«La semana del infierno»

Según
leí en alguna revista, las fuerzas de élite de los
Estados Unidos pasan un entrenamiento durísimo, cuyo punto cumbre es
la denominada Semana del
Infierno. Cinco días en los que los reclutas pasan por duras
carreras, ejercicio físico extremo, constante frío, hambre y se les
priva de sueño. No te lo creerás, pero la semana pasada viví algo
parecido.
Se
me fueron juntando una serie de eventos (comida de colegio, encuentro
con amigos, despedida de soltero de mi “¡cuñaoooo!”, almuerzo
con excolegio, partido de España…) que me hicieron recuperar la
forma física, de las marchas y salidas nocturnas ―se
entiende, que la otra ya está del todo perdida―,
en un abrir y cerrar de ojos.
Desde
el miércoles estuve sin parar, como los SEAL. Corre para allá y
vente rápido, que hay que traer el hielo y las chuletas. Las manos
congeladas de tanto cubata, cervecita fría y los tan de moda
gintonics.
Que si hoy toca cenar sushi, tasca, pizza o ir de pintxos.
Acostándonos a las tantas y levantándonos en perfecto estado de
revista para poder ir a currar, y que se note lo menos posible ―¡uf!,
esto
creo que no lo conseguí del todo―…

En
fin, hoy había prometido ir por el cole a recoger la clase…, para
poder disfrutar de mis vacaciones con la conciencia tranquila, pero
va a ser que no. Estoy que me muero. ¿Iré mañana? He sobrevivido
como uno de esos aguerridos valientes. Bueno,
igual puede que no, pero estoy tan cansado o más que cualquiera de
ellos, que es el sacrificio que debo soportar por ser tan sociable.

«Riéndome de mi sombra»

Con cierta frecuencia he leído a los asiduos a este blog comentar
aquello de: «Es que lo
que no te pase a ti, no le pasa a nadie
».
En esta ocasión dicha expresión es del todo cierta.

Hace
unos días, asumí el compromiso de acudir a un colegio para reunirme
con los chicos y chicas de sexto de Educación Primaria que se habían
leído uno de mis libros. La idea es muy positiva ya que, tras la
lectura y el trabajo realizado con el mismo, preparan una entrevista
y tenemos un encuentro en el que intento resolver sus dudas, aprender
de lo que más y menos les ha gustado del libro… Ya lo he hecho
otras veces y resulta muy gratificante para todos.

Pues
bien, tal y como habíamos quedado, me presento en el centro a las
doce y treinta de la mañana. Muy amablemente me atiende la auxiliar
administrativa que me invita a tomar un café y me da un poco de
charla en lo que esperamos a la directora. Como al parecer estaba
ocupada, resolviendo un problema con una familia, mi acompañante,
que era más bien parca en palabras y corta de conversación, me
sitúa en la biblioteca del recinto escolar. El lugar estaba
perfectamente decorado, ordenado y limpio. Allí quedo, a la espera
del alumnado.

Como
me puse a ojear el tiempo iba pasando y oigo el timbre característico
del cambio de clase. Vuelvo en mi. Repaso mis notas mentales, y ocupo
una silla colocada sobre una pequeña tarima. Los minutos siguen
pasando y aquí no viene nadie. Me asomo por la rendija de la puerta,
cual vecina entrometida, y como oigo voces recupero raudo mi
posición. ¡Ya vienen! Pero nada, sigo solo, allí no entra nadie.
Mosqueado, que ya uno no está para tonterías, decido salir y
hacerme notar. Nadie por aquí, nadie por allá. Me voy a secretaría.

―Mire,
perdone ―me dirijo a la eficaz funcionaria―, es que llevo un rato
esperando y no viene nadie.

―Sí,
ya le dije que la directora estaba ocupada. Tardará un ratillo.

―Ya,
pero es que yo vengo al encuentro con los de sexto. Soy el autor del
libro.

―Ya,
pero como los de sexto están de viaje, pensé que quería ver a la
directora.

