«Dejo un pedazo de mi»

«Dejo un pedazo de mi»

Es duro empezar a escribir una despedida frente a una hoja en blanco. No sé si seré capaz de resumir todo lo que significaste para mí, pero, como siempre digo, hay jueves con más suerte que otros. Este aún está por ver.

Sabes a ciencia cierta que eres un capítulo que llegó lleno de promesas, y aunque ahora parezca que solo me has dejado vacíos, sé que eso no es del todo cierto. Te marchas como una tormenta que se disipa, dejando a su paso los rastros de lo que fue. Y aquí estoy yo, contemplando lo que queda tras tu partida.  

Fuiste un sentimiento complicado, no lo voy a negar. Me enseñaste que la vida no siempre sigue el ritmo que uno quisiera. Por momentos avanzaste con una velocidad insoportable, llevándote contigo noches y días sin dormir, como si estos no importaran, como si fueran hojas secas en el viento. En otros momentos, me dejaste suspendido, obligándome a enfrentarme a un espejo del que no podía apartar la mirada. Aprendí a lidiar con el tiempo, aunque nunca logré domarlo.  

Sin embargo, no todo fueron sombras. Trajiste momentos de luz, de esos que todavía atesoro en los rincones más cálidos de mi memoria. Me regalaste risas compartidas, noches bajo un cielo estrellado y promesas murmuradas al oído. 

En tus días habitaron abrazos que parecían eternos y palabras que llenaron vacíos que yo ni siquiera sabía que existían. Pero también me diste pérdidas, algunas tan desgarradoras que dejaron huecos que aún no sé cómo llenar.  

Me duele despedirme de ti porque sé que contigo se van no solo los días, no solo emociones y aventuras, sino también versiones de mí: la que era fuerte cuando lo necesitaba, la que se derrumbaba en silencio, la que creyó que todo iba a estar bien. 

Contigo dejé de ser muchas cosas, pero también descubrí otras partes de mí que no sabía que existían. En tí aprendí a ser valiente, aunque no siempre tuviera fuerzas, y a dejar ir, aunque eso me rompiera por dentro.  

Ahora que el calendario avanza implacable hacia un nuevo comienzo, no puedo evitar sentir un nudo en el pecho. Decir adiós nunca es fácil, y contigo no es la excepción. Siento que al despedirme de ti, me despido de algo mucho más grande que un simple año.  

No es solo es a ti, 2024, a quien estoy dejando atrás, también dejo un pedazo de mi, de ti, de nosotros…  

Gracias por leerme.

«La magia de los abrazos»

Se acercó con cautela. Sabía que algo le pasaba. se lo notó en la cara nada mas verlo. Con cariño, solo le dijo ven. Lo llevó a apartó de donde estaban todos los demás y, sin más lo abrazó. Su estado de ánimo cambió casi de manera inmediata, aquella era una magia que solo ella podía conseguir, era una especie de vitamina que no suelen recetar los médicos, aunque deberían. 

Dicen que un abrazo al día mantiene a raya la tristeza, y si eso es cierto, hay días en los que más de uno debería abrazar hasta a su propia sombra. Hoy es uno de esos días. Necesito no uno, diez. 

Por darte alguna idea quiero aprovechar para recordarte de que, hay un tipo de abrazo para cada situación: el apretado, que te resucita las costillas; el torpe de «no sé si nos llevamos tan bien para esto«»; el largo, que te dice sin palabras «tranquilo, aquí estoy»; el que libera, “ven, no digas nada”, y te quedas ahí pegado un buen rato. Todos son útiles, todos suman. 

Por si no lo sabías la ciencia los avalan, de ahí mi reflexión sobre un recetarío para entregarlos a diestro y siniestro,  liberan oxitocina, esa hormona que hace que tu cerebro diga: «Eyyy, ¡de puta madre!, esto está bonito, ¡sigamos viviendo!».

