Mirar con ojos de niño es ver el mundo sin las sombras del pasado, descubrir en cada gesto, en cada palabra, una promesa de lo que aún puede ser. Es encontrar magia en lo cotidiano, como si todo tuviera la capacidad de sorprendernos una vez más, como si, incluso en el silencio, existiera una posibilidad de volver a empezar.
De esa forma él la miraba. Con la misma intensidad con la que se mira aquello que se ha perdido y se anhela. Su voz, temblorosa pero firme, rompió el silencio que llevaba días arrastrando: «Te echo mucho de menos»; dijo, sin que le importara el tono que adquiría su voz.
Había algo de vulnerabilidad en esa declaración que no podía ocultar, como si al decirlo, algo dentro de él se aligerara. «Tus mensajes, esos pequeños momentos de conexión, las palabras que llegaban con tu huella, esas que parecían hechas solo para mí.»
Sus ojos se posaron en ella, buscando la reacción, esperando quizás una respuesta que aliviara la incertidumbre de su corazón. Pero lo que más deseaba, lo que realmente le faltaba, era el roce de su mano, tan cálido, tan cercano, esa simple caricia que era como un refugio. «Lo echo de menos», repitió, casi sin darse cuenta, mientras sus dedos tocaban casi sin querer la superficie de la mesa, como si esperara sentir una presencia que no estaba allí.
Ella se quedó callada un instante, absorbiendo sus palabras, y él continuó, consciente de que quizás ya era tarde, pero también sabiendo que había algo que no podía callar. «Las confidencias», susurró, como si al decirlo pudiera invocar las noches en que todo parecía más simple, cuando compartían sus miedos y sueños sin reservas. «Esas conversaciones que duraban horas, cuando el mundo fuera de nosotros desaparecía.»
El silencio se alargó entre los dos, como una cuerda tensada al límite, y por un momento ambos sintieron el peso de lo no dicho, lo que ya no se compartía. Pero algo en el aire cambiaba, un leve rastro de esperanza, como si tal vez, al menos una de las piezas del rompecabezas que habían dejado inconcluso, siempre encajaba. El abrazo llegó.
(El pasado 21 de enero se conmemoró el Día Internacional del Abrazo. Aquí te mando el mío).
Desde ayer tarde la lluvia cae con fuerza, golpeando los cristales de mi ventana con una monotonía que parecía sincronizada con el vaivén de mis pensamientos.
El día ha sido largo, pesado. Ya van varios así. Siento la fatiga en cada fibra de mi ser, pero lo que más me pesa no es la carga física, sino el vacío, ese espacio que, aunque inmenso, no es nuevo. Ya lo conozco bien.
Me acomodé en el sofá, rodeado de una quietud que no encontraba consuelo. El silencio me envolvía, pero en él, resonaba una necesidad urgente: el anhelo de un contacto, de un refugio, de algo que me recordara que no estaba solo.
Cogí el teléfono en mis manos, la pantalla iluminada reflejaba mi rostro cansado, pero mi corazón dictaba una única palabra, “abrazo”.
Necesitaba ese abrazo de ti, uno apretado, sin necesidad de hablarnos, solo abrazarnos. No importaba el qué o el porqué, solo deseaba sentirme contenido, sentirme pequeño en tus brazos, perderme en ese abrazo que sin palabras lo decía todo.
Presioné enviar. La respuesta llegó rápidamente, apenas un suspiro de retraso, pero ya sabía que no importaba lo que dijera. La certeza era otra. “Estoy a tu puerta.”
El sonido del timbre me hizo saltar, y mi cuerpo, de alguna manera, reaccionó antes que mi mente. Corrí, como si el tiempo se hubiera detenido entre ese mensaje y mi camino hacia la entrada. Al abrir, te vi ahí, con esa calma que siempre me da paz, con tus ojos que nunca preguntan demasiado, solo entienden.
Sin una palabra, sin una razón que explicara la urgencia, me tomaste entre tus brazos. El contacto fue inmediato, sin vacilaciones. Tu calor me envolvió, el roce de tu cuerpo contra el mío fue un refugio de todos esos días que se acumulan, esos silencios que duelen, esas heridas que no tienen voz. No necesitaba más, no necesitaba preguntar nada, solo quería perderme allí, en la seguridad que me ofrecías con ese gesto. El mundo dejó de importar, porque solo existíamos tú y yo en ese instante, embutidos en nuestra burbuja, unidos por algo más grande que cualquier palabra. Un abrazo apretado, que hablaba de todo lo que se calla, que sanaba lo que no se veía. Un abrazo que no pedía explicaciones, solo un refugio compartido.
Y en esa calma, comprendí que a veces no hace falta decir nada. Basta con estar, basta con el contacto, basta con el alma para entenderse sin más.
Pasan de las 23:00 horas. La noche está fría. Él lleva un rato enroscado en una manta sobre el sofá, pero no logra concentrarse en la lectura, su mente viaja a través del tiempo haciendo que sus ensoñaciones lo conviertan en un espectador de un mundo paralelo.
