Esquiar es uno de mis sueños hechos realidad. La semana pasada, mientras media humanidad bailaba al son de los ritmos calientes del Caribe yo me escapé, junto a mi hijo, a las frías tierras del norte de España, a los Pirineos.
En un principio parece que dos horas y media de avión y seis de guagua te quitan las ganas de vivir tal experiencia pero, nada más lejos de la realidad. Si compartes el viaje con nuestro chofer «el bronqueador» ─así le bautizó Samuel─ la diversión está servida. Es un hombre que se enfada por todo, que grita para conversar, que chilla para hablar por el manos libres y que, además, manda al paredón a media España, mientras que a la otra media la pasaría por la quilla en un mar lleno de tiburones.
Llegar a Formigal fue, sobre todo, un descanso. Ya no sentíamos las posaderas, las piernas no sabían como ponerse y los dedos de los pies aullaban exigiendo libertad. Hasta los oídos se habían cansado del «bronqueador»
La semana pasó rápida, pero tal y como esperábamos: madrugar, esquiar hasta las cuatro y media de la tarde, paseo por el pueblo, jugar con la nieve, spa, cena, lectura y cama.
Es increíble lo que me gusta la sensación que despierta este deporte. Estás «perdido» en mitad de una montaña que no conoces, con aquellas cosas ─botas─ incomodísimas en los pies y unas enormes tablas bajo ellas. En un momento de decisión, te dejas deslizar para empezar a dibujar dos líneas paralelas ladera abajo. El frio aire te da en la cara, el sol irradiaba su calor y mi alma vuela libre con el único deseo de llegar abajo para volver a subir. Lástima hacerlo una vez al año.









