«Una luz para Navidad»

«Una luz para Navidad»

El lugar en el que vivo se ha llenado de luces de Navidad. No importa el frío de la noche, o la suave inclemencia de la niebla baja que todo lo empapa, al caer la oscuridad, y encenderse las bombillas, las personas salen a la calle para recorrer cada esquina y fotografiar cada arco, cada árbol, cada escaparate o cada farola. Tremenda colección de imágenes capturadas con sus teléfonos móviles, queda expuesta en las diferentes redes sociales. La competición está servida. Pero no todos son así. 

Bernardo pasea relajado. Como a todos los que ahora están por allí, le gusta esperar hasta que el arco de luces se conecta. Espera, como uno más, debajo de él hasta que éste se enciende. 

Disfruta del momento de dicho encendido y le gusta escuchar el asombro de los viandantes. Sin duda el momento posee una magia especial. Lástima que ahora está solo.

Como norma general no le gusta sacar fotos para el postureo, como hace la mayoría. Él prefiere empapar su mirada y sus sentidos con lo que aquel momento de luz significa. Por fin la Navidad ha llegado y aquel gesto, aquellas luces, así lo demuestran. 

Por un momento piensa en el significado del acto. Sin duda, para los comercios, es el pistoletazo de salida de una buena época de ventas. Para otros, aquellas luces, pueden significar una buena oportunidad para el disfrute: con fiestas, cenas, comilonas o  bailes. Los habrá que deseen la llegada de sus seres queridos…

Bernardo baja la cabeza y, por unos segundos, entristece. Para él, aquellas luces que ahora todos, incluso él, veneran, son el símbolo de una pequeña separación. Ella no está con él. Los sentimientos derrotistas se difuminan en el mismo instante en el que levanta la vista. 

La ve llegar. Aquellos pensamientos de que no aparecería se convierten en haces de luz que desaparecen ante tanto brillo. 

Llega con retraso, pero con la sonrisa que la caracteriza, “¡Qué bien le sienta esa bufanda!” piensa, mientras se acerca a darle un abrazo y un beso.

–Lo siento, me he perdido el encendido de las luces –comenta ella en cuanto se separan–. Quise llegar a tiempo pero… –él la interrumpe paseando la yema de sus dedos por sus labios. 

–No te preocupes, no pasa nada, la única luz que ahora me importa, eres tú. ¡FELIZ NAVIDAD!

Gracias por leerme.

PD: Este relato participa en el Séptimo concurso de Cuentos de Navidad que organiza www.zendalibros.com, por lo que, si buscas el #CuentosdeNavidad2022, le puedes dar muchos likes y compartirlo. Igual así lo leen más personas. Gracias.

«El farero de Isla Corazón»

«El farero de Isla Corazón»

A Alberto siempre le atrajeron los faros. Hace un par de años se compró un libro, un pequeño atlas ilustrado, que explica la geolocalización e historia de algunos de los faros más emblemáticos del mundo. En ese momento supo que no le importaría pasar una temporada trabajando en uno de ellos. Evidentemente no podía ser en aquellos faros expuestos en el libro, tan lejos y peligrosos, así que “se conformó” con hacerlo en el faro de Isla Corazón, cuya plaza había quedado vacante. 

Ese es un faro pequeño, levantado en la cara norte de un islote con esa más que evidente forma, que a su vez está situada en la parte más saliente de unos peligrosos arrecifes. 

La pequeña isla, a sotavento, tiene un pequeño atracadero, hecho de piedra, bien protegido de los azotes del mar y el fuerte viento reinante,  en el interior de una pequeña y cerrada cala rodeada de altos acantilados. Un estrecho y empinado sendero une esos dos únicos puntos de relevancia de Isla Corazón. 

Una vez en semana, una pequeña falúa se acerca, si el mar lo permite, para llevar provisiones a Alberto. Ese momento, y su más que fallida conexión a internet, son los contactos que el farero tiene con el mundo exterior. 

El día a día pasa rápido. Las labores de mantenimiento, del hogar, la hora de gimnasia diaria, la lectura, y el ratito que se conecta a Instagram para contestar a sus seguidores, hacen que el tiempo pase ágil. En soledad, pero ágil. Aún así Alberto reconoce que es muy duro estar solo, pero su necesidad de vivir una aventura le pudo. 

