«Un regalo pendiente de entregar»

«Un regalo pendiente de entregar»

El día de Navidad el árbol apareció lleno de regalos. Cada uno de ellos tenía su nombre, su propietario. Cada uno de ellos guardaba en su interior un deseo, una sorpresa o una ilusión que se concedía a su destinatario. 

Se repartieron en un santiamén. Los niños jugaban animadamente con sus nuevas adquisiciones, mientras los adultos disfrutaban, de manera más sosegada, de la apertura de los paquetes, de las caras de felicidad o sorpresa al abrirlos. Ella también disfrutaba del momento. 

Cuando la casa quedó tranquila y todos se marcharon Lucía contempló las ramas del abeto. Todo estaba en su sitio. Era el momento de colocar el detalle que faltaba. 

Con su sonrisita picarona, sabedora de la sorpresa que ocultaba, metió la mano por la parte de detrás del mueble, con la finalidad de poder rescatar la bolsa que allí escondía. Sabía que ninguno de los miembros de la familia conocía aquel enjuto espacio, solo apto para su fina mano y para albergar pequeños secretos como aquel. El envoltorio salió sin esfuerzo. 

Ya una vez en su poder abrió la fea bolsa marrón y así poder confirmar que el pequeño secreto que guardaba se mantenía intacto. Sonrió. Todo estaba en su sitio. 

 Ahora necesitaba envolverlo y preparar aquel regalo tan especial. Buscó el papel naranja, del que también había escondido un pedacito en el fondo del armario, lo envolvió con mucho cuidado y lo cerró. Para rematar la faena de aquella sorpresa, decidió colocar un lazo de color verde, como símbolo de la esperanza que guardaba al entregar ese presente. 

Una vez lo tuvo todo empaquetado le buscó un sitio especial. Con su teléfono móvil sacó un video y lo envió a la persona para la cual estaba reservado, acompañado de un escueto mensaje: «Parece que Papá Noel se ha acordado de tí». Dicho aquello,  y con el objetivo de no ser descubierta por la familia, devolvió el regalo a su escondrijo. Ahora espera ser entregado, verlo colocado en su sitio como símbolo de que un pedazo de su corazón también lo regala en él, para siempre.

Gracias por leerme.

PD: Este relato participa en el Séptimo concurso de Cuentos de Navidad que organiza www.zendalibros.com, por lo que, si buscas el #CuentosdeNavidad2022, le puedes dar muchos likes y compartirlo. Igual así lo leen más personas. Gracias.

«Una luz para Navidad»

«Una luz para Navidad»

El lugar en el que vivo se ha llenado de luces de Navidad. No importa el frío de la noche, o la suave inclemencia de la niebla baja que todo lo empapa, al caer la oscuridad, y encenderse las bombillas, las personas salen a la calle para recorrer cada esquina y fotografiar cada arco, cada árbol, cada escaparate o cada farola. Tremenda colección de imágenes capturadas con sus teléfonos móviles, queda expuesta en las diferentes redes sociales. La competición está servida. Pero no todos son así. 

Bernardo pasea relajado. Como a todos los que ahora están por allí, le gusta esperar hasta que el arco de luces se conecta. Espera, como uno más, debajo de él hasta que éste se enciende. 

Disfruta del momento de dicho encendido y le gusta escuchar el asombro de los viandantes. Sin duda el momento posee una magia especial. Lástima que ahora está solo.

Como norma general no le gusta sacar fotos para el postureo, como hace la mayoría. Él prefiere empapar su mirada y sus sentidos con lo que aquel momento de luz significa. Por fin la Navidad ha llegado y aquel gesto, aquellas luces, así lo demuestran. 

Por un momento piensa en el significado del acto. Sin duda, para los comercios, es el pistoletazo de salida de una buena época de ventas. Para otros, aquellas luces, pueden significar una buena oportunidad para el disfrute: con fiestas, cenas, comilonas o  bailes. Los habrá que deseen la llegada de sus seres queridos…

Bernardo baja la cabeza y, por unos segundos, entristece. Para él, aquellas luces que ahora todos, incluso él, veneran, son el símbolo de una pequeña separación. Ella no está con él. Los sentimientos derrotistas se difuminan en el mismo instante en el que levanta la vista. 

