Recomendaciones para quedarte en blanco

Desde siempre he sido un soñador; en muchas ocasiones, como hace usted, cuando duermo también sueño. Es genial.
En general soñar es fácil, es pensar, desear, imaginar…, podemos hasta definirlo como «representarse en la fantasía imágenes o sucesos mientras se duerme», lo difícil es lo que ahora le propongo; no pensar, dejar la mente en blanco.
Sueño que hay muchas formas de hacerlo, pero la que más fácil me resulta es la que utilizo cuando, sentado delante del teclado de mi ordenador, las ideas me atiborran el cerebro y se crea un caos que me imposibilita continuar. En esos momentos, me quedo en blanco.
Apoyo mi codo izquierdo sobre la mesa, justo a la izquierda de mi ordenador ─¿seré de izquierdas?─, y con mi puño cerrado ─¡ups!, va a resultar que sí soy de izquierdas─ dejo caer muy suave mi cara ─por supuesto el cachete izquierdo─ sobre él.
Los ojos miran fijos la pantalla. En un momento la imagen blanca con letras comienza a fundirse en una gran luz que origina el milagro. Logro traspasar, con mis pensamientos, con mi imaginación, el propio aparato. Mi mente viaja a la nada. Tras dos o tres segundos en este estatus, los ojos se cierran y la antigua visión blanca se transforma en una espesa cortina negra. No veo nada. Estoy en «blanco».
Regresar a la realidad es fácil: en ocasiones ayuda la mano dormida, la mala posición de la espalda, un ruido que sorprende… En mi caso abro la mano poco a poco y acaricio, muy fuerte, mis labios, los cachetes ─ambos─ y mis ojos. Para ser más precisos, restriego los ojos con mis dedos para que vuelvan a ver la verdad. Las ideas, las voces, las palabras que antes se agolpaban ahora están en su sitio. Estoy de regreso, puedo continuar con mi trabajo.

«Ascendiendo a lo más alto: sentimientos»

Hablar de un lugar afortunado es hablar de las Islas Canarias. Siete islas «perdidas» en medio del Atlántico en el que los aromas procedentes de sus flores, la presencia del Alisio ─viento suave que sopla del noreste y que convierte el clima en una eterna primavera─, sus gentes ─amables por naturaleza─ y los colores de sus cumbres rivalizan con el azul del mar, con el olor de la miel, el sabor de su historia y el tintineo de su folclore.
Pero allí, desde lo más alto, vigilante desde su trono de lava, ahora dormida, se encuentra el pico Teide, con 3.718 m., el más alto de toda España, rodeado por un formidable Parque Nacional reconocido como Patrimonio de la Humanidad.
Comenzar la ascensión no es difícil. Nos encontramos a 2.200 m. rodeados por suelos de muchos colores, productos de diferentes erupciones, y que ahora se nos antoja una paleta de pintor. Durante la primera hora y media la curiosidad, el nerviosismo y la sensación de libertad nos embriaga a la par que nuestros ojos se ven premiados ante tanta grandeza que ahora se ha convertido en nuestro objetivo. Llegado el momento «Los huevos del Teide» ─dos grandes rocas gemelas y redondas como enormes balones de baloncesto, pero a las que alguien decidió darle connotación sexual─ nos indica que el inclinado aunque accesible tramo del camino comenzará a cambiar. La montaña se nos vuelve vertical y la presión atmosférica y la falta de oxígeno comienzan a hacer su aparición en nuestros cuerpos. Jadeantes, seguimos. A otra hora y media de distancia, los tejados del refugio nos dan la bienvenida; es momento del descanso.
La noche, estrellada y fría, mueve los deseos de los montañeros que, a las cinco de la mañana, acometen la última atacada, la más dura, la de la cumbre.
Tenerife se abre a nuestros pies. El día se ilumina por el que los ancestros llamaban Magec, un dios, ahora la estrella que nos da la luz. Nuestro cuerpo vibra. ¡Llegamos!

La especialista.

Quién le iba a decir a Inés que acabaría siendo una especialista, como no hay otra igual, en este duro trabajo del asesinato; ya se le veían buenas maneras desde que realizó «su primer acontecimiento» ─entre nosotros, lo llamamos así para evitar que todas aquellas personas que nos pudieran oír no piensen que somos unos desalmados, ¡nada más lejos de la realidad!, hacemos lo que nos ha tocado hacer, sin más─, se acercó de frente al individuo, le pidió fuego, lo miró a los ojos y con una socarrona sonrisilla le asestó varias puñaladas: una en el abdomen, otra en el costado derecho, dos en la garganta y, para rematarlo, no dudó en atravesarle los coj… de una manera tan profesional que, los que observábamos, la operación ─con el fin de evaluarla y darle su carné de socia del «Asesinos Professional Club»─ no pudimos, por menos, que levantarnos de nuestros asientos y aplaudir por el buen trabajo que había realizado.