«Una de ganso»



(Extraída, sin permiso, de San google)



Un año más, el pasado sábado celebramos la ya tradicional cena anual del ganso, la «Weihnachtsgans».
Al parecer, y según cuenta la leyenda, el día en el que iba a tener lugar la elección de los nuevos obispos, San Martín se escondió en un establo ya que no deseaba ser nombrado. Un ganso le delató con sus graznidos, revelando su escondrijo. A partir de ese momento se dio pie para usar al animal como pago de tributo el día de su onomástica, por tanto, a partir del once de noviembre, y hasta finalizar febrero, los germanos tienen la costumbre de vestirse de gala y comer ganso.
Nosotros, en compañía de unos buenos amigos y aprovechando el origen alemán de la familia anfitriona, hacemos nuestro especial brindis a la amistad reuniéndonos en torno a este fabuloso guiso. 
La degustación resultó exquisita. El animal en su punto, por algo ha estado varias horas, colocado de lado, al abrigo del horno, y cambiado de posición tras cuarenta minutos, para repartir de forma armoniosa sus jugos y conseguir que la carne quede jugosa y la pechuga  crujiente.
Otro aspecto importante es el vino, ¡que une que ser tinto!, y no blanco como, por despiste, pretendía el anfitrión. Menos mal que la bodega está surtida y pudimos subsanar el error, aumentando la cantidad de alcohol en sangre.
Por suerte, los “no invitados”, que nos turbaron la fiesta el año pasado, no se presentaron y pudimos llegar, sin hacer el ganso,  sanos y salvos a casa.

«Campamento Scout»

Las cabras siempre tiran para el monte. Este dicho tan conocido una vez más se ha hecho realidad, aunque claro, en mi caso lo hace muy a menudo.

Siguiendo la estela familiar mi pequeña Sara se ha ido de campamento con los Scouts y, allí que hemos ido, apuntados a la acampada de las familias.

Uno, que es cabra criada en los pastos libres, prepara la mochila como siempre: un saco de dormir, aislante, una muda de ropa, la tortillita, los bocatas, el abrigo… Y poco más, que vamos de fin de semana al monte. 

Nada más plantar la caseta en el espacio designado para ello miras a tu alrededor y comienzan las comparaciones: Aquel trajo una caseta que más se aparece un bungaló con recibidor, salón comedor y dormitorio; el otro se gastó más de doscientos euros en un apartamento portátil que no sabe montar; los otros se presentaron en una roulotte; los de más allá cargan con sillas, mesas, manteles, cubertería… ¿Habrán traído lavavajillas? Y nosotros con nuestra pequeña caseta de montaña, nueva, eso sí, que la otra no tenía ni el título de caseta.

Pero sin duda lo que más me sorprende son las diferentes maneras que tenemos, los padres y madres de estos jóvenes exploradores, de afrontar un fin de semana en el campo: Por un lado el «sibarita», que toda las noches se bebe su buena botella de vino y claro, no puede pasar sin ella en el monte, aunque se muestre un poco contrariado por no hacerlo en su copa; después está la «antesmuertaquesencilla» que no se corta ni un pelo en sacar el set de maquillaje y comenzar la charla sobre su rímel, la base que usa, el pintalabios, el lápiz de ojo… Más natural es el «quinqui», que aunque se aparta del grupo para hacerse el canuto el inconfundible aroma llega hasta nosotros; «la masterchef» que cumpliendo con el programa de televisión de moda necesita demostrar lo que sabe y se lleva unas albóndigas en salsa de tomate, bizcochos de varios colores y sabores, ensaladas de pasta, filet mignon y no se qué más delicatesen destinadas a sorprender a propios y extraños; y por último no podía faltar «la pija», siempre arreglada con su ropa de marca, brillantes, cambiándose de modelito cuatro veces al día, según la actividad a realizar, con ese caminar y esa forma de hablar…

En fin, las actividades en la montaña, según la compañía, pueden dar mucho de si, incluso al tan poco acostumbrado glamour campestre.
  

«Clase de Bodytec»

Extraída, sin permiso,  de San Google.

