«Al llegar a casa»

Se
entrenaban para estar muertos. Les gustaba pensar que eran una
fuerza de élite. Sus uniformes, sus cascos, sus armas…, su
actitud, así les señalaban. Cada tarde salían a correr.
En su
campo de adiestramiento se arrastraban por los pegajosos fangos,
saltaban vallas y muros, escalaban por cuerdas colgantes que no
llegaban a ningún sitio. Todo para estar en forma hasta la llegada
del día en el que les fuera encargada alguna misión especial.
Mientras
sufrían se les oía cantar. A escondidas lloraban. Solo una pena les
desilusionaba, seguían jugando a una guerra que nunca lucharían,
por lo que, al llegar a casa, un Cola-Cao caliente siempre les
reconfortaba.

«Cambio de dieta»

¡Y además nos hace daño! ―Fue la concisa conclusión con la que el gran maestre daba por sanjada la discusión.
Los asistentes, conociendo la fama de agresivo de su líder, no insistieron. En sus cabezas se repetían las frases y argumentaciones que se habían empleado durante toda la noche, pero era hora de irse a la cama. El sol se disponía a salir y ellos, seres de la oscuridad, debían desayunar antes de meterse en su ataúd.
El Conde miró a sus amigos y confesó:
―No me importa que me haga daño. Para desayunar, antes de seguir sorbiendo sangre, prefiero comer churros con chocolate.

«Botella, edredón y reloj»

La cama de la bella Aysha se había enfriado. El feísimo edredón rojo, con flores estampadas, no calentaba como lo había hecho apenas hacía unas horas. Me encontraba  solo.
            Tras estirar mi adormilado cuerpo  miré el reloj y comprendí que, la mujer que hacía unas horas me había amado, se había marchado para siempre. Una botella de Whisky ahogaría mi pena. 

«La huída»

─Y no intentes escabullirte, que no va a servirte de nada ─dijo mientras intentaba retenerla con todas sus fuerzas.
            Ella continuó su huida calle abajo. Mientras esquivaba los pequeños baches y las piedras que se encontraba, sentía como aquellas palabras le retumbaban en su ser tal y como lo hace el eco a lo largo de las montañas. Tenía la necesidad de salir de allí, no podía esperar más.
            A la vuelta del primer recodo encontró una pequeña rendija por la que podía escapar y dejar de oír aquella letanía. Fue fácil, apenas le costó. Es lo que tiene ser agua en acequia vieja.

«¿Vamos a jugar?»

Por fin quietas. Tras horas pululando por la habitación, subiéndose a los sillones, tirándose los cojines y corretear por los pasillos, por fin están quietas. No hay nada mejor que convertirse en un niño para controlar a los niños. Estaba agotado. Tenía que haber inventado antes este juego y así poder ver con calma la tele.
No es que sean malas, ninguna niña lo es, son distintas. Lo malo es que mis sobrinas son muy distintas. La cosa ha sido fácil. Les he propuesto jugar a indios y vaqueros. Ahora las tengo atadas y amordazadas. Creo que he ganado el juego.

«Con la almohada»

Y nada más existió hasta el próximo tren por lo que lo disfrutó todo lo que pudo. Se bebió, casi de un sorbo, su ansiada bebida, un vaso de leche caliente con Cola-cao. Asió su almohada, con la que viajaba a todas partes, y se recostó. Su tacto era suave y sedoso. Lo relajaba y más tras el incómodo ruido que había hecho aquel cercanías. Respiró a la par que cerraba los ojos. Por unos instantes creyó estar en otro lado. Pero el tiempo es efímero. Faltaba poco para el siguiente. Cerró sus puños y, desde que sintió el temblor bajo su cuerpo, supo que ya no había vuelta atrás. Murió arroyado.

«Cosas de la vida»

La pastelería llevaba tiempo cerrada. Los dulces, vendidos tiempo atrás a diario, habían dejado las vitrinas vacías. La harina y las levaduras, guardadas en el cuarto de materiales, se habían caducado por la falta de uso.
La gente del barrio había achacado el cierre patronal a una grave situación personal de la panadera que le había impedido abrir, como era habitual, todos los días del año. La extrañaban. En muchas ocasiones los vecinos pasaban por la puerta de su casa y, asombrados, les parecía recibir el olor de antaño inundando el pedazo de acera que le correspondía.
Ella, asomada tras el visillo de su ventana, también les echaba de menos. No estaba enferma, como afirmaban algunos. No tenía depresión, como decían otros mientras señalaban las cortinas. Las escasas veces que se la tropezaban por el barrio alguien, los más atrevidos, le preguntaba cómo estaba, qué ocurría. Ella tranquila y relajada siempre contestaba lo mismo: «Estoy ocupada en otros menesteres. Pero no se preocupe, cuando pueda volveré a abrir». Y continuaba su camino tan campante.
La vida tiene estas cosas y, a veces, sólo hay que esperar el momento.

«Serias dudas»

─¿Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado? ─Le preguntó ella con serias dudas.

─Supongo que sí. No hay nada que lo prohíba.
─¿Cómo que no?, ¿y ellos? ─dijo elevando su dedo índice para señalarlos.
─Ellos no tienen porqué saberlo.
─Pero nos verán.
─Creo que no. No miran hacia este lado. Solo se preocupan de sus cosas. No te preocupes. ¡Vamos!
─No puedo, me da miedo lo que puedan hacernos.
─No seas tonta. Dame la mano y camina como si nada ocurriese.
─Pero y sí…
─¡Calla y camina!, no podrán verme.
─Pero yo lo hago.
─Claro, no te has tomado la pastilla.

«Insaciable»

Y dio otro bocado. Lo hacía una y otra vez, insaciable. Según sus propias palabras, hacía tiempo que no probaba algo tan apetecible. Su lengua recorría toda la masa que tenía entre sus manos en busca de nuevos sabores. Su nariz intentaba esnifar los más turbios aromas que emanaban, con el fin de apoderarse de todos ellos. Aquella actitud era bulímica, casi pecaminosa, sexual…, prohibida, pero, quizás era eso mismo lo que le excitaba a continuar en su empeño. Por momentos se sorprendía mirándose en el espejo, observaba sus movimientos, le gustaba verse y disfrutaba de ello. Aquel dulce relleno de crema era increíble.

«Lo más importante»

Una semilla en esta tierra desolada era lo único que pedía a los Reyes Magos. Su marido se había cansado de tanta insistencia, de intentarlo una y otra vez, de la visita a los más expertos, de cuidar «el jardín».
        Los vecinos la miraban con pena, cuchicheaban a su paso. Su familia la visitaba en actitud condescendiente mientras, ella, noche tras noche, lloraba amarga por las esquinas de la casa.
       Solicitaba ayuda a todo aquel que se tropezaba en su camino con aires de tener alguna solución. Para ella lo más importante era plantar esa semilla. Lo más importante era tener un hijo.