¡Ups!,
se me acaba de caer todo al suelo. La tía me mira sonriente y se
queda tan tranquila. No supe que decir. En ese justo momento sale la
directora, conocida mía. Me mira con asombro y se echa a reír.

―¡Me
vas a matar! ―me dice mientras me planta dos besos con labios de
Judas― Me olvidé llamarte ―vuelve a sonreírme.

La
cara me llegó al suelo. Me recompuse como pude y tras escuchar las
ristra de disculpas, promesas, alabanzas y demás excusas. Me marché.

Superado
el chasco, solo queda reírme, pero esta vez de mi sombra, que para
eso uno es como es.

«Una jaula llena de grillos»

Tras
la muy agradable experiencia
del año pasado
y ya cumplidos los abriles,
decidimos repetir el encuentro. Una vez más celebramos el cumpleaños
de Samuel con una “acampada” en el salón de casa.
     En
esta ocasión los diez osados vinieron pertrechados, no solo de sus
sacos de dormir, aislantes, pijamas y útiles de aseo, sino que, a
demás, por aquello de la edad y el tiempo transcurrido, comenzamos a
ver cómo las hormonas empiezan un tímido amago de aparición, con
voces que cambian, granos, pelillos en el bigote…
     La
tranquilidad de la que presumía hace doce meses, se vio un poco
comprometida. Tuve que incautar alguna blackberry,
por ser elemento aislador del propietario y distorcionador del
comportamiento del grupo, así como soportar más gritos, música
estridente (motivadora según ellos), vocabulario más evolucionado
(por no nombrar las palabrotas) y sobre todo, el aumento de los
olores corporales.
   Lo
bueno de tener un garaje amplio es que te permite la versatilidad de
convertirlo en: sala de videojuegos, cancha de fútbol sala o,
incluso, y en algo más moderno, en skate park.

     Después
de una amplia cena a base de las socorridas pizzas y de terminar
aburridos de la “benditaWii”, nada mejor que una buena película
para amansar a las fieras. Yo a las doce, cual Cenicienta, me retiré,
dejando a la mitad dormida y a la otra a punto.
    Todo
transcurrió en la normalidad hasta las 7:15 horas. Parecía que el
trompeta tocaba arrebato. Las fieras, con las pilas cargadas y ávidos
de aventuras, comenzaban la consabida lucha de almohadas, montañas
sobre el más débil o despistado, carreras al “pipirum”…
Parecían animalitos encerrados en una pequeña jaula.
     El
desayuno todo un lujazo, lo mejor. Jugos, panes, sobaos, leche con cola-cao…
Veinte manos pidiendo. Hasta que, por fin, llegaron sus estimados
padres y madres a recogerlos.
     Una
vez más superamos la prueba, pero no creo que la repitamos, se hacen mayores.

«Un día irrepetible»

