«Pateo por las Siete Cañadas con luna llena»

Como no podía ser de otra manera este fin de semana también opté por actividad lúdico-deportiva, en esta ocasión gracias a la organización de mi grupo de montaña Tamaide.
            Salimos a las 18:15 horas de La Orotava rumbo al Parador Nacional de las Cañadas del Teide. Tras una parada de asistencia a un accidente ─un coche volcado con un señor, digamos robusto, atrapado en su interior─ llegamos a nuestro punto de partida.
            Tras las obligadas visitas a los servicios, por aquello de caminar con la vejiga en condiciones y subsanar los problemillas de próstata de algún compañero, comenzamos a caminar, aún con luz solar, a las 20:15. ¿Hay algún sitio más bonito que el Teide y sus Cañadas?, seguro que alguno habrá pero el placer que conlleva caminar por el sendero de las Siete Cañadas, señalizado con el número 4, nos hace comprender que estamos ante una verdadera maravilla de la naturaleza.
            La noche comienza a caer. El juego de luces y sombras es mágico. Cuando la oscuridad reina el cielo nos brinda un espectáculo apabullante de estrellas que cobran sentido con la compañía y conocimientos de una compañera, experta guía turística y especializada en rutas de las estrellas. Sus comentarios hacen enriquecer nuestro corto conocimiento y aportan pequeñas pinceladas sobre nombres de constelaciones, planetas, asteroides, viejas historias y mitologías…
            Tras un rato caminando en semipenumbra la luna hace un despliegue total de luminosidad haciendo del todo innecesario el uso de linternas o luz artificial.
            Cinco horas y media de caminata. Cinco horas y media para disfrutar de la naturaleza, del silencio, de las estrellas, de cantidad de gente que ha programado lo mismo que nosotros, de la luna…, de la compañía.
Sólo puedo decirte que si tienes oportunidad no te lo pierdas, y si quieres, yo te acompaño. 

CLASE DE AQUAGYM

Tras pasar un par de días desparramado sobre una tumbona la información del altavoz, que informa del comienzo de la clase en la piscina central, llama mi atención.
          Hasta donde he leído, el aquagym trata de hacer honor a su nombre, que proviene de mezclar los términos, en inglés, de gimnasia y agua, dando por consiguiente esta modalidad deportiva a la que se le atribuyen ciertos beneficios para la circulación, la musculatura…, en fin, justo lo que necesito para poder desentumecer la espalda, que ya tiene la forma de la hamaca.
          Para practicar este aparente deporte se necesita de, al menos, dos factores:
1. Música, que debe activarnos. La monitora, una guiri con brazos y espalda de levantadora de pesas, lo tiene claro, el “chunga chunga” de la música a toda pastilla no deja ni oírla.
2. Las propiedades del medio acuático, que debe proporcionarnos un menor esfuerzo. Después de estar un buen rato sube y baja las piernas, vete para un lado, vuelve para el otro, corre para arriba, corre para abajo… empiezo a tener ciertas dudas sobre este aspecto.
          Tras algo más de media hora de sufrimiento, en el que por cierto casi me ahogo, con tanto manos arriba, manos abajo, culo apretado, cabeza atrás… llega el momento de plantarme y ponerme en el lado de la piscina en el que hago pie, igual la cosa funciona mejor ahí. ¡No haberlo pensado antes!
          Sudar no sé si se suda, ahora, me duele todo el cuerpo, así que me vuelvo a la hamaca a descansar, que la tengo domada, y ya no me muevo hasta que se me olvide tanto deporte.

«Playa de Bocagrande» (Viaje a Miami y Cartagena de Indias. Y 3.)

Pisar las canelas arenas de la Playa de Bocagrande es dar por sentado, a todos los que allí habitan, que eres turista y que estás dispuesto a pagar por los múltiples servicios que se prestan.
  El primero en asaltarte es el repartidor─acomodador de toldos, sillas y tumbonas. La arena cálida y el sol ardiente hacen del todo necesario que un «españolito blancucho», como yo, regatee ─obligatorio─ y contrate sus servicios.
            Nada más sentarte a la sombrita comienza el agobiante trafiqueo:
            ─Hola mi amor ─dice la negra Jennifer del Carmen que se presenta muy educada─ te voy a regalar una muestra de los masajes relajantes que hago.
            ─No gracias ─¡demasiado tarde! Sus manos, engrasadas con algún ungüento, ya se han apoderado de mi gemelo derecho. Toca insistir─. ¡No gracias!
            ─Ok papi. A lo mejor más tarde. Acuérdate de mí que yo vuelvo.
            Tras su marcha, o quizás al mismo tiempo, comienza el desfile: la de las trenzas  ─que también regala una muestra a la niña, para que nos acordemos de ella─, el de las gafas, la de las pulseras, el que vende relojes, el de las camisetas, la del agua, uno con refrescos, otro con helados… y así uno tras otro durante más de una hora y yo, con los morros puestos, intentando ser cortes y dando las gracias a todos.
            Después de un refrescante baño, en el que me asaltó el que da paseos en moto acuática, le tocó el turno a los que venden: sombreros, periódicos, flotadores, collares, dulces, pescado, camarones, fruta…
Total, que no puedo dar una valoración objetiva de la playa ya que me pasé la mañana con una sonrisita falsa diciendo ¡no gracias!
Al final del día entendí a la negra Jennifer del Carmen ─que por supuesto se ofreció dos o tres veces más─ y tuve que darle la razón, el masaje me hizo falta pero para poder aguantarlos a todos ellos.

