«El eco de tu ausencia»

«El eco de tu ausencia»

Es increíble que estés tan lejos. Cuando me lo dijiste no te conté toda la verdad, me callé, no te dije lo que sentía, que no quería que te fueras. 

Ahora que ya es tarde y regreso a casa medito sobre tu ausencia. Me emociona volver a leer tu mensaje de despedida. Eso me hace pensar y me da excusa para recuperar, aunque no estés,  esas mariposas en el estómago que sabes que provocas en mí cuando estás cerca.  

No sé en qué momento me di cuenta de lo importante que es ser echado de menos. Quizá fue hoy mismo, esta tarde cualquiera, cuando el teléfono vibró con un mensaje tuyo que decía: «Hoy he pensado mucho en ti». Así, sin más. Un recordatorio sencillo pero inmenso, como una brisa tibia en una mañana fría.  

No estabas cerca, y sin embargo, estabas. Siempre estás. 

Lo más increíble es que a veces creemos que la presencia es cuestión de distancia, que la cercanía se mide en pasos. Pero aprendí que no. Que hay alguien pensando en mí cuando el café humea en su taza, cuando escucha una canción y sonríe porque le recuerda a mí, cuando mira el cielo y se pregunta si también estaré viendo las mismas estrellas. 

Vivimos en un mundo donde el ruido nos consume, donde el «te quiero» se da por hecho, donde la prisa nos roba los instantes. Pero saber que alguien, en algún rincón del mundo, me extraña, me piensa y me guarda en su corazón, me devuelve el sentido de todo. Porque ser añorado es, en cierto modo, existir más allá de uno mismo. Es vivir en los recuerdos, en la cotidianidad de alguien más, en la pausa de una respiración entre suspiros, o un abrazo que termina, sin esperarlo, en el más sincero de los besos.  

Nos pasamos la vida buscando la validación en palabras, en promesas eternas, en gestos que desafíen lo efímero. Pero en realidad, lo más valioso es invisible y silencioso: un pensamiento furtivo en medio del día, un deseo de estar cerca sin necesidad de decirlo en voz alta. 

Esos pequeños destellos de nostalgia son la prueba de que hay alguien a quien, sin importar la distancia, le hago falta. Y eso basta para sentirme menos solo.  

Porque al final lo importante es saber que alguien te lleva consigo, incluso cuando el mundo sigue girando, incluso cuando no estás. 

No hay mayor privilegio que ser el pensamiento recurrente de alguien, el eco que resuena en su ausencia, el tiempo que te dedica. 

Gracias por leerme.

«Encontrar la paz interior»

El eco de sus propios pasos, resonando contra las paredes del viejo apartamento, le resultaban del todo armónicos y misteriosos. Le daban a su vida una banda sonora misteriosa, atractiva. 

Nada más entrar Se dejó caer en el sofá con un suspiro. Hundió el rostro en las manos. Su mente era un torbellino de pensamientos oscuros, resentimientos y frustraciones que se acumulaban. Sentía que la vida le había cerrado todas las puertas y que cada intento de avanzar terminaba en una pared invisible que lo devolvía al mismo punto de partida. 

Esa tarde, en una de sus caminatas sin rumbo, terminó en una librería de segunda mano. Sin saber por qué, tomó un libro de filosofía oriental y comenzó a hojearlo. Una frase le llamó la atención: «No puedes controlar el mar, pero sí aprender a navegar sus olas». Se quedó mirando las palabras, que bailaban ante sus ojos al mismo ritmo que en tantas ocasiones contemplar el movimiento de la marea lo llevaba a la calma, como si esas olas fueran un código que debía descifrar.

Durante las siguientes semanas, dedicó unos minutos cada día a respirar, a meditar, a observar sus pensamientos sin juzgarlos. Al principio le resultó absurdo; su mente seguía gritando, pero poco a poco, fue sintiendo una paz extraña, como si hubiera un espacio dentro de él que no estaba contaminado por el ruido de su propia angustia.

Con el mismo vaivén del mar, los cambios se empezaron a notar. Su manera de reaccionar ante las dificultades se transformó. Ya no explotaba por cualquier contratiempo, ya no se paralizaba ante el miedo. La rabia y la desesperación fueron cediendo espacio a la aceptación y la claridad. Con ello, las oportunidades comenzaron a aparecer. Estaba orgulloso de su trabajo interior. 

Sus sentimientos seguían activos, más que nunca, con más fuerza y sinceridad que nunca. Pero siempre hay cosas que no cambian. que todo lo contrario, que mejoran con el tiempo y con la mejora interior. 

Como cada vez que la veía, la garganta se le anudó. Al encontrarse no hablaron, no había necesidad. Se miraron, con el peso del cariño que se tenían reflejado en sus ojos, y se abrazaron con fuerza. Al fundirse en ese abrazo ambos sintieron como algo dentro se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Era la paz que se daban, y con ella, el camino para avanzar.

Gracias por leerme.

«Contra el espejo»

«Contra al espejo»

Cuando te miras al espejo debes estar preparado para lo que te vas a encontrar. En esos momentos de duda, creo que lo mejor es, primero suspirar y luego ver qué pasa. 

Javier siguió el anterior consejo. No es que se viera mal, pero tampoco podía decirse que estuviera en su mejor momento. La barriga cervecera había pasado de ser un «detalle simpático» a un «problema de logística» cuando hacía dos días intentó abrocharse el último pantalón que le quedaba sin elástico.

—Esto se acabó —murmuró, mientras intentaba recordar si alguna vez había hecho ejercicio de manera voluntaria.

Esa misma tarde se inscribió en el gimnasio. 