Con añoranza recuerda la primera vez que se vieron, había sido un choque. No de miradas, sino de presencias. Fue en una exposición de pintura. Ella estaba absorta frente a un lienzo rojo, mientras él, sin saber por qué, no podía dejar de mirarla. “¡Todo al rojo!” Pensó.
A él le llamaba mucho la atención la forma en que Isabel tenía de inclinar la cabeza, como si estuviera intentando escuchar lo que el cuadro quería decirle. Gabriel, de pie a unos metros, sintió que algo en su pecho se tensaba, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible que lo conectaba con ella, la famosa leyenda japonesa del Hilo rojo. Y cuando finalmente Isabel lo miró, el mundo se rompió a su alrededor. Mejor dicho se completó.
Esa noche hablaron como si no existiera nadie más. Los cuadros, las copas de vino, las otras personas que reían y conversaban en la galería se desvanecieron, y todo lo que quedó fue el espacio entre ellos, un abismo que ninguno de los dos pudo resistir saltar.
Desde entonces, su conexión fue más que magnética, era gravitacional. Se atraían con tal fuerza que estar separados, aunque fuera por minutos, parecía descomponerlos en pedazos pequeños e incompletos. Si no compartían momentos, sus mentes y sus cuerpos se enzarzaban en una batalla sin tregua constante, hasta volver a encontrarse, como si quisieran demostrar algo al universo.
En sus pensamientos se dio cuenta de que lo que los atrapaba no era solo el deseo. Era la forma en que sus pensamientos se entrelazaban, cómo se leían la mente y se complementaban. Había ocasiones en las que Gabriel podía terminar las frases de Isabel antes de que ella las comenzara. En otras, ella podía sentir cuando él tenía miedo antes de que él siquiera lo admitiera. Había algo extraño en su relación, casi sobrenatural, podían adivinarse, completarse, pacificarse, consumirse. No se entendían el uno sin el otro.
Gabriel la buscaba en cada rincón, en cada sombra de su día, incapaz de concentrarse si no sentía su olor cerca, si no podía rozar la curva de su espalda o escuchar su risa, esa que resonaba como un eco en su mente. Isabel tampoco era ajena a esto. Cuando Gabriel salía de casa, el vacío que quedaba en el aire era casi insoportable. Ella respiraba en su ausencia como si algo se le atorara en el pecho.
Constantemente se echan de menos, están atrapados el uno en el otro, agradecidos con cada caricia, con cada beso, con cada mirada, con cada momento que pueden compartir.
Estas han sido fechas muy entrañables, personales y de mucho compartir. En estos días he tenido tiempo de muchas cosas, pero sobre todo, aunque no lo creas, he podido detenerme, tomar resuello y reflexionar sobre algo que muchas veces damos por sentado: tú. Sí, sabes que es para tí, hoy te hablo a tí.
Creo no equivocarme cuando digo que pasas por esta esquina, casi todos los jueves. Alguno te has saltado, es normal, no pasa nada. Lo haces de manera silenciosa, leyendo, confesando que lo has hecho o manteniéndote en silencio, sin hacer ningún comentario o darle al “like”
Sabes que nuestra amistad es elegida, que eres mi cómplice en los días buenos y mi refugio en los malos. Muchas veces te he dicho cuánto significas para mí, pero hoy lo haré, no solo para agradecerte, sino también para recordarnos lo valiosa que es nuestra amistad y lo importante que es seguir nutriéndola.
A lo largo de los años, hemos construido algo único, algo que pocas personas tienen el privilegio de encontrar, que medio mundo busca desesperadamente: un espacio seguro donde podemos ser y estar, sin filtros ni máscaras. En ese espacio, en esa especie de burbuja que hemos creado, caben nuestras risas más escandalosas, nuestras lágrimas más amargas y nuestras confesiones más íntimas. Pero también caben las verdades, las palabras duras que necesitamos escuchar, las miradas que lo dicen todo sin necesidad de hablar y los silencios cómodos que solo se tienen con alguien que realmente te conoce y te aprecia.
Sé que la vida no siempre ha sido fácil. Hemos enfrentado tormentas, caídas y momentos en los que parecía que el mundo entero estaba en nuestra contra. Pero ahí estuvimos, sosteniéndonos cuando parecía que todo se desmoronaba. A veces, ese sostén fue una llamada inesperada, un mensaje que llegó justo a tiempo, una taza de café, o una copa de vino compartida en silencio. Y aunque esos momentos puedan parecer pequeños desde fuera, lo significan todo.