«Recalculando» (Viaje a Miami y Cartagena de Indias. Y 2.)

Era la primera vez que utilizaba un navegador o GPS o «Juanita»como al final bautizamos a aquella voz que nos guiaba por las calles de Miami.
            La cosa parece sencilla. Le dices dónde quieres ir y Juanita va dando las indicaciones oportunas para acometer tal recorrido, pero claro, primero tienes que grabarle la dirección exacta.
            La voz del aparatejo y su funcionamiento resulta una maravilla:
            ─A una como dos millas gire a la izquierda ─y allá que íbamos nosotros apoyados por la imagen de la pantalla que señala cada una de las calles)
─Por esta no. Por aquí tampoco…
─¡A cero coma dos millas gira a la izquierda.
─La próxima ¡seguro!
─¡Recalculando!
─¡Me cahis en la mar! ─me engañó la concepción del espacio y la diferencia entre las millas y los metros, ¡que Juanita es yanqui y mide en millas!─ Era la siguiente.
Por suerte para nosotros no pasa nada. Juanita es realmente eficiente. De manera automática es capaz de recalcular nuestra posición y ofertarnos otra ruta para llegar a nuestro destino.
─¡A cero coma seis millas, gire a la derecha y manténgase a la izquierda!
─¡¿Cómo?! ¿Qué dijo? ─el resto de la tripulación se ríe en intenta razonar la orden.
Cuando paso el desvío y escucho la palabrita «¡Recalculando!» comprendo mi error. No hice lo que debía. Pero no importa, el dichoso aparatito nos da otra opción.
─¡A dos coma dos millas, gire a la izquierda!
¡Bien!, esta vez estoy concentrado. He mandado a callar a todos los navegantes adjuntos y mis cinco sentidos están con Juanita.
─¡A cero coma dos millas, gire a la izquierda y manténgase a la izquierda.
¡Ay la leche! Creo que lo he entendido giro a la izquierda ─por esta no, la siguiente─ y me voy al carril de la izquierda. El momento es de tensión. ¿Lo hice bien?
─¡Llegando al destino por la izquierda!
─¡Bieeeeeen! Lo logramos.
Toda una experiencia esto del GPS. Un par de semanas más y hasta nos hubiéramos comprendido. Ahora es momento de que nosotros también recalculemos y nos vayamos a la cama.

«La sorprendente Miami»

Entrar en EEUU es toda una aventura de muchas horas. No solo por la duración e incomodidad del vuelo, sino por la insoportable cola que hay que hacer para pasar el control de inmigración, sellado de pasaportes, búsqueda de la maleta, posterior escaneado de todo el equipaje y, por tener que soportar ciento y una pregunta sobre los motivos que nos llevan a pisar las arenas del «imperio» (cuánto tiempo vas a estar, cuánto dinero llevas, dónde te vas a alojar…).
            Una vez superada la cachetada de humedad, que te da al salir del aeropuerto, toca coger el «Suttle bus» para dirigirnos al edificio de alquiler de coches, un Dodge siete plazas, con navegador, asientos automáticos, carrocería impresionante y gigantesco por todos lados.
            La ciudad es inmensa, tal y como la esperaba, con sus amplias calles, altos edificios, grandes mansiones y robustos coches.
            Miami Beach cumple, al pie de la letra, con los recuerdos e imágenes guardadas en la retina de series como «Corrupción en Miami». Con cuerpos esculturales, y aceitosos en algún caso, haciendo flexiones, patinando, corriendo… Los vigilantes de la playa dan seguridad y muchos despistes ya que se exhiben de manera notable y es imposible evitar echarles una miradita. El agua del mar es caliente, nunca me había metido en una sopa como esa, parecía, más que un fideo, un relajado tallarín.
            Alojarnos al pie de la playa, con el típico coche cubano en la puerta, pasear por Ocean´s drive o por la calle ocho «la Little Habana», contemplar el Art deco de sus calles… es un verdadero placer y todo sin necesidad de hablar inglés, que para eso estamos en la capital de Latinoamérica.