En tierra firme mantiene una historia real. Uno de esos corazones, con los que marcan sus fotos, corresponde a la persona que quiere que él regrese, que se mantenga a su lado, que deje esa vida. Él también lo está deseando. Esperan el día en el que ambos estén preparados y sabe que, el día menos pensado, esa falúa de suministros llevará un corazón rojo en proa, indicando que ya es el momento de dejarlo todo por ella

Gracias por leerme.

«Una copa medio vacía»

«Una copa medio vacía»

Creo que Matías no es como tu o como yo. El siempre ve la copa media vacía. O eso me cuenta. 

Ayer quedé con él. Me llamó. Tenía ganas de hablar, de no estar solo, de contarme las cosas que está viviendo. Yo estaba en las mismas, así que, ¿por qué no?

Pasamos un par de horas de cháchara. Tranquilas, disfrutando de un vino, la tranquilidad de la tarde, con alguna risa y con un montón de historias con las que ponernos al día. Después de escucharlo y, una vez en la distancia de mi propia soledad, creo que su perspectiva es diferente y, a lo mejor, es buena idea esa suya de ver la copa medio vacía. 

Había mandado la foto a María –menos mal que ella no me lee, o eso creemos, pues la reconocería–, en un momento de silencio y tristeza por no estar con ella, intentando que le reaccionara con un «Yo también te echo de menos», «Me gustaría estar contigo», «Espérame que voy» «Abre que estoy aquí»… Según me dice, se conforma con poco. 

En el mensaje, además, le recordaba lo felices que habían sido en la complicidad de su espacio, el día anterior, los días anteriores, cada vez que se ven. Como si a ella le hiciera falta ese recordatorio. En fin, imagino que Matías también tiene sus miedos y sus propios fantasmas que lo atormentan cuando está solo. Ella ahora está fuera y no puede acompañarlo. Él lo sabe, lo entiende, disfruta, a duras penas, de la copa medio vacía, la piensa, la desea.

Según me contó, la echa mucho de menos, aunque sabe que no pueden estar juntos todo lo que ellos quisieran. Así es la vida. En esas enciende la vela, por eso media la copa. Para él, cada vez que se unen, cae una gota en la copa, cada vez que se envían un mensaje, cae una gota en la copa; cuando se abrazan, caen varias gotas; cuando se besan, caen varias gotas; cuando comparten sus cosas, caen varias gotas… Por eso le gusta servir y ver la copa medio vacia, para poder llenarla cuando está con ella, eso sí, con el vino que a los dos le gusta, el que cambia de sabor y mejora notablemente, en cuanto lo comparten con sus labios, en un beso largo, tranquilo y sensual, que casi siempre pretende ser el último y que casi nunca lo es, pues les cuesta separarse. 

Para Matías, la copa medio vacía, es la vida que le queda con María, toda una vida. Ahora, que en la tranquilidad de mi soledad, pienso en sus palabras…, me serviré mi propia media copa de vino y brindaré por ellos, por su amor casi imposible, para que logren llenar sus vidas con besos, más momentos, abrazos, confidencias, amistad…, o mantenerlas medio vacías de igual manera, con besos, más momentos, abrazos, confidencias, amistad…

Gracias por leerme.

«Aquellos pasos de baile»

«Aquellos pasos de baile»

La tarde es agradable. Tu compañía, como siempre, es un placer. El centro comercial anda alborotado. La cercanía de las fechas navideñas hace que la gente tenga ganas de salir, comprar, entretenerse y pasar ratos fuera de casa. Nosotros no somos menos. 

En medio del bullicio que tenemos alrededor la música suena. Destaca el ritmo del bajo y el juego de las trompetas. Esto no lo esperábamos. En la plaza central han instalado un escenario y una banda empieza a dar los primeros acordes. La gente, ya acumulada a su alrededor, disfruta del momento. 

Las claves entran en juego, con su característico sonido retumbante y repetitivo, para marcar el son típico de la salsa. Me miras. Te miro. Noto un pequeño brillo en tus ojos y cómo tus labios se mueven en una simple mueca. Esa mirada, ese gesto, me basta para poder comprender qué es lo que quieres. Siempre se nos ha dado bien bailar juntos y ambos lo sabemos. Me gusta que me lo pidas así, insinuándote tímida, como lo haces casi siempre que quieres algo, pues expresar tus sentimientos te cuesta. Pocas veces he conseguido que lo hagas. No pasa nada, te endiendo.

