, conversaciones y miradas cómplices mientras disfrutaban de la deliciosa cena y un buen vino. 

Después de la cena, Jorge puso música suave de fondo y juntos bailaron en medio de la sala, abrazados y felices.

En ese momento, Cande se dio cuenta de lo afortunada que era por tener a alguien como Jorge a su lado, alguien que siempre encontraba maneras de sorprenderla y hacerla sentir amada.

La noche pasó entre risas, caricias y complicidad, sellando un recuerdo inolvidable en sus corazones que justos se llenaban de paz.

Gracias por leerme.

«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.

«Aquel anhelo»

«Aquel anhelo»

Hoy es una de esas tardes tranquilas de primavera. El sol comienza a despedirse en el horizonte y las olas del mar susurran en calma melodías de paz. 

Como muchas tardes Valeria termina su paseo a la orilla del mar y se sienta en el rompeolas para escuchar y contemplar la puesta de sol, arrullada por ese suave ritmo de la marea. 

La breve brisa marina acaricia su rostro y el sonido del océano como compañía, marca el ritmo del remolino de pensamientos que la embargan, todos ellos dirigidos a un único destino: su amor secreto.

Valeria guarda en lo más profundo de su corazón un sentimiento intenso y puro hacia alguien que el resto de su mundo desconoce. Es un amor clandestino, tejido en sus sueños y esperanzas más íntimas, pero silenciado por el miedo al juicio de los demás.

Mientras observa cómo las olas besan la costa, cierra los ojos y deja que los recuerdos la envuelvan. 

Con cariño recuerda aquel primer encuentro, una casualidad que parecía destinada a suceder. Con pasión revive el último, donde sus miradas se encontraron y un destello de complicidad encendió una chispa difícil de apagar. 

Con el susurro del mar como cómplice, Valeria deja que sus sentimientos fluyan libremente. Su cuerpo se agita. Quisiera poder gritar su amor desde lo alto de las montañas, hacer eco en el cielo y resonar en cada rincón del universo. Pero por ahora, se contenta con suspirar al viento, dejando que el océano lleve sus sentimientos hacia el horizonte lejano, anhelando en silencio el próximo encuentro.

Gracias por leerme.