«De cacería»

Los centros escolares son lugares increíbles donde, en ocasiones, suceden acontecimientos insospechados.
Anteayer estábamos reunidos en mi despacho cuando mi interlocutora observa que algo extraño ocurre en Educación Infantil: había un señor, alto, flaco, con ojos desorbitados y porteador de un palo largo, cual lanza quijotesca, asomado a la puerta de una de las aulas.
Rápidamente nos personamos en el lugar. La imagen no tenía desperdicio. El señor de la lanza había entrado. Ahora se encontraba a escasos dos metros míos, vigilaba la esquina de la entrada, justo a mi izquierda. El alumnado, veinticinco churumbeles, y una maestra, sentados, cual balsa de salvación, sobre los otrora pupitres.
Detrás de mi se acercaban más hombres y más palos. Una vez analizado la situación dirijo mi vista hacia la palera. Tras ella, agazapada, temerosa… ¡una rata!, ¡la leche!, ¡un pedazo de roedor!
Entendiendo que no era yo el líder adecuado para aquella situación solicito al expectante público y la aguerrida maestra que no abandonen su posición. Retrocedo para ponerme a cubierto y cedo el mando a los jardineros, que ya en número de cuatro habían tomado posiciones para abatir a tan infame enemigo.
Tras la señal de ataque, dos o tres golpes bastaron para que «la susodicha» falleciera en el patio. Uno de los valientes, guante en mano, la asió por la cola y la izó victorioso. ¡Con un par más de ellas hacemos una barbacoa! –afirmó−. Los demás lo festejaron.
Al entrar al aula, el alumnado y la profe, seguían en su lugar, pálidos y desencajados. Una broma, un aplauso y un breve obituario bastaron para hacer cambiar el color de sus caras, la sonrisa a sus labios y volver a la normalidad.
El bicho terminó sin estudios, en la basura, tiesa. RIP.

«Ruta por Salamanca»

Este año parezco Marco Polo (Pirineo, Lisboa, Lanzarote). Aunque no lo creas, otra vez me voy de viaje. En esta ocasión la aventura transcurrirá por tierras Salmantinas, acompañado por quince de mis alumnos/as de quinto de primaria y de Nuria, mi mano derecha, y a veces también la izquierda, en el cole.
La “culpable” de todo es ella. Se le empeñó que debíamos presentarnos a un programa del Ministerio de Educación y Ciencia que, a punto de expirar la convocatoria, nos llevaría de viaje con todos los gastos pagados. Ni corta ni perezosa, en menos de veinticuatro horas tenía el proyecto listo. Presentamos “in extremis”, pero entró y nos seleccionaron. Solicitamos Extremadura, Cantabria o Madrid, así que el MEC nos dio Salamanca, que al fin y al cabo, es el resultado de la triangulación de nuestros deseos. Como, en realidad nos daba igual… allá que vamos.
El plan del viaje es agotador: Base aérea, ruta monumental, Béjar, La Alberca, Ciudad Rodrigo… Serán siete días muy intensos, con sus veinticuatro horas al tanto de los quince duendes convertidos en hijas e hijos “postizos”. Ellos se lo han currado mucho y están muy nerviosos, sus madres y padres más.
Será una experiencia inolvidable, para todos. Ya les contaré, ahora tengo que hacer la maleta.

¿Con ocho basta?