Nuestros pies empiezan a moverse acompasadamente. El paso es el mismo. No nos cuesta sincronizarnos. Tu mano roza la mía, en un gesto casi instintivo, a la búsqueda del contacto firme y seguro. No la desprecio. Me gusta que lo hagas. La agarro con decisión para atraer tu cuerpo contra el mío. Un giro. A tu regreso me aferro a tu cintura. Disfruto hasta del contacto de tus manos frías, aunque el resto de tu cuerpo… 

Comenzamos a dar los primeros pasos cuando alguien nos interrumpe. Hay mucha gente. Nos saludan. Cesamos nuestro baile, que había empezado a convertirse en sensual, para poder atender la demanda, la tan intempestiva demanda. 

Ambos estábamos deseando continuar con aquel ritmo, con aquel roce de cintura, con nuestros pasos de baile, donde las manos hacen su propio juego, pero…, mejor nos marchamos y ya en la intimidad… 

Gracias por leerme.

«El triste gesto de su cara»

El libro que leía había llegado a sus manos por puro azar. Avanzaba entre sus páginas de manera fugaz, deseando continuar y a la vez que no terminara. Cada capítulo era una sorpresa. La vida de los protagonistas parecía un relato sacado casi de su propia vida. 

Ya casi había oscurecido cuando necesitó apartar la vista de aquellas letras. Encendió la pequeña lámpara de lectura y, casi en el mismo momento, sintió un pequeño escalofrío, como el suave revoloteo de una pequeña mariposa en su estómago, que le hizo atender a lo que ocurría en el descansillo del edificio.

Desde su cuarto sintió cómo se abrían las escandalosas puertas del ascensor, aquello le extrañó, pues conocía las costumbres del vecindario, y a aquella hora no era normal que nadie llegara. 

La luz del pasillo se encendió y el eco producido por un taconeo tímido, como de quién busca sin estar seguro dónde, ocupó el silencio del edificio. No tardó en escuchar el traqueteo de unos dedos contra su puerta. No esperaba a nadie así que se acercó con sigilo. 

Acercó su ojo a la mirilla para descubrir que, del otro lado, la estaban tapando con un dedo. Entonces lo entendió. Su estómago se encogió mientras que el tamborileo de los dedos se repetía, en esta ocasión acompañado de su voz: «Venga bobito, abre ya, que sé que estás ahí». No se lo podía creer. Miró sobre la mesa en la que había dejado el libro que hasta hace un momento leía sorprendido para ver cómo, en aquella ocasión la sorpresa, se hacía realidad y no era una cosa de literatura.

Gracias por leerme.

«La vieja del visillo»

No es tarde, así que tras compartir unas palabras con ella decido sentarme a su lado y aceptar la invitación de tomarnos un cortado. Casi de manera inmediata, tras las primeras risas, el visillo del primero B, de la acera de enfrente, se mueve. 

Lo veo de refilón, por el rabillo del ojo, pero no me llama excesivamente la atención, al ver que la ventana está abierta, así que, en un primer momento, imagino que la brisa es la culpable del movimiento. 

Casi sin querer pasan más de tres horas. Lo que era un cortado con risas y buena compañía, pasó a ser un vermut y más risas, para convertirse, al cabo del rato, en una botella de vino y una maravillosa cena. 

Con tanto alcohol, las risas fueron subiendo de volumen y los comentarios cargados de buen humor y picardía, también. Historias personales se entremezclaron.

Al levantarnos de la mesa, nos fuimos en la misma dirección, pues ambos teníamos el mismo camino. Nos agarramos del brazo y caminamos con paso lento. Cualquiera que nos veía podía pensar que éramos pareja. Tras doblar la esquina y abandonar la concurrida calle nos despedimos con un abrazo y: calabaza, calabaza, cada uno pá su casa. 

Nada más llegar al trabajo recibo un mensaje: «No te puedes imaginar lo que mis compis de curro me acaban de preguntar». Evidentemente no tengo ni idea, así que, en esa línea respondo. La respuesta no tardó en llegar: «¿Quién es el chicarrón con el que cenaste, y te marchaste anoche, tan acarameladita?»

