Hay historias que por su realidad, por su valentía o por su originalidad me asombran, ganándose el derecho de ocupar una pequeña parcela de esta esquina.
El otro día, atraída al colegio por la llamada que le hizo una de mis compañeras, conocimos a una madre coraje que nos contó la sorprendente historia de su familia.
Daniel es un niño de ocho años, vecino del municipio de la Victoria. Está aquejado de una complicada enfermedad, cuyo nombre me cuesta reproducir, y del que tiene el «extraño honor» de ser el único caso de Canarias. Su felicidad, pero sobre todo su bienestar, pasa por la necesidad de cambiar su actual silla de ruedas por una nueva.
Aunque ya estemos cansados de repetirlo, la situación económica les impide hacer frente a esta situación ya que el problema radica en que el nuevo medio de transporte, para su tullido cuerpo, cuesta ocho mil euros.
Pero lejos de hundirse, o desmotivarse esta madre decide luchar e iniciar una campaña para recoger ese dinero, de la manera más original y más sencilla: en forma de tapones de plástico.
Necesita veintiocho toneladas. Sí, parecen muchas, pero entre todos podemos ayudarles, o no has oído eso de poner un granito de…, perdón un tapón.
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