¿Te has fijado que en las películas románticas el abrazo es ese momento mágico en que todo encaja? Pero en la vida real, a veces los abrazos tienen menos glamour. Por ejemplo, está el clásico abrazo de reconciliación, que parece más una lucha de sumo emocional: tú queriendo demostrar afecto, mientras la otra persona todavía tiene los brazos cruzados porque no ha terminado de ganar la discusión. Spoiler: un buen apretón suele derretir hasta el enfado más tozudo.  

O ese abrazo en las primeras citas, donde uno no sabe si es un: abrazo de amistad, abrazo de me caes bien o abrazo de “vamos viendo cómo nos va». 

Eso sí, el mejor chiste sobre el amor y los abrazos es que, cuando estás enamorado, parece que nunca tienes suficientes. Como decía mi amigo Juan, que deseaba tanto tener pareja que abrazaba hasta la almohada porque decía: «practico para cuando llegue el momento estar entrenado». Spoiler: nunca llegó. Pero al menos él dormía feliz.  

Así que ya lo sabes: los abrazos son como el pan, el mundo sería mucho mejor si dejáramos de contar calorías y empezáramos a repartirlos más. Abraza hoy, mañana, y siempre… porque, aunque el amor no dure para siempre, un buen abrazo puede arreglar hasta los días más feos. ¡Y eso ya es una victoria! 

Abraza. Abraza con ganas, con propósito, sin miedo a parecer raro, porque lo raro no es dar abrazos, lo raro es vivir sin ellos. 

¡Ah! Y si alguien te dice que no le gustan los abrazos… probablemente necesite uno doble. Yo hoy, y siempre, quisiera que me dieras mil, que bastante jodida está la cosa, pero este, quizás no el último, sí tiene sabor a despedida.

Gracias por leerme.

«La reunión anual»

Como cada año, durante el mes de noviembre, aquel viejo grupo de la universidad se reunía para un almuerzo, en un restaurante de la ciudad que casi parecía estar esperando por ellos.

En aquel encuentro había algo sagrado, intentar no faltar a la cita era un ritual que cada uno intentaba cumplir.

Con los años, las ocupaciones, las familias, y las distancias, aquella reunión anual se había vuelto una especie de ancla, un recordatorio de un vínculo que iba más allá del tiempo y las circunstancias.

Al llegar, se reconocían de inmediato, como si el tiempo vivido se desvaneciera al cruzar la puerta. No importaban las nuevas arrugas o las viejas canas, el aumento de peso o la baja forma, ni el cansancio en la mirada, ni las preocupaciones y desdichas que cada uno cargaba sobre sus hombros; al encontrarse, todos volvían a ser aquellos jóvenes que solían pasar horas en los pasillos de la universidad, soñando con el futuro y compartiendo esperanzas. 

Al principio, el saludo era siempre un torbellino de abrazos, besos, palmadas en la espalda y risas que llenaban el lugar. No importaba cuán serio o reservado fuera alguno de ellos en su vida cotidiana; en aquel almuerzo, todas las barreras desaparecían. Volvían a ser los de siempre.

La mesa, larga y llena de platos compartidos, se convertía en el centro de su pequeño universo. Los mismos sabores de siempre, los mismos brindis, y las mismas bromas que jamás parecían envejecer. A veces, recordaban las anécdotas de la universidad, aquellos momentos de camaradería que los habían unido para siempre, y entre risas, se veían a sí mismos en esos recuerdos, como si estuvieran mirando una película de su propia vida.

Entre cada brindis y cada bocado, compartían las pequeñas historias de sus vidas actuales, sin evitar, incluso, los detalles más dolorosos, los silencios entre palabras decían lo que las frases no podían. En los ojos de cada uno había cariño y comprensión, una empatía que no necesitaba ser explicada. Sabían que en esa mesa no había juicios, solo un apoyo incondicional que se sostenía en un amor puro y desinteresado, ese que se construye en la amistad auténtica.