La ve llegar. Aquellos pensamientos de que no aparecería se convierten en haces de luz que desaparecen ante tanto brillo. 

Llega con retraso, pero con la sonrisa que la caracteriza, “¡Qué bien le sienta esa bufanda!” piensa, mientras se acerca a darle un abrazo y un beso.

–Lo siento, me he perdido el encendido de las luces –comenta ella en cuanto se separan–. Quise llegar a tiempo pero… –él la interrumpe paseando la yema de sus dedos por sus labios. 

–No te preocupes, no pasa nada, la única luz que ahora me importa, eres tú. ¡FELIZ NAVIDAD!

Gracias por leerme.

PD: Este relato participa en el Séptimo concurso de Cuentos de Navidad que organiza www.zendalibros.com, por lo que, si buscas el #CuentosdeNavidad2022, le puedes dar muchos likes y compartirlo. Igual así lo leen más personas. Gracias.

«El farero de Isla Corazón»

«El farero de Isla Corazón»

A Alberto siempre le atrajeron los faros. Hace un par de años se compró un libro, un pequeño atlas ilustrado, que explica la geolocalización e historia de algunos de los faros más emblemáticos del mundo. En ese momento supo que no le importaría pasar una temporada trabajando en uno de ellos. Evidentemente no podía ser en aquellos faros expuestos en el libro, tan lejos y peligrosos, así que “se conformó” con hacerlo en el faro de Isla Corazón, cuya plaza había quedado vacante. 

Ese es un faro pequeño, levantado en la cara norte de un islote con esa más que evidente forma, que a su vez está situada en la parte más saliente de unos peligrosos arrecifes. 

La pequeña isla, a sotavento, tiene un pequeño atracadero, hecho de piedra, bien protegido de los azotes del mar y el fuerte viento reinante,  en el interior de una pequeña y cerrada cala rodeada de altos acantilados. Un estrecho y empinado sendero une esos dos únicos puntos de relevancia de Isla Corazón. 

Una vez en semana, una pequeña falúa se acerca, si el mar lo permite, para llevar provisiones a Alberto. Ese momento, y su más que fallida conexión a internet, son los contactos que el farero tiene con el mundo exterior. 

El día a día pasa rápido. Las labores de mantenimiento, del hogar, la hora de gimnasia diaria, la lectura, y el ratito que se conecta a Instagram para contestar a sus seguidores, hacen que el tiempo pase ágil. En soledad, pero ágil. Aún así Alberto reconoce que es muy duro estar solo, pero su necesidad de vivir una aventura le pudo. 

En tierra firme mantiene una historia real. Uno de esos corazones, con los que marcan sus fotos, corresponde a la persona que quiere que él regrese, que se mantenga a su lado, que deje esa vida. Él también lo está deseando. Esperan el día en el que ambos estén preparados y sabe que, el día menos pensado, esa falúa de suministros llevará un corazón rojo en proa, indicando que ya es el momento de dejarlo todo por ella

Gracias por leerme.

«Una copa medio vacía»

«Una copa medio vacía»

Creo que Matías no es como tu o como yo. El siempre ve la copa media vacía. O eso me cuenta. 

Ayer quedé con él. Me llamó. Tenía ganas de hablar, de no estar solo, de contarme las cosas que está viviendo. Yo estaba en las mismas, así que, ¿por qué no?

Pasamos un par de horas de cháchara. Tranquilas, disfrutando de un vino, la tranquilidad de la tarde, con alguna risa y con un montón de historias con las que ponernos al día. Después de escucharlo y, una vez en la distancia de mi propia soledad, creo que su perspectiva es diferente y, a lo mejor, es buena idea esa suya de ver la copa medio vacía. 

Había mandado la foto a María –menos mal que ella no me lee, o eso creemos, pues la reconocería–, en un momento de silencio y tristeza por no estar con ella, intentando que le reaccionara con un «Yo también te echo de menos», «Me gustaría estar contigo», «Espérame que voy» «Abre que estoy aquí»… Según me dice, se conforma con poco. 