Aquella famosa serie nos contaba las peripecias de una familia con ocho hijos. Ayer tarde nos volvimos locos y, emulando la susodicha, se nos ocurrió montar en casa una fiesta pijama con, no ocho, sino diez niños.
          Lo que en principio parece ser una locura para tirarse de los pelos, al final resulta todo un experimento divertido. Los niños, cada uno de su padre y de su madre, fueron llegando por goteo. El “hijo de la reina pipiada”, con su típico entusiasmo; el de “los chuquis”, tímido aunque forma parte de la familia; “el diseñador”, que se asombró de la cocina; “el educadito”, que hasta nos trataba de usted; “el muerto de hambre”, que según pasó el umbral no paró de preguntar por la comida; “el revoltoso”, pero colaborador al máximo; “el sosegado”, que parece que nada lo estresa; “el yonocomodeeso”, que trajo hasta su propia cena; “el soldadito español, soldadito valiente”, que no se quitó la gorra de camuflaje ni para dormir y, por último, “el protagonista”, que cumplía diez años y nos metió en este follón.
          Te puedes imaginar el espectáculo. Yo con mi rejo de maestro, pito incluido, organizando el follón. Jugaron a la Wii -¡bendita máquina!- cenaron, colocamos “el campamento” en el salón –cada cual trajo su saco- vimos una peli-de esas de chicos, con dragones, espadas, peleas…- y a las 00:00, hora zulú, toque de queda.
            El desayuno fue lo más divertido. Pásame la leche, el sándwich, la mantequilla otro bollito, más zumo… Pero a las once de la mañana, “cada oveja con su pareja”.
          Esperaba un buen lio, guerra de almohadas, pedos y calzoncillos volando, pero nada, todavía son pequeños y la testosterona no ha hecho su aparición. Ya llegará el momento. De momento nos atrevemos a repetir.

«Muito obrigado»

Sin duda nada mejor que una buena escapada a Lisboa, sin niños, ni suegra, ni madre… ni perro, digo tortugas, que canes no tengo, para recargar las pilas y afrontar el final de curso.
            
     Para definir la ciudad basta una simple palabra, bella. Tiene el aire de cualquier metrópoli del Mediterráneo, pero bañada por el Tajo. Con sus callejuelas estrechas, sus grandes monumentos, sus peculiares eléctricos amarillos, sus edificios estilo años sesenta, su ropa tendida a la altura de las manos…, el aire que respiras te invita a pasear y recorrerla de cabo a rabo.
            
      Aprovechamos muy bien el tiempo y además nos permitimos una excursión para ver los alrededores: Sintra, cabo de  Roca, Cascais y Estoril.
           
      Comimos bacalao y dulces de nata. Bebimos pringados, vino verde y Super Bock. Alimentamos nuestra alma de su triste y melancólico fado, en un “guachinche” tan peculiar que hasta el camarero y la cocinera se arrancaron a cantar. Aprendimos, y mucho, de su cultura, su historia, su tradición y patrimonio.
            
      Pese a estar apenas tres días, regresamos con la seguridad de haberlo visto casi todo (Alfama, el Barrio alto, la Baixa, Belem…) y con las ganas de repetir. Si tienes oportunidad no lo dudes.

«Teno, asombroso Teno»

Es cierto el dicho publicitario ese de que «es bueno es vivir aquí». De nuevo, mis compañeros del grupo de montañeros de Tamaide me han sorprendido.
La caminata de hoy nos llevó por la zona de Teno Alto. Salimos de Buenavista para ascender, por un auténtico camino de cabras ─de las de verdad, y no de las que  cagan en la puerta de mi casa una vez en semana─, por la subida del Risco, también conocido como la bajada de los muertos ─detalle este que aclararé un “fisco” más adelante─, sito en el Barranco Bujame. Tras una hora de auténtica subida, paso a paso, escalón a escalón, llegamos a la primera sorpresa del día. Al traspasar la roca del viento ─lugar este en el que al parecer alguien se dejó una puerta abierta y sientes como se te lleva Eolo─ descansamos en lo que unos afirman que antes de ser una era, era un Tagoror.
Ataúdes de Teno Alto.
Continuamos sendero para desviarnos hasta una pequeña cueva que, si bien en alguna ocasión había escuchado una historia, nunca la había sentido tan de cerca. En tan impresionante lugar se ocultan dos ataúdes, ¡sí!, uno para niño/a y otro para adulto ─aquí tienes la prueba─. Pues bien, al parecer, hasta los años setenta y desde antaño, servían para bajar a los difuntos ─de ahí el nombre de la bajada de los muertos─ a hombros, hasta Buenavista del Norte, ya que en Teno Alto no había cementerio. No pude por más que imaginarme la escena de la niebla, el frío… y la gente, entre rezos y sollozos, acudir al sitio para recoger el féretro con el que trasportar el cuerpo. Tétrico, triste, misterioso, lo sé, pero no deja de tener su aquello.
Sorprendidos por el descubrimiento, la marcha continuó de manera normal. Pasamos Teno Alto donde algunos probaron unas viandas del lugar, continuamos camino hasta El Palmar, pasando por el frondoso bosque de Brezos en flor y regresamos, hasta Buenavista. Ya te imaginarás que la impresionante subida, se convirtió, tres barrancos más allá, en una interminable bajada.
La excursión mereció la pena y, como dije al principio, con tan bello paisaje, cinco horas de pateo y tan estremecedora historia se hizo realidad el pensamiento de lo bueno que es vivir aquí.