El mejor momento llegaba siempre al final, cuando se quedaban unos minutos en silencio, mirando alrededor de la mesa, conscientes de la suerte que tenían al poder seguir compartiendo ese instante año tras año. Nadie decía mucho en esos momentos; simplemente sonreían, y esa sonrisa era suficiente para expresar todo lo que las palabras nunca podrían abarcar. Sabían que, al irse cada uno por su camino, llevarían consigo esa sensación de pertenencia, ese pedacito de vida compartida.

Al emprender cada uno su camino, sintieron un calor inexplicable en el pecho, una gratitud inmensa por pertenecer a algo tan especial. Sabían que, aunque la vida los llevara a lugares diferentes, aunque enfrentaran cambios y desafíos, cada año regresarían a esta cita, a este reencuentro que ya no era solo una tradición, sino un hogar en el tiempo, una promesa que los mantendría juntos más allá del presente.

Y así, con una sonrisa en los labios y el corazón lleno, se alejaron en silencio, sabiendo que, aunque volvieran a sus vidas distintas, aquella amistad perduraría como un faro, como una certeza invencible que los haría regresar, una y otra vez, cada año, al mismo rincón de octubre.

Se les quiere.

Gracias por leerme.

«Una historia de apoyo y superación»

«Una historia de apoyo y superación»

Ya había oscurecido. No le importaba. Como era normal en ella, bajaba las escaleras con calma, disfrutando del momento vivido aquella tarde de otoño. 

La puerta de la calle se cerró, las luces de la escalera se apagaron, pintando sombras juguetonas en el suelo que la distrajeron. Sintió que su pie derecho no encontraba reposo. Tropezó y, antes de poder reaccionar, su cuerpo se desplomó sobre el frío suelo. El dolor fue tan agudo que se le escaparon varios gritos ahogados de auxilio que quedaron suspendidos como grandes lamentos en el aire.

No recordaba muy bien cómo había llegado la ambulancia, ni las palabras que le dijeron en el hospital, pero sí sentía en sus huesos la gravedad de lo que había ocurrido. Una fractura y múltiples contusiones fue el diagnóstico claro que dieron en urgencias. La recuperación sería larga.

Al principio, la noticia fue un golpe duro. Los días viviendo en aquel sofá del salón se le hacían eternos. 

Su marido estaba siempre allí, apoyando en lo que podía. Constantemente le recordaba que debía tomarse el tiempo que le hiciera falta, que iban a superarlo juntos, como siempre lo habían hecho. Ella asentía, pero en su mirada se leía la incertidumbre y el miedo.

Cada rincón de su casa ahora era una barrera: las escaleras, los muebles, hasta la loza que antes limpiaba con tanta dedicación.

La silla de ruedas llegó como una ayuda, pero también como un recordatorio de sus limitaciones. Al principio, su esposo debía ayudarla a moverse de una habitación a otra. El capitán había recuperado el mando en aquel pequeño barco de ruedas, marcando el rumbo con ternura por el salón, la cocina o la terraza. 

Ambos compartían miradas de complicidad y, a veces, él intentaba hacerla reír, proponiéndole carreras imaginarias o inventando juegos en los que ella debía tomar decisiones sobre la “ruta” que iban a seguir por la casa.

Con frecuencia les visitaron días de tristeza, en los que la desesperación la abrazaba como una niebla espesa y pesada que le impedía pensar con claridad. Luchaba con, contra, el dolor, la incomodidad y la frustración de necesitar ayuda para las cosas más básicas. Estaba atrapada en su propio cuerpo. Pero en esas noches oscuras, siempre estaba él, ofreciéndole una palabra de consuelo o simplemente el silencio de su compañía. Con una mano sobre su hombro, le recordaba que cada día era una pequeña victoria y que juntos seguirían adelante.