Sin embargo, también quiero reflexionar contigo sobre algo importante: las relaciones, incluso las más fuertes, necesitan cuidarse. Tú y yo sabemos que la vida a veces nos arrastra con su rutina, sus prisas, sus problemas. Nos hace olvidar que el tiempo que dedicamos a las personas que amamos no es un lujo, sino una necesidad. Por eso, hoy quiero que recordemos lo importante que es seguir estando juntos, no solo en los momentos difíciles, sino también en los días ordinarios, en los días tranquilos, en los días en los que todo parece estar bien. Porque ahí también se construyen los vínculos fuertes, en los pequeños gestos cotidianos que a veces pasamos por alto.
Te lo digo porque, aunque siempre has estado para mí, no quiero que nunca sientas que nuestra relación es algo que doy por hecho. No quiero que esta amistad tan especial quede en el olvido por culpa del tiempo, la distancia o las responsabilidades que inevitablemente se acumulan. Quiero que sigamos creciendo, apoyándonos, recordándonos mutuamente lo que somos y lo lejos que podemos llegar.
Sé que nuestra relación no siempre es perfecta. Hemos tenido malentendidos, diferencias y silencios que a veces han durado más de lo que deberían. Pero también sé que, a pesar de todo, siempre hemos encontrado la manera de volver a encontrarnos, de sanar esas grietas con amor, paciencia y honestidad; eso es lo que realmente importa. No la perfección, sino el compromiso de seguir caminando juntas, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
Por eso, quiero que te lleves esto contigo: gracias por ser mi ancla cuando sentí que me perdía, pero también por ser el viento que me impulsó a seguir adelante cuando yo mismo no tenía fuerzas. Gracias por creer en mí en los momentos en los que yo mismo no lo hacía, por celebrar mis logros como si fueran tuyos y por recordarme que no estoy solo, pase lo que pase.
Y, a la vez, quiero decirte que yo también estoy aquí para ti. No solo para los días grises, sino también para los soleados. No solo para escuchar tus problemas, sino también para celebrar tus victorias, por pequeñas que te parezcan. Estoy aquí para crecer contigo, para aprender contigo, para ser mejor contigo. Porque nuestra amistad no es un refugio estático, es un jardín que quiero seguir cultivando contigo, un puente que quiero reforzar cada día.
Así que aquí estamos, dos almas que han encontrado en su amistad algo más grande que ellas mismas. Sigamos construyendo, sigamos creciendo, sigamos estando. Porque lo que tenemos es demasiado valioso para dejarlo en manos del olvido.
Y si algún día te asaltan las dudas, si alguna vez te preguntas si todo este esfuerzo vale la pena, quiero que recuerdes esto: tú has hecho mi vida mejor, más rica, más completa. No hay nada más valioso que eso. Si tienes dudas ya sabes lo que tienes que hacer.
Es duro empezar a escribir una despedida frente a una hoja en blanco. No sé si seré capaz de resumir todo lo que significaste para mí, pero, como siempre digo, hay jueves con más suerte que otros. Este aún está por ver.
Sabes a ciencia cierta que eres un capítulo que llegó lleno de promesas, y aunque ahora parezca que solo me has dejado vacíos, sé que eso no es del todo cierto. Te marchas como una tormenta que se disipa, dejando a su paso los rastros de lo que fue. Y aquí estoy yo, contemplando lo que queda tras tu partida.
Fuiste un sentimiento complicado, no lo voy a negar. Me enseñaste que la vida no siempre sigue el ritmo que uno quisiera. Por momentos avanzaste con una velocidad insoportable, llevándote contigo noches y días sin dormir, como si estos no importaran, como si fueran hojas secas en el viento. En otros momentos, me dejaste suspendido, obligándome a enfrentarme a un espejo del que no podía apartar la mirada. Aprendí a lidiar con el tiempo, aunque nunca logré domarlo.
Sin embargo, no todo fueron sombras. Trajiste momentos de luz, de esos que todavía atesoro en los rincones más cálidos de mi memoria. Me regalaste risas compartidas, noches bajo un cielo estrellado y promesas murmuradas al oído.
En tus días habitaron abrazos que parecían eternos y palabras que llenaron vacíos que yo ni siquiera sabía que existían. Pero también me diste pérdidas, algunas tan desgarradoras que dejaron huecos que aún no sé cómo llenar.
Me duele despedirme de ti porque sé que contigo se van no solo los días, no solo emociones y aventuras, sino también versiones de mí: la que era fuerte cuando lo necesitaba, la que se derrumbaba en silencio, la que creyó que todo iba a estar bien.
Contigo dejé de ser muchas cosas, pero también descubrí otras partes de mí que no sabía que existían. En tí aprendí a ser valiente, aunque no siempre tuviera fuerzas, y a dejar ir, aunque eso me rompiera por dentro.
Ahora que el calendario avanza implacable hacia un nuevo comienzo, no puedo evitar sentir un nudo en el pecho. Decir adiós nunca es fácil, y contigo no es la excepción. Siento que al despedirme de ti, me despido de algo mucho más grande que un simple año.
No es solo es a ti, 2024, a quien estoy dejando atrás, también dejo un pedazo de mi, de ti, de nosotros…