En el mensaje, además, le recordaba lo felices que habían sido en la complicidad de su espacio, el día anterior, los días anteriores, cada vez que se ven. Como si a ella le hiciera falta ese recordatorio. En fin, imagino que Matías también tiene sus miedos y sus propios fantasmas que lo atormentan cuando está solo. Ella ahora está fuera y no puede acompañarlo. Él lo sabe, lo entiende, disfruta, a duras penas, de la copa medio vacía, la piensa, la desea.

Según me contó, la echa mucho de menos, aunque sabe que no pueden estar juntos todo lo que ellos quisieran. Así es la vida. En esas enciende la vela, por eso media la copa. Para él, cada vez que se unen, cae una gota en la copa, cada vez que se envían un mensaje, cae una gota en la copa; cuando se abrazan, caen varias gotas; cuando se besan, caen varias gotas; cuando comparten sus cosas, caen varias gotas… Por eso le gusta servir y ver la copa medio vacia, para poder llenarla cuando está con ella, eso sí, con el vino que a los dos le gusta, el que cambia de sabor y mejora notablemente, en cuanto lo comparten con sus labios, en un beso largo, tranquilo y sensual, que casi siempre pretende ser el último y que casi nunca lo es, pues les cuesta separarse. 

Para Matías, la copa medio vacía, es la vida que le queda con María, toda una vida. Ahora, que en la tranquilidad de mi soledad, pienso en sus palabras…, me serviré mi propia media copa de vino y brindaré por ellos, por su amor casi imposible, para que logren llenar sus vidas con besos, más momentos, abrazos, confidencias, amistad…, o mantenerlas medio vacías de igual manera, con besos, más momentos, abrazos, confidencias, amistad…

Gracias por leerme.

«Aquellos pasos de baile»

«Aquellos pasos de baile»

La tarde es agradable. Tu compañía, como siempre, es un placer. El centro comercial anda alborotado. La cercanía de las fechas navideñas hace que la gente tenga ganas de salir, comprar, entretenerse y pasar ratos fuera de casa. Nosotros no somos menos. 

En medio del bullicio que tenemos alrededor la música suena. Destaca el ritmo del bajo y el juego de las trompetas. Esto no lo esperábamos. En la plaza central han instalado un escenario y una banda empieza a dar los primeros acordes. La gente, ya acumulada a su alrededor, disfruta del momento. 

Las claves entran en juego, con su característico sonido retumbante y repetitivo, para marcar el son típico de la salsa. Me miras. Te miro. Noto un pequeño brillo en tus ojos y cómo tus labios se mueven en una simple mueca. Esa mirada, ese gesto, me basta para poder comprender qué es lo que quieres. Siempre se nos ha dado bien bailar juntos y ambos lo sabemos. Me gusta que me lo pidas así, insinuándote tímida, como lo haces casi siempre que quieres algo, pues expresar tus sentimientos te cuesta. Pocas veces he conseguido que lo hagas. No pasa nada, te endiendo.

Nuestros pies empiezan a moverse acompasadamente. El paso es el mismo. No nos cuesta sincronizarnos. Tu mano roza la mía, en un gesto casi instintivo, a la búsqueda del contacto firme y seguro. No la desprecio. Me gusta que lo hagas. La agarro con decisión para atraer tu cuerpo contra el mío. Un giro. A tu regreso me aferro a tu cintura. Disfruto hasta del contacto de tus manos frías, aunque el resto de tu cuerpo… 

Comenzamos a dar los primeros pasos cuando alguien nos interrumpe. Hay mucha gente. Nos saludan. Cesamos nuestro baile, que había empezado a convertirse en sensual, para poder atender la demanda, la tan intempestiva demanda. 

Ambos estábamos deseando continuar con aquel ritmo, con aquel roce de cintura, con nuestros pasos de baile, donde las manos hacen su propio juego, pero…, mejor nos marchamos y ya en la intimidad… 

Gracias por leerme.