Ahí están, con semanas de ejercicios de rehabilitación pero ganando cada centímetro en esta batalla, al lado de su esposo, con una mezcla de orgullo y emoción. Con cada paso que dan avanzan en la recuperación.

Él está allí, animándola, sosteniéndola cuando se tambalea y compartiendo el esfuerzo en cada movimiento. Ella sigue luchando, como una campeona, recuperando día a día el humor, su energía, el paso y las ganas de continuar luchando.

¡¡¡SIGAN ADELANTE!!! Estamos muy orgullosos de los dos. Les queremos. 

Gracias por leerme.

«No todo se cuenta en Instagram»

Hoy es día de almuerzo, de amigos, de risas y de cháchara. Antonio se reúne con un grupo de amigos y conocidos en una acogedora cafetería del centro. Las conversaciones van y vienen, y como es habitual, alguien mencionó Instagram. Todos comenzaron a sacar sus teléfonos, mostrando las fotos más recientes de sus salidas, comidas, y eventos.

–Antonio es el que sube un montón de cosas a su Instagram, nos lo va contando todo paso a paso –comentó Alicia.

Antonio sonrió y dejó su café sobre la mesa. “No te creas, no subo todo lo que hago” “La verdad es que prefiero guardar algunas cosas solo para mí”, respondió con calma.

–No te creo, ¡lo cuentas todo!, de hecho me extraña que no hayas colgado algo ya de esta reunión de hoy. 

Antonio se acodó en su silla y tomó un sorbo de café antes de responder. 

–¿Lo ves? Tú misma has puesto un buen ejemplo. De este encuentro de hoy publicaré algo, no hay nada que ocultar, pero aún no lo he hecho. 

–Entonces me estás dando la razón -sentenció su amiga.

–Sí y no. Ya te digo que no cuento todo lo que hago. Mira no tengo nada en contra de compartir momentos en redes sociales, me gusta hacerlo. Es una forma maravillosa de conectar y mantenernos al día. Pero, por otro lado, hay experiencias que, para mí, son tan especiales que no necesitan ser contadas, de las que no quiero la validación de los ‘likes’ o comentarios. Son recuerdos, de momentos, o los vividos con ciertas personas, que prefiero guardar siempre en mi memoria, lejos de la mirada de los demás.

El grupo quedó en silencio por un momento, intrigado por lo que estaba contando.

–Pero si no lo compartes, nadie sabrá lo que viviste –comentó Javier, otro de los presentes.

–Y eso está bien –replicó Antonio–. No todo lo que hacemos tiene que ser público. Hay momentos que son tan profundos y personales que compartirlos los diluiría. Además, vivimos en una era donde parece que si no lo compartes, no pasó, como dice de forma parecida la canción. Pero no es así. Algunas de mis mejores experiencias son aquellas que guardo para mí, que atesoro en mi corazón y que no necesitan ser mostradas para ser valiosas. Que ninguno de los presentes conoce. Algunas historias son solo mías, y está bien que así sea. Al final, la vida se trata de esos momentos especiales, buenos o malos, que siempre nos hacen sentir vivos, que nos llenan de paz, de felicidad, de miradas, de complicidad…

–¿Entonces nos ocultas cosas? –consultó Alicia.

–Puede ser. Eso tampoco te lo confesaré –manifestó Antonio mirándola con una sonrisa pícara en su rostro, a la vez que levantaba su copa para brindar–, pero yo que tú no apostaba en contra, aunque, a lo mejor, eres parte de ese secreto.

El grupo respondió al brindis, pero, aunque con risas, dejó en silencio ese tema, asimilando las palabras de Antonio. Tal vez, después de todo, había algo de verdad en eso de guardarse los mejores momentos solo para uno mismo. Yo lo hago. Pero eso tampoco te lo contaré.

Gracias por leerme.

«Una sorpresa increíble»

«Una sorpresa increíble»

La tarde está tranquila. Por fin ha terminado sus quehaceres diarios y se dirige a su coche para poner rumbo a casa. Necesita descansar.  El día, como otros muchos, ha sido intenso y su cabeza está embotada. 

