«En las buenas y en las malas»

«En las buenas y en las malas»

Me crié escuchando constantemente una premisa: “La verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”. Hoy en día esa enseñanza la pongo muy en duda. 

El paso del tiempo, los aciertos y los errores cometidos me llevan a pensar que en la vida, uno de los mayores aprendizajes es entender que las expectativas que ponemos en los demás suelen ser la raíz de muchos de nuestros desengaños. 

Como decía, desde pequeño me enseñaron a confiar en los demás, a esperar y dar gestos de generosidad, amor y apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he ido dando cuenta de que las personas que me rodean no siempre cumplen con esas expectativas. Cada uno de nosotros tiene sus propios límites, sus luchas internas y, sobre todo, su manera particular de vivir y relacionarse con los demás.

Esperar algo de los demás, aunque sea algo tan simple como la comprensión o una muestra de apoyo, nos coloca en una posición vulnerable. 

Tampoco se trata de ser egoístas, ni de vivir en aislamiento, ni de no esperar o no ayudar a nadia, creo que es alcanzar una madurez emocional que nos permita comprender que no todos los vínculos pueden satisfacer todas nuestras necesidades. 

Las relaciones, por más cercanas que sean, no siempre tienen el poder de darnos lo que deseamos en el momento en que lo necesitamos. Además, cada persona tiene sus propios conflictos, deseos y preocupaciones, que a veces los hacen incapaces de ofrecer lo que esperábamos e incluso lo que a ellas mismas les gustaría dar y recibir.

En este tiempo he aprendido que es fundamental ser autosuficiente emocionalmente, a no esperar que los demás sean los encargados de llenar los vacíos que, en realidad, solo yo puedo llenar. Esto no significa que debamos desconfiar de los demás o cerrarnos a la posibilidad de recibir apoyo, amor o comprensión. Puedo hacerlo solo, aunque en muchas, o en muchísimas ocasiones, lo mejor sea hacerlo apoyado por alguien. 

Dicho esto, hay algo muy hermoso en la vida que nos recuerda que, aunque no debemos esperar nada de los demás, siempre hay alguien que está dispuesto a estar a nuestro lado, sin importar las circunstancias, en las buenas y en las malas. 

Puede que no siempre sea de la forma que esperábamos, pero esa presencia, que se ajusta a nuestras necesidades más profundas, nunca falla. Es en esa certeza en la que podemos encontrar consuelo, sabiendo que, a pesar de todo, siempre estará dispuesta a darnos lo que realmente necesitamos: comprensión, amor incondicional, y sobre todo, la paz de saber que nunca estamos verdaderamente solos.

Gracias por leerme.

«El vuelo de la Encarni»

«El vuelo de la Encarni»
FOTO SACADA CON MI MÓVIL EN EL AEROPUERTO DE LOS RODEOS.

Ella, la Encarni, se consideraba una mujer sencilla. Eso decía ella aunque no era para tanto. Le gustaba decir que tenía “los pies bien puestos sobre la tierra”, aunque cualquiera que la conociera sabía que no era verdad. Si los pies de Encarni no estaban en unos tacones que parecían torres de Babel, estaban flotando en su nube de sueños imposibles: viajar a la luna, abrir un restaurante de sushi en Marte o casarse con un millonario que no roncara.  

Era un día ventoso, de esos que decreta la AEMET, ¡y aciertan!, el tipo de viento que arrastra bolsas de supermercado, sombreros desprevenidos y hasta gallinas despistadas. Pero Encarni, tozuda como siempre, decidió que eso no le impediría salir de casa con su vestido nuevo, ese que parecía una vela de barco. Total, ¿qué podía salir mal?  

Desde aquí la veo, caminando con sus zapatitos de charol y su andar de reina de pasarela, cuando, de repente, vino una ráfaga de viento tan fuerte que hasta los árboles parecieron susurrar “mejor nos agarramos”. En un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, el viento la levantó del suelo como si fuera un globo de cumpleaños.  

“¡Ay, Dios mío, que me lleva el aire!”, gritó Encarni mientras intentaba agarrarse de un poste de luz. Pero sus dedos, perfectamente manicurados, no eran rivales para la naturaleza. Ahí iba Encarni, volando como si fuera Mary Poppins, pero sin paraguas, dejando tras de sí un rastro de asombro y… sin sus zapatos. Sí, porque en algún momento de su ascenso, sus zapatos decidieron que ya habían tenido suficiente de esa aventura y se quedaron plantados en el suelo, perfectamente alineados, como diciendo: “Nosotros sí sabemos dónde estar”.  

