«El juramento de Don Carnal»

«El juramento de Don Carnal»

A partir de ahora la ciudad no duerme. Las luces y la música se vuelven eternas y el ritmo de la existencia lo marca el baile, el alcohol, el placer…, la lujuria. En este ambiente Don Carnal, a quién se homenajea estos días, es el rey indiscutible. Su nombre resuena en cada rincón, en las anchas calles y en los callejones oscuros. A su paso las mujeres se deshacen en susurros, los hombres lo envidian y las copas se alzan brindando en su honor. 

Pero a diferencia de la imagen que el mundo tiene de él, Don Carnal esconde un secreto: su corazón ya tiene dueño. 

No era la conquista de una noche fugaz, ni la tentación pasajera de un baile enmascarado, es un amor puro, devoto y absoluto por una mujer que lo había transformado en algo que nadie creía posible, que nadie cree.

Ella es distinta a todo lo que la ciudad celebra. Su belleza no es por el brillo de las joyas, ni por la ostentación de telas exquisitas, su hermosura reside en la sencillez de sus gestos, en la ternura de su mirada y en la firmeza de su espíritu. 

Las tentaciones rodean a Don Carnal como espectros insistentes. En cada banquete, en cada fiesta, mujeres de todos los rincones tratan de atraparlo con miradas insinuantes y promesas de noches inolvidables. Pero Don Carnal, que en otro tiempo habría cedido con una sonrisa, ahora reía con amabilidad y se alejaba sin vacilar. 

–¿Acaso has perdido tu fuego? –le preguntaban sus amigos, entre risas y brindis.

–No –respondía él con una seguridad inquebrantable–, simplemente lo he entregado a una llama más poderosa.

Las habladurías comenzaron a esparcirse. Se decía que Don Carnal había sido hechizado, que su espíritu indomable había sido encadenado. 

Pero la verdad era más sencilla y más profunda: el placer había encontrado su sentido en la entrega, y la pasión en la lealtad. 

Los días pasaron y la ciudad continuó con su frenesí, pero Don Carnal ya no pertenecía a ella. Su corazón latía solo por la mujer que había domado al hombre que nadie creía capaz de rendirse.

Y así, mientras el mundo seguía bailando en la vorágine de los deseos efímeros, Don Carnal se alejaba de la algarabía, de la carne sin alma, y se entregaba por completo a la mujer que le había enseñado su verdadero significado. 

¡¡¡FELIZ CARNAVAL!!!

Gracias por leerme.

«Al desenredar tu pelo»

Siempre hay un lugar en el que los soñadores encuentran refugio. A veces estos lugares vienen recubiertos de chocolate o con aroma a flores o a café, eso da igual. Tampoco tiene que ser un sitio idílico, ni silencioso. Cualquier espacio en el que las olas de sus sueños puedan surcar mundos u otros lugares, sirven para lo que han sido creados.

Alli estaba, tranquila, con un suave murmullo de conversaciones de fondo y su imaginación desbordante trabajando. 

Desde hacía tiempo había estado obsesionada con la idea de peinar, de desenredar el cabello de alguien especial, como si cada pelo enredado contara una historia, un sueño, un deseo, un momento que ella anhelaba descubrir y, por ende, compartir.

Mientras se sumía en sus pensamientos observó a un hombre que estaba en aquel lugar. Todo él capturó su atención. Estatura mediana, bien vestido, perfumado, con pelo largo y despeinado,  que parecía tener vida propia. 

Nada más verlo ella sintió un impulso irrefrenable de acercarse a él, de ofrecerle su ayuda para desenredar esos cabellos que parecían enredados en un mundo de sueños.

Con una sonrisa tímida se presentó y, tras una breve conversación, le propuso una idea inusual: “¿Te gustaría que te desenredara el pelo? Podría ser como un ritual, un momento para relajarnos y compartir historias”. Intrigado y divertido por la propuesta, aceptó con una risa.

Se trasladaron a su casa, que ella definió como un espacio tranquilo, una especie de burbuja de aire, en el que la luz del sol de la tarde se filtraba, creando un ambiente mágico y tranquilo, dejando en su exterior todos los problemas y preocupaciones. 

Él se sentó en el suelo, a los pies del sofá, ella detrás. 

Con delicadeza, comenzó a cepillar y desenredar su cabello. Con cada tirón,suave y cuidadoso, parecía como si estuviera deshaciendo los nudos de sus propios pensamientos.

Mientras sus dedos se movían entre aquel pelo, ella se dio cuenta de que no solo estaba desenredando aquel cabello, sino también sus propias inseguridades. Cada nudo que deshacía era una historia compartida, un momento de conexión. Él hablaba de sus sueños, de sus miedos y de sus anhelos. Ella se sentía cada vez más atrapada en la magia de ese instante.

El momento era perfecto, así que se atrevió a preguntar: “¿Qué sueñas cuando cierras los ojos?”. Ella, con una sonrisa en los labios, respondió: “Sueño con encontrar a alguien que entienda mis enredos, tanto en el cabello como en la vida”.

Aquí estoy, dijo con calma, mientras que sus dedos siguieron entrelazando esos sueños compartidos creando un lazo eterno que prometía más historias por contar.

Gracias por leerme.

«Tras el primer paso»

«Tras el primer paso»

Marta es jóven. Está secretamente enamorada de un chico llamado Alejandro. Ambos comparten clases en la universidad y, aunque Marta siempre encontraba excusas para estar cerca de él, nunca se atrevía a expresar sus sentimientos. Sin embargo, un día, Marta se encontró en una situación que cambiaría su perspectiva.