Una vez más mis ganas de probar cosas nuevas me han metido tras las puertas de un gimnasio. Atrás quedaron las mayas apretadas, la cinta de color en la cabeza y los calentadores en las piernas como ocurriera en mi primera clase de spining —¿la recuerdas?—, hoy el tema es más sofisticado y tecnológico.
Para empezar me dejan unos ropajes negros —y yo que pensaba que iba a dejar de lado la vestimenta seductora— como dos tallas menos de lo que uso habitualmente, apretadito que voy —si fuera un traje de luces ya sé dónde están las pilas— y claro hay que ir del vestuario a la sala de actividades. Los ojos se clavan en mi espalda y las risitas en mi alma.
Ya en privado —porque la actividad es individual, con un monitor para mi solito— el tipo —europeo del este— en un castellano aceptable, pero con acento de Kagebé, empieza a explicarme el funcionamiento del chaleco que me va a colocar. Si antes no podía hablar, ahora con esto puesto no puedo ni respirar. Para qué te hagas una idea, ¿te acuerdas del disfraz de carnavales?, ‘pos eso’, pero sin el casco.
Colocado delante del espejo, me avisa de que voy a sentir corrientes en distintas parte del cuerpo y que he de ir avisando para que no duela. ¡Ayyyyyyy! ¡Ya se lo que se sieeeeenteeeeee eeeeeen llllllaaaaaaa silllllllaaaaaaa eleeeeectricaaaaaaaa!
Además quiere que suba, que baje, que me doble, que estire, que me agache. ¡Pero Sergei! ¿qué pretendes? Si no puedorrrrrrrrrr que me tiembla toooooooo.
Bueno, han sido veinticinco minutos de sufrimiento y esfuerzo, pero como uno es medio masoquista, he de decir que me gustó. El entrenamiento es completo. El problema viene ahora: ¿cómo me quito está ropa que además de quedarme pequeña está empapada y del todo pegada al cuerpo por culpa del sudor?
Si la teoría de la máquina es cierta, en un mes estoy como El David. Eso o se arregla lo mio de la cabeza con tanto «electroshok».

«Resumiendo a Don Carnal»

Terminado el Carnaval, o por lo menos el importante, es hora de empezar a recuperar nuestros castigados y agotados hígados, en particular, y cuerpos en general. 

Como llegados del asteroide impactado sobre Rusia en esos mismos días, desembarcamos, en la fiesta de la lujuria y el desenfreno, un grupo de seres interplanetarios vestidos de rojo fuego y brillante plata. Ellas imponentes, como siempre, y nosotros resplandecientes, no por valores innatos —como es su caso— sino por los leds incorporados a nuestra vestimenta.

Mucho fue el sacrificio para completar los ropajes, sobre todo el de las chicas que nosotros tenemos un ángel guardián que se encarga de todo, muchas las horas de preparación, sobre todo del transporte auxiliar para socorrer y avituallar a tan magna compañía, y muchas las risas emitidas símbolo inequívoco de la diversión. 
Disfrutamos mucho de la música, la fiesta, el asueto, el baile, el coso… todo rodeado de tan buenos, aunque alienígenas, amigos. Echamos de menos a una de las promotoras, que infectada por los virus terráqueos se vio obligada a guardar la compostura entre sudores, escalofríos, fiebres y toses.
Ahora solo queda ver las fotos, revivir los recuerdos y empezar a planear el carnaval del año que viene.

«El brazo de Don Miguel»