La pregunta me sorprendió. No solo por el piropo hacia mi persona, sino cómo a la gente le gusta liarla de manera facilona y buscar el enredo.

Pasados los días me enteré de toda la historia. En el primero B, frente a aquel bar, vive una compañera de su gimnasio y, como parece que suele hacer, la susodicha estuvo un buen rato, tras el visillo, intentando ver qué se cocía, y de ahí, del ver el buen momento, la complicidad, la cercanía y el bienestar, sacó sus propias conclusiones, publicándolo a diestro y siniestro por doquier, con tal de tener una novedad que contar. ¡Ole por ella!

Gracias por leerme.

«Las palabras que el viento te lleva»

«Las palabras que el viento te lleva»
¿Qué le pides al viento?

Aunque ya estamos en otoño parece que el viento aún no quiere acompañarlos. Alberto lo necesita, sabe que es así, utilizándolo, como lo hacían los antiguos, la mejor manera que, a partir de este momento, va a tener para comunicarse con Ella. 

Alberto está en su coche, aparcado en aquel mirador que un día significó algo. Está tranquilo, esperando, viendo el cielo y deseando que por fin sople la brisa para poder enviar un deseado mensaje. 

Con los ojos abiertos, y el corazón alterado, como le ocurre cuando están juntos, sueña con que, cuando el suave ulular crepite sobre la ventana de la casa de Ella,  pueda decirle que él está allí, esperándola. Pero el viento no hace caso. Hoy no quiere soplar. 

Sin esperarlo el aroma de su perfume llega a su olfato de manera sutil. Es Ella. Alberto intuye que Ella se ha asomado al balcón. Esa ligera brisa que proveniente del mar se la acerca.

Abre la puerta y se baja para poder hablar mejor. De esta manera espera que cada una de las palabras que quiere decirle le lleguen sin cortes ni interferencias. Confía en el viento, ya no le queda otra forma de hablarle. 

Son muchas las cosas que quiere decirle, pero lo más importante es que, a la melodiosa brisa, le pide que a Ella le permita seguir sintiendo las suaves mariposas que le revolotean en el estómago cuando cada mañana se saludan. Le solicita ayuda para recibir el beso volado o el deseo de una abrazo furtivo, a la espera de encontrar el mejor momento, para hacerlo como a ambos les gusta.

Pero el viento es puñetero y, a veces, sin previo aviso, rola dificultando el rumbo que tenía previsto, o simplemente cesa y dejando al pairo cualquier maniobra. Alberto no sabe si, en esta ocasión, el viento cumplió su trabajo. O si ella sonríe al escuchar su suave susurrar en sus oídos con tantas palabras aún por decir. Tendrá que esperar a que Ella le diga algo. 

Gracias por leerme.

«Unas entradas para el teatro»

Parece que el dicho “El que espera, desespera”, se está cumpliendo. 

Mi amiga Ana lleva días con un par de entradas compradas para el teatro, esperando hasta encontrar un buen momento para invitar a Marcos a que la acompañe.

En realidad hace más de una semana que no habla con él y no sabe qué hacer. Ella desearía que él le mandase un mensaje, para así poder encontrar la excusa de hablarle e invitarlo. 

“¿Por qué no me ha escrito, si la última vez que hablamos, quedamos en que lo haría?”, me pregunta con desazón esperando a que yo le dé una respuesta que evidentemente no tengo.

Yo le insisto en que se lance y que dé el primer paso, aunque estoy convencido de que no se atreverá. Ella es de las que cree que debe ser él quien la ronde, “¡¿Qué va a pensar?!”, me comenta sorprendida cuando le traslado mi propuesta. Aún así noto que lo piensa. 

Por lo que percibo creo que lo que le gustaría es que la invitación a acompañarla fuera algo disimulado, que surgiera de una conversación normal, sin aparente objetivo, como sin querer, para así poder aparentar lo que en realidad no es: que se muere de ganas de estar con él, que está desesperada por tener algo más que una simple conversación o una simple cita para ir al teatro, que quiere algo más que un rollete.

Pues aquí está, con las entradas del teatro en las manos, impaciente, golpeando con ellas sobre la mesa, esperando con impaciencia esa llamada que parece que no llega y con unas ganas locas de demostrar que son una excusa para poder tener una noche distinta. Una noche en el teatro o…

Gracias por leerme.

