«Los cuentos cambian»

No dije que lo sabía pero conocía los hechos desde hacía meses. Ahora había llegado el momento y por fin me marché de casa, dejándolo para siempre. Lo cierto es que descubrí que se veía a escondidas con una de mis hermanastras y eso, señoras y señores, no puedo soportarlo. Ya está bien.
En un principio todo fueron promesas, regalos, zapatitos de cristal… pero, de un tiempo a esta parte, nuestra relación se había enfriado. Ahora conozco el motivo. No importa, el paso ya está dado.
Los príncipes ya no son lo que eran y yo, al fin y al cabo, soy La Cenicienta. Continuaré con mi cuento. 


«Consejos de una madre»

La de los días de lluvia oí decir a mi madre como recomendación. A mi modo de entender se equivocaba del todo. Hoy hace un día fantástico por lo que no entiendo esa seguridad en su voz.

Las horas han pasado. El cielo encapotado y el fuerte olor a humedad hacen que todas volvamos a casa raudas, después de hacer las tareas. La distancia que nos separa de nuestro hogar es larga. Seguro que me mojo. Tenía que haberle hecho caso y coger las alas de lluvia. Ahora me arrepiento, quizás por eso dicen que madre solo hay una. La mía es la reina del panal.
(Ilustración en: http://blogdejesusbravo.blogspot.com/)

«El protagonista»

Prisionero de su esfera, protagonista; así era como se podía sentir aquel individuo que no paraba de hablar, o al menos eso me parecía a mí que lo observaba desde mi posición privilegiada.
El susodicho tenía la palabra. Para ser más exactos, no había dejado de tenerla desde que el acto comenzó. Se aferraba al micrófono como herramienta tenaz para hacerse oír y llevar su voluntad a todos los corazones de los presentes.
Ahora habla de mí. Me señala. Me da las gracias. ¡Me envía al cielo!
¡Desde luego!, es mi funeral y el protagonista es él,  ¡habrase visto!
Quiero que pare. Me aburro.

«Dos colgados»

─Entonces es martes, seguro, por lógica ─dijo el hombre apoyado sobre el alfeizar de la ventana mientras perdía su triste mirada en el horizonte.
─Pues no entiendo tu lógica ─contestó ella, regañada.
─¡Ya!, nunca lo haces. Siempre estás ahí, parada, mirando mi espalda y ni siquiera te molestas en usar el rabillo del ojo para observar lo que ocurre a nuestro alrededor.
─¿Qué nos puede importar a nosotros lo que ocurra ahí fuera?
─Imagino que poco, pero al menos sé en qué día estamos.
─Y eso, ¿de qué te sirve?, somos personajes de un cuadro, entiendes, un cuadro, no vivimos.

«El día más esperado»

─Por cierto, ¿hoy es domingo? ─preguntó Phil al ver que su compañera no se levantaba de la cama.
─Sí, ¿y?
─Pues creo que es hora de que te marches.
─¿Me echas de tu vida?
─Bueno… te echo de mi cama.
─¿Por ser domingo o por que te has cansado de mí?
─No. Es que dentro de un momento vendrá toda esa gente y, claro, creo que estaría feo que te encuentren aquí.
─Es lo último que me esperaba de ti, sin duda, la fama se te ha subido a la cabeza.
─Qué quieres que te diga, hoy es mi día, el Día de la Marmota.

Gracias a tod@s

Con el corazón en la mano tengo que decirte que no tengo palabras para describir lo que sentí ayer al contar con tu presencia.
Para mí fue un momento mágico, lleno de ilusión, de miradas cómplices, de sonrisas nerviosas… que sentí reflejada en tu cara y que llenaron mi alma al sentir tu presencia tan cercana. Gracias por tu amistad.
Uno de los momentos más especiales fue revelar la pequeña sorpresita que había colocada bajo tu asiento (o en el suelo, en algunos casos, jajaja). Descubrimos una caja de fósforos con la imagen, de la portada, de «El tesoro del abuelo» por un lado, y un agradecimiento y la dirección de este blog por el otro. Su interior guardaba un pequeño tesoro y tu cara al descubrirlo reflejaba la ilusión que tenías cuando de niñ@ recibías un regalo. Tres objetos ocultaba ─una hoja, un clip y una cerilla (ya usada)─ y un reto te proponía ─escribir una historia, que publicaríamos en los comentarios de esta entrada, con los tres elementos─.
Ahora es tu momento. Entra en comentarios, deja tu historia, comenta y lea las demás. En la entrada anterior encontrarás la mía.
Gracias, de nuevo, por tu asistencia.

«La carrera»

¡Acelera! Fue el enérgico grito que emitió Don José, el rico promotor de la carrera ilegal que se producía esa noche en el garito de Luismi, al ver que su apuesta se quedaba plantada en la mismísima línea de salida.
Por la calle tres, Trueno llevaba un ritmo constante; en la dos, Espronceda, como el poeta, titubeaba y no se decidía entre correr o caminar…; pero, en la cinco, Tormento, que hacía juicio a su nombre, no avanzaba, para desespero de su dueño, ni un solo palmo, nada.
Es lo que tiene apostar con caracoles, nadie sabe lo que harán.

«La chica de Barcelona»

Su futuro era incierto. Hace ya unos cuantos años había decidido que saldría de aquel lugar y lucharía, todo lo necesario, por cumplir su sueño, vivir en Barcelona.
Ahora el paro, el hambre, un matrimonio roto…, una vida rota, también habían acabado con aquel.
Soñaba con navegar por el gran charco que le separaba de su sueño, auque fuera en patera, y así poder visitar la gran ciudad, las grandes obras que tanto había visto y envidiado por la televisión vía satélite.
Había estudiado arte en una universidad africana y su vida estaba rota.
Su sueño…, se conformaba con pintarlo.
(Ya sabes, ilustración en http://blogdejesusbravo.blogspot.com/)

«Si lo llego a saber…»

Aquí vinimos a descansar; se lo habíamos dicho desde el principio, pero no hizo caso.
Habló y habló hasta que quedó exhausta, momento que aproveché para huir escaleras abajo. Peldaño a peldaño llegué al rellano y, con sumo cuidado, abrí la puerta. ¿Cómo es posible? Estaba de nuevo, en el mismo salón, con el mismo ser que repetía una y otra vez las mismas palabras, los mismos gestos.
Yo había sido malo en vida y ahora, en el infierno, estaba condenado a no descansar, sino a revivir, una y otra vez, mi castigo. ¡Maldita sea!, ¿porqué fui un político corrupto?
(Ya sabes, ilustración en http://blogdejesusbravo.blogspot.com/ )

«El último aliento»

Me acerco y anoto sus nombres, en mi vieja y sucia libreta de tapas de cuero. Sin apenas tener tiempo para levantar la vista, me sorprende un frío y duro acero que penetra en mis entrañas dejando mi ser vacío; a la vez escucho las fatídicas risas, aullidos, de los tres jóvenes:
─¡Anota esto viejo!
Sentía como mi cuerpo se quebraba. Mis rodillas fallaban y una cálida humedad manaba de mi vientre.
Caí de rodillas. Mis manos intentaban parar la hemorragia pero mis ojos se cerraban.
Ya en el suelo sentí como sus píes se alejaban.
Mi vida se marchaba.

(Ya sabes, ilustración en http://blogdejesusbravo.blogspot.com/ )