―¿Eres
el hombro del doctor? ―Me pregunta sonriente una joven señorita
uniformada de azafata justo delante de la oficina de calidad y
atención al cliente.
―No
―digo en tono algo seco―. Yo puede que sea un paciente que espera
para ser operado por el doctor, pero el hombro es mio, que para eso
lo llevo aguantando tanto tiempo ―por su forma de mirarme parece
que no le ha hecho gracia.
Ella
mira su carpeta con mi nombre escrito en grande por fuera y pregunta:
―¿Qué
hombro es?
¡Uf!,
mal empezamos.
―Usted
perdone ―recalco el usted― ¿ahí no lo pone? ―Vuelve a mirarme
atravesada. El día promete.
―Claro
que sí, solo era para asegurarme.
―Bueno,
usted ―insisto― tranquila, que el que tiene que estar seguro, por
suerte para mi, es el doctor.
Tras
darme un par de indicaciones escondida detrás de una sonrisita
irónica. Se marcha.
Ya
en manos del celador la cosa cambia. Vamos directos al quirófano. El
amigo Fer con su típico tono burlón reposa todo vestidito de verde:
―Je,
je, je ¿Qué pensabas que me lo iba a perder?
¡Oh,
no! Si hace unos segundos mis piernas temblaban de nerviosismo y por
la profesionalidad de la joven, ahora me temblequea hasta las
pestañas. La razón es que somos como niños ―pero sin el como― y con este aquí,
una vez dormido, temo por las fotos indiscretas, las pintadas en mi
cuerpo con rotulador permanente, el afeitado de vello púbico y otras
cuantas diabluras que, de buen seguro, yo también le haría a él.
Menos mal que el que manda en el quirófano no es de nuestra panda de
algarrobos, que si no…
Momentos antes de iniciar el remiendo con mi amigo, y hermano, Fernando.
El
despertar de la anestesia es paulatino. No siento nada y todo ha
salido bien.
Unos
cuantos días después la recuperación va avanzando: el hombro en su
sitio, los tornillos apretados, las grapas haciendo su trabajo, las
curas bien hechas, el brazo en cabestrillo… Ahora mis recuerdos
viajan hasta el pobre
de Cervantes que se le quedó inmóvil el brazo izquierdo tras
enfrentarse a los turcos en la famosa Batalla de Lepanto y aún así
escribió la obra más grande.
Yo,
ni soy Cervantes, ni me voy a enfrentar a nadie, ni jamás he estado
en Lepanto, pero lo del brazo izquierdo inmóvil… es otro cantar,
por lo que escribir este post con una sola mano, me ha resultado
complicado, sobre todo para las mayúsculas. Bendita pluma la del
maestro Cervantes.
¡Ah!,
¡me olvidaba!, lo del vello púbico… Bueno, mejor no lo cuento.
Gracias Fer.

«¡Alto a la Guardia Civil!»

Siempre
escuche la frase: «Más vale borracho conocido, que alcohólico
anónimo». Hoy más que nunca, la creo a pie juntillas. Quizás fue lo que me salvó ayer por la noche.
Como
no podía ser de otra forma, ayer tuvimos cena con amigos. Uno de
esos agradables encuentros en los que la sobremesa se alarga entre
risas, bromas, brindis y alguna que otra cabezada del anfitrión.
La
viandas riquísimas. Cada cual llevaba algo: entrantes, el postre,
las ganas de comer, el cava, el vino… Y los organizadores del
evento se ocuparon del plato principal. ¿Has comido alguna vez
ganso? Ni pato, ni pavo, ni oca, ni pollo…¡ganso!, que al fin y al
cabo todos son ánades por lo que deben ser primos hermanos, pero no
son iguales.
Como
te puedes imaginar todo fue aderezado con los mejores caldos y
preparados, hasta el ganso, como buen alemán, llevaba cerveza.
Cuando
nos despedimos, y cada cual cogió rumbo para su casa, una luz en
medio de la carretera llamó nuestra atención, indicando que debía
pararme al lado derecho.
—Buenas
noches—saludo al educado agente nada más bajar la ventanilla de mi
coche.
—Mu
buenas, control de alcoholemia. ¿Ha bebido usted?—respondió él
con voz seca y rumbrosa.
—Pues
si señor —es que no se mentir— venimos de una cena y…
—Coja
una boquilla —me interrumpe con tono amargo— ábrala y colóquela en el cabezal.
Dicho
y hecho, que ante estos tíos de verde uno no puede andarse con
tonterías. Tomo el suficiente aire —ya se como va el rollo— y
soplé hasta qué el agente dijo basta.
Me
miró con cara de sorpresa.
—¿Hacia
dónde se dirige?
—A
casa ¿ocurre algo? —digo con los ojitos aguachentos y dos bultos
en el cuello.
—No,
nada, puede continuar—respondió el agente como molesto—, ha dado
negativo —dijo mientras me enseñaba el aparatito en cuestión con
un par de ceros verdes en su pantalla.
Mi
sonrisa ocupó toda la cara. Explicaciones posibles varias: El vino,
el cava y los chupitos eran malos. El aparato estaba roto. O lo dicho
desde el principio: «Más vale borracho conocido…»

«De acampada en el paritorio»

Un
«whatsapp»,
que ahora es la forma más común de comunicarse, nos alertó y puso
en marcha. El mensaje rezaba: 4 cm de dilatación, cuello
borrado. Vamos al hospi.

Nos pusimos las pilas. Colocamos a los niños en casa de la abuela y
para allá que vamos.

Los hospitales son lugares lúgubres, fríos y por momentos
tenebrosos. A las 21:00 horas ya hay poca gente. Tras pasar por el
túnel elevado que comunica dos edificios, y que parece más un túnel
de viento por la corriente existente en su interior, llegamos a la
sala de espera del paritorio. Todo listo: la bolsa con los bocatas,
el agua, las chuches para endulzar la noche, el Ipad, tarea
del cole… Ahora a verlas venir.