Desde lejos, al vislumbrar su coche, estacionado en el aparcamiento del centro comercial nota algo peculiar: una bolsa de papel marrón, cuidadosamente colocada se encuentra junto a su automóvil. «¡Alguien la ha olvidado!» Eso es lo primero que piensa.

Como es normal, la intriga le puede. Se acerca y sin tocarla mira en su interior.  «¡No puede ser!» exclama mirando para un lado y para otro. Se sonroja. Los nervios se apropian de su persona. No sabe qué hacer. Mira a un lado y a otro. No hay nadie en las inmediaciones. 

Por fin se decide. La coge. En su interior descubre una gran sorpresa que, más allá del valor material que tiene, simboliza una serie de pequeños frascos de colores brillantes, cada uno etiquetado con una emoción diferente: alegría, gratitud, esperanza, amor, paz… Como si estuvieran todos juntos, dentro de un gran recipiente de color blanco. 

De repente, una voz suena a su espalda: «¿Qué nervios verdad?». Sonríe al escuchar aquel timbre de voz que tantos buenos momentos disfrutan juntos. «Es lo que deseabas y, ¡caray! ¿por qué no?». Se gira. Se miran. Sonríen. Se abruma por la generosidad y el amor que acaba de recibir. Siempre es capaz de generar esas sorpresas. Es una maravilla. Un regalo más allá de sus expectativas, un gesto asombroso que denota lo que significa para esa otra persona. 

Los nervios de la emoción le llenan los ojos. Es incapaz de reaccionar. sigue sin salir de su asombro. «¡Eres increible!».

Gracias por leerme.

«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.

«Una armadura para Alex»

«Una armadura para Alex»

Nada más levantarse de la cama, desayunar y asearse, Alex se coloca su armadura invisible para poder enfrentar el día que le espera por delante. 

Cuando se mira al espejo, suspira profundamente y desea que hoy este acero, oculto a los ojos de los demás, cumpla con su función y le proteja.

Con el paso del tiempo, y los devenires de su vida, el chico había aprendido a construir esa gran coraza invisible a los ojos de los demás, para protegerse de las heridas que el día a día y las personas podían infligirle. Aún así, se mueve por el mundo con cautela, siempre manteniendo una distancia segura de los demás, evitando que alguien pudiera ver a través de su fachada de seguridad. 

Un día, en una cafetería del centro de la ciudad, sus ojos se posaron en una chica llamada Laura. Ella era radiante, preciosa, delicada y fuerte como una mariposa, con una sorprendente sonrisa que iluminaba y abarcaba todo el local. Aunque Alex intentaba mantener su distancia, no pudo evitar sentir una conexión instantánea con ella. 

A pesar de sus intentos por mantenerse protegido, el destino tenía otros planes. Alex y Laura comenzaron a encontrarse con frecuencia en diferentes lugares y, cada vez que ella hablaba, sus palabras resonaban en el corazón de Alex de una manera que la armadura no podía contener. 

Laura, con su naturaleza amable y su personalidad vibrante, comenzó a desarmar poco a poco las defensas invisibles que Alex había erigido durante tantos años y tanto cuidado.

A medida que pasaba el tiempo, la conexión entre Alex y Laura se intensificaba. Sus conversaciones profundizaban, y sus miradas decían más que mil palabras.

Alex no podía evitar enamorarse de ella. La complicada danza entre la armadura y las palabras de Laura, que la desarmaban, se volvía más evidente con cada encuentro. 

En su lucha interna, Alex se encontraba dividido entre la necesidad de protegerse y el deseo de abrir su corazón a la posibilidad del amor.