La profesora asignó un proyecto en parejas, y Marta se dio cuenta de que necesitaba la ayuda de alguien para completarlo. La idea de trabajar con Alejandro le emocionaba, pero el miedo al rechazo y al posible juicio la paralizaba. Los días pasaban, y Marta veía cómo otros compañeros se asociaban para el proyecto, mientras ella seguía sin atreverse a dar el paso.

Una tarde, Marta se encontró con Alejandro en la biblioteca. Estaba absorto en sus libros, y Marta sentía que era el momento perfecto para pedirle ayuda. Sin embargo, el miedo se apoderó de ella, y en lugar de abordarlo directamente, comenzó a buscar libros en la misma sección, esperando que Alejandro notara su presencia y le ofreciera su ayuda.

Los minutos pasaron, y Marta, cada vez más nerviosa, no pudo resistir más. Finalmente, decidió hablarle, pero cuando abrió la boca, sus palabras salieron entrecortadas y nerviosas. «Alejandro, ¿te importaría ser mi pareja en el proyecto?», balbuceó Marta, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

Para su sorpresa, Alejandro sonrió amablemente y aceptó con gusto. Comenzaron a trabajar juntos, y Marta descubrió que no solo compartían ideas creativas, sino también risas y conversaciones profundas. A medida que el proyecto avanzaba, Marta se dio cuenta de que había dejado pasar oportunidades por miedo.

El día de la presentación llegó. Marta y Alejandro dieron lo mejor de sí mismos. Después, cuando estaban celebrando el éxito del proyecto, Marta decidió volver a ser valiente y confesar sus sentimientos.

Para su sorpresa, Alejandro correspondió, y ambos se dieron cuenta de que habían estado perdiendo tiempo por temor a arriesgarse. Eran un equipazo.

La moraleja de la historia es que no podemos dejar que el miedo nos paralice y nos impida buscar lo que realmente queremos. A veces, es necesario superar la timidez y luchar por nuestras oportunidades, por nuestros sueños, antes de que sea demasiado tarde. Marta aprendió que la vida está llena de posibilidades, pero solo podemos aprovecharlas si nos atrevemos a dar el primer paso.

Gracias por leerme.

«El primer café de la mañana»

En estas mañanas de invierno los primeros rayos de luz son tímidos. Ella se sienta en su rincón habitual de la cafetería, esa donde el aroma del café se mezcla con el frío de la calle. La ventana grande, a modo de escaparate al mundo, parece un cuadro en el que la ciudad transcurre a su ritmo, mientras ella se sume en sus pensamientos, mirando las calles aún vacías, las sombras que se alargan y los primeros pasos de la gente apresurada.

Siempre se sienta en el mismo sillón, es el más cómodo, con buenas vistas, con un cojín para proteger su espalda. Siempre le sirven con cariño su café, en la misma taza. Siempre, allí sentada, siente la misma sensación de paz y tranquilidad que aquella esquina le da. Ese momento, su refugio.

Desde el otro lado de la calle, él también comenzaba su día. Se sienta, como repitiendo la escena, en una cafetería parecida  del otro lado de la calle, con casi la misma distribución y el mismo ventanal. 

En ocasiones sus miradas se cruzan. No se conocen, pero algo en la distancia de esos encuentros les hace sentir que sí lo hacían. 

A veces, él la veía a través de la ventana, sabiendo que ella estaba allí, pero sin atreverse a cruzar la calle. Ella, por su parte, sentía esa extraña conexión, como si la vida los hubiera colocado en caminos paralelos, que nunca se cruzaban, pero que se sentían cerca.

Una mañana, la rutina se rompió cuando ella, sentada como siempre frente a su café, pensó: ¿Y si un cambio no es tan malo? La idea era simple, casi absurda, pero al mismo tiempo llena de posibilidades. Él había comenzado a mirarla más a menudo, quizás también preguntándose sobre su vida, sobre el misterio de su rostro silencioso. Ella lo sabía, y algo en su interior le decía que no podía seguir mirando sin hacer nada.

Así que, a la mañana siguiente, entró en la otra cafetería. Sonrió al barista y le dejó un billete con una indicación.

Cuando el hombre del otro lado de la calle, al igual que siempre lo hacía, se acercó al pequeño bar de su esquina, vio, para su sorpresa, que su café ya estaba pagado, pero lo que le llamó la atención no fue el gesto en sí, sino la pequeña nota que lo acompañaba.

«Para el hombre de la esquina. Si alguna vez tienes tiempo, cruza la calle. Lo que creemos perdido siempre puede ser encontrado.»

Sin dudarlo, con una mezcla de incertidumbre y curiosidad, cruzó la calle, sus pasos resonaron con cada latido que aceleraba su pecho. No podía evitar sentirse atraído por el misterio de la nota. 

Cuando entró a la cafetería, encontró a esa preciosa mujer, tan serena como siempre, pero con algo diferente en sus ojos. La miró, y sin decir nada, ella le ofreció una sonrisa.

—Me alegra verte —dijo ella, como si ya lo hubiera estado esperando durante años.

Él no necesitaba palabras para entender lo que sucedía. La historia que ambos pensaban que estaba enterrada, que se había ido con el tiempo, ahora resurgía. Como si el destino hubiera decidido darles otra oportunidad, una donde ambos podrían encontrar lo que alguna vez se creyó perdido.

Con una simple taza de café entre las manos, comenzaron a hablar. Y en ese espacio tan pequeño, tan suyo, descubrieron que las historias que pensaban muertas no estaban tan lejos. Solo necesitaban el momento adecuado para revivirlas.

Gracias por leerme.