Cuando los planes salen bien, uno se lo pasa en grande, pero cuando los planes salen mejor de lo que esperas, es una verdadera gozada. Ayer, sin quererlo, fue uno de esos días, no solo por la buena compañía, que en verdad lo es todo, sino por las distintas aventuras y experiencias que vivimos.
La mañana se presentaba tranquila. ¿Qué os venís para el sur? ―fue la llamada que lo lo inició todo―. El tiempo está medio raro pero… ¡allá vamos! El plan era atractivo: barco, bañito, sol, algo de comer, algo más de beber, tranquilidad…
La cara de los niños al ver el «bote» en el que íbamos, ya presagiaba que lo íbamos a pasar bien. Tras zarpar y poner proa al horizonte, el viento en la cara y la sensación de libertad que lo acompaña hicieron su labor. La tranquilidad duró poco.
―Ahora, ¡a por las ballenas!
Los gritos de los más intrépidos se apoderó del momento.
―¡Por allí soplan! Fue la clara contraseña imitando a las viejas películas de aventuras.
Impresionantes. Un grupo de ballenas navegaban a nuestro lado, como si la cosa no fuera con ellas. Los más decididos se prepararon para lanzarse al agua e intentar bañarse a su lado. Uno, que es más cobarde, tardo más en arrojarse por la borda. Mientras bogaba con mis brazos en su dirección a mi mente solo acudía la imagen del desvencijado Capitán Akab, con su pata de palo, maldiciendo su mala suerte y la risita de la temible Moby Dick. Al final, las asustadizas fueron ellas.
De vuelta a la costa, nuestro capitán, que oteaba eficientemente el horizonte, volvió a dar un grito de alerta, cual pirata en lo alto del palo mayor.
―¡Tortugaaaaaa!
Ummm, ya todos pensábamos en la sopa, cuando él y su compinche, se habían lanzado al agua para rescatarla. No podía nadar. Una vez a bordo, nos contó que se les pega un cangrejo que les impide sumergirse. Esto les va matando poco a poco. Conocedor de las artes más marineras, y al parecer de algo de biología marina, le quitó dos o tres de estos bichos. Como es de imaginar la emoción ya estaba a flor de piel. Para contrarrestarla nada mejor que llegar a puerto, que a este paso nos sale al encuentro un calamar gigante, tomarnos unas cervezas, unos baños en la piscina, en el jacuzzi y así devolver tanta adrenalina a su sitio.
Como el día no podía terminar así, decidimos hacer una merienda-cena, de esas que hacen historia. Para ello nada mejor que un restaurante de comida americana. ¡No veas como nos pusimos! La sopa de tortuga se nos hubiera quedado corta. El hot dog medía medio metro, el plato de nachos impresionaba nada más mirarlo, las fajitas eran fajotas y los postres… mejor no hablar de ellos, que estamos en semana santa y hay que moderarse.

«Un año más»

Como es de esperar, al menos por mi parte, otro año más los pronósticos se han cumplido de forma favorable. ¡Nos escapamos a la nieve! Y lo que es más importante, ¡volvimos enteros!
      En esta ocasión el viaje resultaba bastante especial. Era la primera vez que la pequeña de la casa nos acompañaba, así que decidimos viajar a Andorra, por aquello de tener pocas horas de viaje en guagua. Claro, no contábamos con la falta de colaboración de Spanair. El destrozo nos cogió de lleno, menos mal que estábamos organizados con una gran empresa que seguro que respondería.
       Nada más llegar al aeropuerto de Los Rodeos nos tropezamos con el segundo problema. La insularidad y la falta de todo de la que presume la compañía aérea líder de España hizo su presencia. ¡Más de dos horas y media de retraso!
        Al llegar a Madrid, descubrimos que nuestra confianza en la gran empresa tropezaba de lleno con su concepto de trasporte, supuestamente de lujo, ya que el dispensado para la odisea era del tipo que cubre la ruta Santa Úrsula-La Corujera. Así que apretaditos, me imagino que por aquello de no pasar frío, nos pegamos una paliza de ocho horas hasta llegar a nuestro destino. ¡Y nosotros que no queríamos viajar mucho! Menos mal que la Biodramina hace sus efectos y la deja frita. El otro no tiene problemas, ¡benditas maquinitas y videojuegos!
        Pero bueno, superadas las pequeñas inclemencias, nos pegamos cinco días maravillosos, de mucho esquiar, con un tiempo formidable, compras, balneario, paseos, cena con los amigos «medio gabachos» que hace mucho que no veíamos, risas… todo un placer.
        La vuelta a casa es siempre deseable, pero me deja con ese sabor de boca de querer más, con ganas de seguir allí. 
          Sin dudas estas son mis vacaciones favoritas que ahora deberé guardar en la caja de los recuerdos y esperar a que el año que viene pueda repetirlas. ¿Te animas?  