Así pasó, surcando los cielos como una cometa descontrolada, mientras el viento la llevaba más y más lejos. En su desesperación, Encarni intentó razonar con el viento:  

—¡Viento, querido, te prometo que si me bajas, te hago un par de reels y una historia, de cinco estrellas, en IG. Pero el viento no respondía, claro, porque si algo tenía Encarni en común con la física cuántica, era que ninguna se entiende.  

Finalmente, el destino (y un árbol particularmente bajo) hicieron su trabajo. Encarni quedó colgada de una rama, despeinada, sin sus zapatos y con el vestido torcido. Un grupo de curiosos se reunió debajo, y entre risas y selfies, lograron bajarla.  

De vuelta al suelo, todavía algo aturdida, Encarni me miró. Yo llevaba sus zapatos en mis manos que la miraban sorprendidos como si de dos amigos leales se trataran. Entonces, mientras se los ponía, tuvo una epifanía, de esas que solo llegan después de volar sin querer:  

—Es verdad lo que dicen —dijo, acomodándose el vestido y atusándose la melena—, la vida puede llevarte por los aires, pero al final, lo importante es saber dónde están tus pies. Y, a ser posible, que estén en el suelo… y calzados.  

Desde ese día, Encarni aprendió a mantener los pies en la tierra. Bueno, al menos la mayoría de las veces, porque lo de soñar despierta… eso jamás se lo iba a quitar de la cabeza, y menos si era conmigo.  

Gracias por leerme.

«Volver a levantarse»

«Volver a levantarse»

Sentirse en una montaña rusa, es estar vivo. La vida está llena de altibajos que nos hacen ir de un lado para otro, a veces sin rumbo, y otras, con toda la intención hacia un lado u otro. Un día estás en la cima, y al siguiente te encuentras en el fondo, preguntándote cómo has llegado. 

No estoy seguro, pero intento aprender algo de cada caída, por dolorosa que sea, y así conseguir una oportunidad de renovarme. 

Hoy estoy sentado con mi amigo Juan, arreglando el mundo, debatiendo sobre la vida, la muerte y la reproducción de los berberechos. Nada serio, lo normal, haciendo algo que se me da bien, escuchar. Lo dejo hablar. Él me cuenta.

La primera vez que lo despidieron, pensó que era el fin del mundo. Pasó días en cama, reflexionando sobre lo que había hecho mal, martillándose con pensamientos autocríticos. Pero, después de un par de semanas, decidió levantarse. Fue un proceso lento, como si cada músculo de su cuerpo se resistiera a moverse. La fuerza interna que comenzó a descubrir lo impulsó a buscar algo nuevo. Consiguió un pequeño trabajo que le permitió, al menos, mantenerse a flote.

Sin embargo, un año después, una nueva caída le golpeó más fuerte. Su pareja, a quien había cuidado durante años, falleció tras una enfermedad. El dolor era inmenso, y las noches interminables se sentían vacías. Una vez más, se encontró en el suelo, desbordado por la tristeza y la culpa. «No pude hacer más por ella», pensaba una y otra vez. Pero, al igual que la vez anterior, algo en su interior le susurraba que el proceso de duelo también podía ser una oportunidad para reinventarse. Durante los días más oscuros, empezó a cuidar su cuerpo. Salió a caminar, a hacer ejercicio, y en esos momentos de conexión con su cuerpo, la mente comenzó a sanar lentamente.

El tiempo pasó y, con él, llegaron nuevos desafíos: un proyecto fallido, un par de viajes, un romance que no cuajó…, la sensación constante de que, a pesar de sus esfuerzos, la vida siempre le ponía obstáculos. 

Un día, después de una difícil jornada de trabajo y frustraciones personales, Juan se sentó frente al espejo y vio a un hombre distinto al que veía años atrás. Ya no era un joven ansioso por lograrlo todo, sino un hombre que comprendía que la vida no era un camino recto. Comprendió que el éxito no solo se medía en logros profesionales o relaciones perfectas, sino en la capacidad de cuidar de uno mismo, de amarse a pesar de las imperfecciones, de permitirse fallar y aprender en el proceso, de perdonarse. «Ya no voy a seguir destruyéndome por cada error», pensó. «Voy a seguir adelante, aprendiendo, pero también voy a cuidarme».

Fue en ese momento, mientras observaba su reflejo, que entendió la lección más importante de todas: el autocuidado no es solo una cuestión de cuerpo, sino de alma.

Así, con una sonrisa renovada, Juan se levantó una vez más. Esta vez, lo hizo con la certeza de que el verdadero secreto para avanzar no era evitar las caídas, sino aprender a levantarse con dignidad, siempre con la esperanza de que cada paso, por pequeño que fuera, lo acercaba más a una vida plena. 

Ahora espero a que él pague los vinos que nos hemos tomado. 

Gracias por leerme.