Las dos primeras horas pasan fugaces. Las familias con las que
compartimos el lugar se van marchando alegres con la llegada de su
nuevo miembro ―o miembra, no
sé―. Otras van llegando, con los nervios, las esperanzas y las
bolsas parecidas a las nuestras. La tercera hora empieza a ser
aburrida. Nos vamos quedando solos.

Las noticias escasean. El anestesista ―o
anestesisto, no sé―está ocupado en quirófano y parece que
tarda. Dentro nuestra hermana sufre los dolores oportunos.
¡Paciencia! Cuando la vemos aparecer con su gorrito de colores y sus
suecos protegidos con una bolsa plástica verde ―duda:
Si se pasea con eso puesto por todo el hospital ¿Para qué sirve?
Respuesta: Para que no se le ensucien esos suecos tan monos de
colores. Comentario sarcástico: ¡Ah!, que susto, pensé que era por
un tema de asepsia de los quirófanos, paritorios…― sabemos
que será para ella, no hay otra.

Desesperados. Son las cuatro de la mañana y la «jodia»
de mi hermana está durmiendo, con ocho centímetros de dilatación,
la bolsa rota, abrigada en su cama, con música de fondo, drogada con
la epidural… y nosotros, por fuera, con el culo plano en los
fantásticos asientos de la sala de espera ―sarcasmo,
claro―. La cabeza nos da bandazos. A estas alturas de la
noche no le hacemos caso ni a las galletas rellenas de chocolate.
Buscamos parecidos razonables en los dibujos de las marcas que han
dejado las miles de cabezas apoyadas en la misma pared en la que
estamos nosotros ―alguien
debería pasarle una manita de pintura. Igual en el próximo parto
compro un bote y así me entretengo. Otro sarcasmo―. A las cinco y
media de la mañana decidimos irnos a la cafetería por aquello de
ayudar a superar el jet
lag
o como se llame.

A partir de las siete de la
mañana ya nada nos importa. La gente empieza a llegar. Hay cambio de
turno, vienen más preñadas para hacerse sus registros, unas se
quedan, otras se van… Nosotros seguimos aquí.
Nos informan de que entra en
paritorio. Los nervios se despiertan. A las 9:40 Jose Juan, nombre
normalito tirando a recio, ―JJ para la familia― ya está entre
nosotros. El padre, sufridor como el que más, empieza a mandar los
primeros «guasapos»
con las fotos. Todavía nos quedará una hora más para abrazarlos,
pero esa pasa rápida.
Mi hermana está radiante y
guapísima. Mi cuñado llora de emoción y JJ es un pequeño
muñeco,
con pelo negro, dispuesto a comerse el mundo. A eso te ayudaré, que para eso soy «ToGuille» ¡¡¡BIENVENIDO!!!

«La máquina sunsuneadora»

La
mente humana es muy calenturienta, pero gracias a eso, a algún
privilegiado mental se le ocurrió inventar un aparatejo cuyo
objetivo es obtener imágenes del interior del cuerpo de manera
indolora, para así poder descubrir las causas y diagnosticar los
diversos achaques que padecemos. Esta, al menos, es la teoría. El
aparato en cuestión es una Resonancia Magnética ―en
mi caso abierta que creo que la otra es una mezcla entre ataúd y
túnel de sadomaso.
Una
vez hecha mi primera experiencia en una de estas máquinas de
retratarse el interior del cuerpo, puedo afirmar que es cierto que
no duele, pero ¡acojona!, y eso que era la abierta, que la otra no
quiero ni pensarlo.
Imagíname
acostadito, callado y sin moverme. Con los piernas tiritando y ese
imán gigantesco a dos centímetros de mi cara. Todo un poema,
seguro. Me tiembla hasta el alma, que uno es muy valiente hasta que
el lobo enseña los dientes.
Cuando
logro controlar la respiración, y el comienzo de ataque de ansiedad,
siento como una voz de ultratumba me advierte de que voy a escuchar
un sonido constante. Por nada del mundo debo moverme. ¿Dijo sonido?,
¡estruendo! diría yo. Es horroroso. Un sun-sun constante va
penetrando en el coco. Pero yo como si nada, hierático, como los
dibujos de los faraones, con la cabeza de lado para no tropezarme con
la cosa que tengo sobre mi cabeza y poder coger un poco más de aire.
El
tiempo pasa y se me duerme hasta la uña del pie. Y aquello sigue
«sunsuneando»
sobre mi cabeza. Pasado un buen rato, quince minutos
dicen, escuchar de nuevo la voz de ultratumba informando de que ya
habíamos terminado, es un deleite. Más lo es el silencio cuando se
apaga.
―¿Y
esta es la abierta? ―Pregunto
cortésmente y en tono jocoso a la propietaria de la voz profunda.
―Sí
―contesta con una
hipócrita sonrisa en la cara―.
¿Verdad que es una maravilla?
―¡Fantástica!
―le espeto igual de hipócrita, que no voy a ser menos― pero si
puedo evitarla… 