Al principio, solo fue para ver si le daban una camiseta gratis. No se la dieron, solo quedaban de la talla L y él, se embutía en una XL. Lo que sí hicieron fue cobrarle la cuota de inscripción, eso sí, con una sonrisilla de la chica que atendía la recepción que le hizo pensar que recibía comisión por cada alma incauta que caía en sus manos. 

Al igual que el consejo del principio, cuando el monitor lo vió entrar por la sala, también suspiró, puso los ojos en blanco y lo invitó a pasar. 

Los primeros días fueron un infierno. Descubrió músculos que no sabía que existían y que, al parecer, tampoco querían existir. “¡Sólo cinco repeticiones más!”, gritaba el monitor, con la misma expresión de alguien que disfruta viendo a otros sufrir. De hecho, lo hacía. Javier sospechaba que aquel hombre se alimentaba de las lágrimas de los principiantes. 

Pero, contra todo pronóstico, pasaron las semanas, las lágrimas del sufrimiento empezaron a secarse y algo cambió. 

Lo más importante es que Javier dejó de jadear, como un perro viejo, al subir las escaleras. Luego, los pantalones volvieron a cerrarse sin que pareciera que su cuerpo estaba intentando escapar de ellos. Incluso su reflejo le devolvía una mirada menos apagada.

La revolución no se detuvo ahí. Un día, por puro experimento, se puso una camisa bien planchada y unos zapatos que no era calzado deportivo. Al verse en el espejo, le sorprendió a un tipo que parecía exitoso, o al menos, alguien que no se había puesto lo primero que encontró en el armario.

La magia ocurrió en una cafetería. Una chica se le quedó mirando y, por primera vez en años, esa mirada no era porque llevaba una mancha de salsa en la camisa. Le sonrió. Javier, que había pasado tanto tiempo sin recibir una sonrisa de ese tipo, casi se giró para ver si había alguien más atractivo detrás. Pero no, aquella mirada, era a él.

En ese momento, lo entendió todo. Cuidarse no era una cuestión de vanidad, sino de respeto propio. Vestirse bien, ir al gimnasio, comer sano… todo eso no era solo para atraer miradas ajenas, sino para mirarse a sí mismo y pensar: «Vaya, estoy bien, me gusto».

Y, para sorpresa de Javier, era un sentimiento que valía cada una de las malditas sentadillas y “burpees” que hacía en aquel recinto de tortura. Así que, el consejo del principio, lo siguió a pies juntillas, pero esta vez sin tener que suspirar. 

Gracias por leerme.

«El valor de quien siempre está»

«El valor de quien siempre está»

Quizás empiezo a envejecer, o quizás es que hoy es uno de esos días en los que valoro mucho el tiempo dedicado. Con el paso de ese tiempo uno se da cuenta de que la verdadera riqueza no está en lo material, sino en la compañía de alguien que, sin grandes gestos ni palabras rimbombantes, te demuestra cada día cuánto le importas.  

Me refiero al tiempo que invierte esa persona que te espera con paciencia a que salgas  del trabajo, aunque el tráfico sea un caos. La que, sin que se lo pidas, te lleva un café caliente a la cama en las mañanas frías, o una tableta de chocolate a media tarde para ser compartida. Hablo de esa persona que te manda un mensaje, aunque hace poco tiempo que ha estado contigo, la que te acompaña a una compra porque sabe que, aunque digas que no te importa ir solo o sola, uno siempre se siente mejor con buena compañía.  

Valoro qué importante es tener a alguien que te escuche cuando has tenido un mal día, aunque el suyo haya sido igual de complicado. La que te recuerda que cenes, porque sabe que a veces te pierdes en la rutina y te olvidas de cuidarte, la que te sorprende con tu postre favorito solo porque sí, sin razón especial.  

Está bien estar momentos solos y disfrutar de esa soledad, pero no deja de estar muy bien tener quien te acompañe los domingos, sin importar si es para ver una película en el sofá, caminar por el parque o simplemente estar juntos sin hablar. Es una gozada tener a quien te cubre con una manta cuando te quedas dormido en el sillón, quien te escribe solo para saber si llegaste bien, quien te abraza sin razón, solo porque sabe que a veces un abrazo lo arregla todo.  

Hay que valorar a quien te escucha sin juzgar, quien celebra contigo tus pequeñas victorias y te recuerda lo valioso que eres cuando dudas de ti mismo. Quien se fija en lo que te gusta y en lo que te molesta, no para cambiarte, sino para hacerte sentir más cómodo. Quien, aunque esté cansado, se queda un rato más despierto solo para acompañarte y hablar contigo. Quien te motiva a seguir adelante cuando piensas en rendirte y, cuando necesitas llorar, te ofrece su hombro sin decirte que seas fuerte.  

Tiene mucho valor  esa persona que, sin importar cuántos años pasen, sigue mirándote con cariño, sigue buscándote con la mirada en una habitación llena de gente, sigue eligiéndote cada día, pese a tener más opciones, y muchas de ellas más fáciles. 

Hay que cuidar a esa persona que no solo está en los momentos felices, sino también en los difíciles, en las enfermedades, en las preocupaciones, en los días en los que no tienes ganas de hablar con nadie, pero su presencia reconforta, o que un simple mensaje provoca tu sonrisa.  

En un mundo que a menudo nos empuja a la independencia y la autosuficiencia extrema, tener a alguien que te cuide, que se preocupe, que esté ahí, es un regalo invaluable. No es dependencia, es amor. Es la certeza de que, pase lo que pase, no te va a dejar solo. 

Y todo ello, aunque a veces lo demos por sentado, es un lujo que pocos tienen y que todos deberíamos aprender a valorar.  

Gracias por leerme.