«Mamá, me das un ‘taper’»

Yo soy de esos que, cada vez que tiene una oportunidad, no desprecio un ‘taper de casa de mamá. Este fin de semana, aunque conocía lo que en principio parecía ser una leyenda urbana, descubrimos que era cierto y cómo el concepto de llevarse un ‘taper’ de casa, puede llegar a límites insospechados y muy curiosos.
            Montaña Guajara, con sus 2.718 metros de altitud es el segundo pico más alto de las Cañadas. Su primera apariencia, de pared vertical y dura, se suaviza poco a poco a medida que asciendes por un sendero a priori invisible a la vista pero que se deja descubrir y recorrer sin muchas complicaciones.
            Llegar a la cumbre es una sensación siempre pletórica y más si esperas descubrir el secreto que aguarda oculto bajo una piedra. Desde hace años, dentro del goro ─círculo de piedra en canario─ que nos protege del viento, se esconde una libreta en la que todos los caminantes, que por aquellos lares paramos, podemos escribir lo que se nos ocurra. El diecisiete de este mes me llevé la sorpresa de que la famosa libreta ya son tres ─la última a punto de acabarse─ y que se encuentran protegidas en el interior de un ‘taper, de los de mamá. ¡Genial idea!
            Por supuesto escribimos nuestros deseos y se los dedicamos a nuestra «Sister Churri» para que «la fuerza le acompañe» en su nuevo caminar.
Si algún día subes, no olvides deleitarte, no solo con el paisaje sino con las letras que tantos otros han dejado allí para siempre. 

«La sombra perfecta»

Sin duda alguna, entre los lugares mágicos de nuestra tierra se encuentra nuestro Teide. Ascender paso a paso su ladera es uno de esos lujos que a todos recomiendo y que yo intento gozar, al menos, una vez al año.
            Aunque el frio del otoño estuvo presente desde el comienzo y la noche hizo pronto su aparición, llegamos con buen ritmo a ver el mástil que indica la cercanía del refugio. Tras unas pocas decenas de metros y la necesidad de parar para tomar aire, cada vez con más frecuencia, las luces del interior del refugio de Altavista parecen los resplandores de los faros que orientan a los marinos en sus peligrosas travesías. Las fuerzas salen, cuando llegas, lo haces sonriente, con la alegría de haber cumplido la mitad del recorrido y la esperanza de satisfacer el resto.
            Las cinco de la mañana es el tope. Las risas vuelven a inundar la habitación que acogió los sueños, ronquidos, desvelos, risas y comentarios de los catorce que formábamos el grupo. Tras un reponedor chocolate caliente nos atrevimos a enfrentarnos a los menos cinco grados centígrados del exterior y comenzar la andadura para hacer cumbre. El frio es un mal compañero de viejo, pero el apoyo y la buena compañía ayuda a superarlo con entusiasmo.
            Los últimos metros, duros escalones azotados por el viento, y el pestilente olor del azufre, que se escapa por las fumarolas, animan a llegar.
            Por el este los tímidos rayos del sol comienzan a inundar la cumbre y las caras sonrientes de los que allí estamos. Su reflejo en nuestras pupilas es el premio a nuestro  esfuerzo. Por el oeste la sombra perfecta de nuestro Teide se convierte, un año más, en espectro de admiración y devoción, contorno que nos dará la fuerza para repetir la experiencia.

«Un hobby nuevo»

Quedarse en casa una tarde de domingo es fantástico. Sobre todo después de un sábado movidito y una “amanecida” para ir a una excursión que resultó fallida.
Uno espera echarse en el sillón, poner una película, para no verla por culpa de una buena siesta… También está la opción entretener a los niños de uno, que para eso están.
─Pues ya que no vamos a hacer nada, podríamos terminar la maqueta.
─Vale, si quieres que te ayude.
En principio parece ser que a mi hijo le apetecía encontrar un hobby. De esas cosas que uno hace cuando le apetece estar tranquilo y pasar un rato agradable consigo mismo. Así que se ha dedicado a montar maquetas de soldaditos de la II Guerra Mundial.
Como suele ocurrir en estos casos encontró un entretenimiento para los dos. Así que adiós sillón, adiós peli y adiós… (lo de la siesta no se me escapa que faltita me hace), que vamos a hacer maquetas.
Es el primer diorama que hacemos. La verdad es que hemos pasado muy buenos ratos juntos, que al fin y al cabo es lo que uno quiere, y el resultado es bastante vistosillo.
Así que ya sabes, si no tienes plan para las tardes de los domingos, te puedes unir al nuevo club de maquetistas. Eso o llevarte a mis hijos de paseo.