Al regresar a casa después de cada encuentro con Laura, se enfrentaba a la tarea de reconstruir la armadura que ella había desmantelado con su presencia. Cada pieza caída era recogida con cuidado, cada grieta era reparada con esmero, en un esfuerzo desesperado por mantener a raya la vulnerabilidad. Hasta el mismo yunque en el que trabajaba se mostraba lleno de marcas, cicatrices, antiguas heridas y golpes.

Alex no podía evitar la esperanza de que ella pudiera ver a través de su armadura y apreciar la persona que se ocultaba detrás. 

El proceso de desarme y reconstrucción se volvió una rutina constante en su vida, una lucha entre la autenticidad y la autoprotección.

En este juego de emociones, Alex se dio cuenta de que el amor no siempre sigue el guión que uno espera. A veces, las barreras que construimos para protegernos pueden ser las mismas que nos impiden encontrar la felicidad. Y así, mientras seguía luchando con su armadura invisible, Alex continuaba su viaje, preguntándose si algún día encontraría la valentía necesaria para dejarla completamente atrás y permitir que el amor floreciera en su vida.

Gracias por leerme.

«El secreto de la concha»

«El secreto de la concha»

Los ojos de Marcos reflejan el azul profundo del mar. Muchas tardes, al salir del trabajo, o cuando la casa se le hace pequeña, se acerca a la costa, donde la brisa salada y el murmullo de las olas generan la banda sonora de su vida. 

Marcos encuentra consuelo y reflexión junto a la orilla del mar, caminando, observando el devenir de las olas y lanzando piedras al agua, para embobarse y  contabilizar el rebote que éstas realizan contra las olas.

En su cabeza, en cada piedra que lanza al mar, Marcos hace que lleve consigo un peso invisible, simbolizando las dificultades y preocupaciones que carga en su corazón. Con cada uno de esos lanzamientos, siente cómo esas piedras rebotan en la superficie del agua, llevándose consigo un poco del peso que le agobia. Esa es su manera de liberar tensiones, de dejar que el mar haga navegar, y hundir en la distancia, sus problemas. Quizás sea su manera de purificarse.

Una tarde, mientras el sol se sumerge en el horizonte y las olas juguetean en la orilla, Marcos sintió que era el momento de lanzar una última piedra antes de marcharse a casa. Sin embargo, al mirarla detenidamente, notó que era diferente. En lugar de ser un simple guijarro, se encontró con una pequeña concha entre la arena.

Como si de una atracción se tratara, la contempló con detenimiento y cariño. Esta concha representaba algo mucho más precioso para Marcos, podría ser Elena. Su preciosa y bella Elena. 

Ella había llegado a su vida, como lo acababa de hacer aquel pequeño caparazón,  sin querer, como una suave brisa, trayendo consigo la calma y la alegría. 

Juntos también se habían enfrentado a tempestades, y algunas de esas tormentas habían dejado cicatrices en sus corazones. Todo ello les había servido para crecer y mejorar su relación. 

Marcos miró la concha. Indeciso, sobre si debía lanzarla o no al mar como las demás piedras. Pensativo, se descubrió acariciándola, tal y como acaricia el rostro de Elena. 

Temía perderla, pero al mismo tiempo, sabía que dejarla ir podría significar liberarse de las cargas del pasado. Marcos cerró los ojos, sintiendo la brisa marina acariciar su rostro, y tomó una decisión.

En lugar de lanzar la concha al mar, la guardó cuidadosamente en su bolsillo. Sabía que no podía deshacerse de la única cosa que le daba esperanza y motivación para seguir adelante. 

La concha se convirtió en su recordatorio de que, a pesar de las dificultades, él estaba dispuesto a luchar por el amor que compartía con Elena.

Los días pasaron. Marcos continuó lanzando piedras al mar para liberar sus tensiones, pero siempre guardaba la concha como un símbolo de perseverancia y amor. A medida que enfrentaban nuevas olas de desafíos juntos, la concha se convirtió en un faro que lo guiaba a través de las tormentas.