«Poder hablar»

«Poder hablar»

Hay momentos en los que uno debe saber cuándo es buen momento para callarse. Hay otros en los que hay que responder. Luis lo sabía. Por eso, cuando Claudia lo había convocado para  tomar un café acudió extrañado a la cita, pues sabía que no era muy normal la insistencia de ella por quedar. Tenían una conversación pendiente y sospechaba que ella había decidido que ese era el momento para acometerla.

Tras un rato de hablar sobre temas banales, Claudia atacó. Comenzó a echarle en cara sus más que plausibles intenciones de mantener relaciones con Clara, su amiga. 

Luis intentó hablar, exponer su postura, su forma de ver lo ocurrido. No pudo. Fue entonces cuando decidió callar. Aguantó los argumentos basados en frases sacadas de contexto, en suposiciones, en comparaciones…, pues sabía que de nada servía que él narrara el porqué de aquellas palabras o aquellos comentarios, pues ella ya había tomado partido y había acudido a aquella cita para desahogarse y contar lo que le estaba molestando. 

A Luis le dolió cuando Claudia le dijo que ahora dudaba de las cosas que tiempo atrás él le había dicho. Todas habían sido sinceras y, sin que ella lo supiera, aún tenían plena validez, pues sus sentimientos, pese al tiempo transcurrido, en nada habían cambiado. 

Se quedó con las ganas de decirle que el intento de relación con Clara no tenía los visos y la oscura intencionalidad que ella le estaba dando. Se quedó con las ganas de comentarle que la única pasión que tenía era ella y que, Clara, aunque sonara mal, era solo una excusa para poder acercarse más a ella.

Por esos derroteros fue el café que Luis se tomó conmigo. Descargó, me contó lo que no puedo contarle a Claudia y me soltó las cosas que no se atrevió a narrarle a ella. Quizás lo hizo para desahogarse pero creo que él quiso que yo lo contará. Espero que puedan volver a hablar. 

Gracias por leerme.

«Tomar un buen café caliente»

El café me gusta tomarlo caliente como a las…

El café me gusta solo, caliente y amargo. Hay quién dice que así mismo es la vida. Quien piensa de esta manera, no siempre acierta.

El pequeño apartamento en el que ahora vive tiene grandes ventajas. Si le preguntas a él, sin duda te dará dos: Se limpia fácilmente y dispone de una fantástica terraza en la que se sienta todos los días a disfrutar de un buen café. Lo hace como yo: solo, caliente y amargo, como la vida misma. 

Aquel día, se disponía a desayunar en la terraza mientras se ponía al día con lo ocurrido en el mundo leyendo Twitter. El timbre sonó y eso le molestó, no le gustan las tostadas frías y, por supuesto, tampoco el café.

La mirilla le devolvió una imagen que no se esperaba. La vecina rubia. 

–Perdona que te moleste. Es que he dejado las llaves de mi apartamento puestas en la cerradura, cerré sin querer y… Ya sabes, mi ex dice que es porque soy rubia.

No supe qué decir. Aquella mujer me ponía nervioso. Habíamos coincidido un par de veces en el garaje, pero como nunca uso el ascensor, apenas cruzábamos un intento de saludo con la cabeza. Otros días, la escuchaba en la terraza: hablando por teléfono, o regando las plantas, o tomando el sol… Reconozco que en alguna ocasión me subí a la silla para espiarla por encima del muro.

–Tranquila, tu eres la vecina rubia y yo el vecino colgado –comté de manera estúpida– ¿Qué quieres hacer?

–Si no te es mucha molestia, creo que podría saltar por tu balcón y así poder entrar en mi casa… Dejé la puerta abierta, salí a regar las plantas del pasillo y la corriente de aire… –su cabeza bajó y entonces me di cuenta, hasta ese momento solo me había fijado en los labios carnosos de su boca, que estaba en bikini.

Allí me quedé, embutido aún en mi pijama, con la cafetera en la mano enfriándose y con la mirada puesta en sus pechos, calentándome.

–Genial –atiné a decir– ¿Te apetece un café?

Desde ese día, siempre que podemos, nuestro gusto por el café ha cambiado. Ya no lo tomamos solos, sino juntos, ni amargo, sino acompañados de risas y carantoñas. Lo que sí que ha aumentado es lo caliente del momento.

Gracias por leerme.