«¡Prueba superada!»

Todas las personas deberían poder cumplir sus sueños o, al menos, hacer todo lo que esté en sus manos para poder conseguirlo. Este fin de semana he logrado abrazar un viejo deseo, hacer un curso de escalada en roca (Nivel I).
            Como podrás imaginar, en esta pequeña aventura por el mundo, la adrenalina ha recorrido mi cuerpo desde el primer momento. Poner tu vida en manos de dos monitores (David «el Colgado» ─jajaja se pasó horas en lo alto de la pared para podernos ayudar─ y Luis, «el Paciente» ─hombre tranquilo, que transmite la seguridad como única idea para hacernos disfrutar─), de diez compañeros, de un equipo y, sobre todo, de un nudo, es lo que tiene.
             La sensación de superación lograda, cuando llegas a la reunión y miras hacia abajo es, en dos palabras, «es─pectacular», solo comparable con iniciar la escalada con los ojos vendados, confiando en tu compañero, el equipo y uno mismo. El tacto de la pared en los dedos logra que te agarras a sitios impensables que, a ojos descubiertos, jamás te plantearías.
Al llegar a casa la sonrisa sobresalía de mis orejas y los ojos de susto de la familia se salían de sus órbitas.
Estoy muy orgulloso, satisfecho y contento. Creo que todos terminamos así.
¡Hasta la próxima!, que espero sea el nivel II.

«El amigo Palenque» (Viaje a Miami y Cartagena de Indias. Y 4)

Estoy convencido de que en todos los lugares del mundo, por poco que busquemos, podemos encontrar algún personaje singular. La ciudad de Cartagena de Indias y, en concreto la Playa de Bocagrande, no va a ser menos.
            En una entrada anterior ya nombré, muy por encima, la primera persona que me «asaltó» al pisar la playa para ofrecerme sus toldos ─para protegernos de la insolación─ y tumbonas ─para descansar los cuerpos─. Era el amigo Palenque, de nombre Willy. Un hombre moreno, tirando a negro, por el azote del sol día tras día. De unos cuarenta años, complexión normal, barba de tres o cinco días, un ojo a la funerala y gran  presumidor de sus cinco hijas y dos mujeres.
            Servicial y siempre «a la orden», como se manifiesta por aquellas latitudes, tras ubicarnos en uno de sus chiringuitos intentó entablar conversación, cuando el resto de los vendedores nos lo permitían, sobre el fútbol de España, las ganas que tenía de visitarnos…y, sobre todo, de su voluntad para que nos encontráramos a gusto en sus dominios.
            ─Patrón, ¡a la orden! ¿Le apetece algo?
            No mentía, bastó un leve gesto de mi mano para que acudiera raudo a mi presencia.
            ─¿Qué le sirvo?, ¿algo fresquito?
            Tras escuchar la amplia oferta nos decidimos por una Piña Colada. Como levitando sobre la ardiente arena, allá que sale corriendo el Palenque. No pude quitarle el ojo de encima. Así estuvo todo el día, de aquí para allá, atendiendo nuestras necesidades y las de los vecinos de tingladillo.
            Tras abonar los servicios, incluidos los diez mil pesos ─dos coma cuatro euros─ que me prestó para pagar unos dulces, porque la vendedora no tenía cambio, nos despedimos con el compromiso de que volveríamos y que preguntaríamos por él.
            A los dos días volvimos y cumpliendo con mi palabra sólo permití su asistencia. Mientras intentaba escribir unas ideas, el amigo Palenque se sentó a mi lado para darme conversación. Sin duda es un elemento singular, parece honesto, honrado y trabajador que se busca la vida, como puede. Ya tengo su número de celular ─o sea, de móvil─ así que si algún día viajas a Cartagena puedo ofrecerte este buen contacto que gustoso atenderá tus necesidades.