El mar, testigo silencioso de la historia de Marcos, seguía susurrando secretos de esperanza en las olas que acariciaban la orilla. Y así, con la concha guardada en su bolsillo y en su corazón, Marcos continuó enfrentando la vida con valentía, sabiendo que el amor verdadero era un tesoro que merecía ser protegido y preservado.

Gracias por leerme.

«Secretos de ventana»

«Secretos de ventana»

Hay noches, cielos y ventanas que están pensadas para anhelar. Al menos a esa conclusión llegó Laura, una mujer apasionada y llena de vida, al pasar más de una hora con la mirada perdida tras el vidrio de la ventana de su dormitorio, contemplando el brillo de esta babosa luna de diciembre. 

Laura tiene un corazón enorme, precioso, de esos que enamoran nada más acercarse a ella, que late con fuerza cada vez que piensa en Carlos, que le sonríe cuando lo ve de lejos, y que balbucea sus latidos de emoción cuando él la roza con sus manos. Carlos es su amante secreto. 

Hoy es una de esas noches en las que Laura sufre en silencio. La veo con la cara pegada al cristal de su ventana, triste, ausente, intentando justificar y encontrar una razón de porqué se siente así, de porqué mantiene esos sentimientos hacia Carlos. Lamenta no haber quedado hoy con él. No pudo hacerlo. Sabe que él la esperaba, que también la echa de menos y en falta, que la busca para cuidarla y darle todo aquello que ella, sin saberlo, pues nunca lo ha tenido, necesita.

Los días pasan lentos cuando él no está cerca. Hoy es uno de esos. Por eso lo sueña tras la ventana, deseando que cada momento compartido, ahora convertido en un tesoro, guardado con celo en el cofre de sus recuerdos, vuelvan a ella, a erizarle la piel como en el momento en el que lo vivieron en primera persona.

Carlos es un tipo encantador, con mirada profunda que revela un alma apasionada, loco por ella. Juntos comparten risas y susurros bajo la luna, pero sus vidas se mantienen separadas, aunque el uno en el otro, encuentran un oasis de amor, paz y complicidad. 

A pesar de la intensidad de sus sentimientos, Laura no se atreve a expresar lo que su corazón anhela. Tiene miedo de que las palabras y sentimientos rompan el delicado equilibrio en el que vive. 

Le gusta cuando él le escribe. Aunque no lo reconoce, o no lo hace como le gustaría hacerlo, como tampoco admite la desazón que le asalta cuando coge el móvil para descubrir que él no le ha escrito. Eso le pone nerviosa, “¿Qué está haciendo?”. No quiere perderlo. Sonríe por dentro cuando descubre sus mensajes.

Las noches así son difíciles para Laura. Se encuentra sola en su habitación, mirando fijamente la luna desde su ventana. Susurros de deseo escapaban de sus labios, pero las palabras nunca llegan a un mensaje que Carlos desea recibir. 

Él anda igual, tras su propio cristal. Dolido por no verla, por no saber nada de ella, por querer abrazarla, acariciarla y no poder hacerlo. Un suspiro se escapa de sus labios mientras, entre sus manos, sostiene aquel reloj que ella le regaló y que rara vez se quita. Siente la textura rugosa del metal, como la que ahora mismo forma los tejidos de su corazón. Se pregunta si Laura está pensando en él. La idea de que no sea así lo abate. 

Es una noche fría y estrellada. Laura se mantiene en su ventana mirando el cielo. La luna, testigo silencioso de su dolor, le recuerda a Carlos. Cierra los ojos con fuerza, deseando que las palabras, esas que no puede decir, encuentren su camino hacia él. Una lágrima cae por su rostro. 

Así, en el silencio de la noche, en el secreto que guarda tras su ventana, Laura continúa su espera, llevando consigo el peso de sus palabras no dichas y la esperanza de que el destino les permita encontrarse de nuevo.

Gracias por leerme.