«VIAJE A CANTABRIA»

Para
no fallar en nuestros periplos veraniegos, este año nos hemos ido de
multiaventura por tierras cántabras. Era uno de esos destinos que
teníamos en la recámara pendientes de hacer y que ahora hemos
cumplido.
Una
semana a tope. Sin parar, saboreando las bondades que la bella
naturaleza de las tierras del norte nos deparan. Por suerte el tiempo
nos respetó mucho con las mañanas soleadas pero, como era de
esperar, también gozamos de alguna tormenta, de buenas lluvias y de
hermosas tardes disfrutando de la playa.
¡LA MÁS VALIENTE!
Hicimos
un poco de todo: Subimos en el teleférico de Fuente Dé ―la
vista es espectacular―, senderismo por Picos de Europa ―el
paisaje es una maravilla―, tirolina en Potes, descenso en canoa del
río Deva, comimos las famosas corbatas de Unquera, visitamos las
Cuevas del Soplao ―impresionantes las estalactitas y
estalagmitas―, el Parque Natural de Cabárceno ―es increíble la
cantidad de animales en semi-libertad que tienen y lo bien cuidado
que está―, nos enamoramos de Santillana del Mar ―la villa de las
tres mentiras: ni es santa, ni es llana, ni tiene mar―, aprendimos
mucho en el Museo de Altamira, conocimos la estación de esquí de
Alto Campoo ―aunque era todo verde, nos imaginamos las pistas
(esquiar será otro año)―, cambiamos una rueda pinchada en el
coche, comimos anchoas en Santoña, nos bañamos en Laredo, recordamos al amigo Felix, quisimos
estudiar en Comillas, o mudarnos a una casa de Liébana…
Una
semana increible. De muchas experiencias y que han dejado en
nosotros, no solo el sabor de la aventura, sino las ganas de volver.

«Me metí en una clase de estiramiento, ¡ay mi cabeza!»

Cuando
lo primero que hacen es ordenarte que te sientes en el suelo, que
juntes las plantas de los pies para hacer la mariposa, mientras que
con tus codos aprietes tus rodillas, con la intención de hacerlas
llegar a tocar el suelo, posición muy incómoda y antinatural del
todo, algo en tu interior debe encender una luz roja y gritarte:
―¡Cuidado chaval que vas a
sufrir! Si esa bombilla no se enciende, como fue mi caso, debes
resignarte y soportar el dolor con una sonrisa, de oreja a oreja,
¡por idiota!, que nadie me mandó a meterme en esa clase.
Con
los comentarios que hacían nuestras “amigas” la clase de
estiramiento ―¡perdón!
stretching,
como lo llaman ahora porque al parecer decirlo en inglés es más
chic,
o fashion,
o kool
o ¡la madre que las pario!― nos iba a sentar “superbien”―termino
pijo, o sea, chachi―
después de haber corrido y jugado tanto tras the ball,
o sea, la pelota. Pues para allá que vamos, los tres envalentonados
y muy machotes.
La
clase, un montón de mujeres, incluidas las nuestras ―que
mira que tienen aguante―,
mirándonos de arriba a abajo con cara de ¿y estos qué hacen aquí?;
la profe ¡qué bien chicos, ¿se han animado?!; y nosotros, con
sonrisita tipo “aquí estamos, ¡prepárense, que lo van a
flipar!”.
Como
es de suponer al vernos en tremenda situación nos pusimos al final,
que en el fondo uno es muy tímido, sentados en el suelo haciendo la
citada pose “cuasikamasutriana”, con el olorcillo de los
calcetines subiendo, y empezando a tragar ciertos nudos.
Comienza
el dolor, digo la clase: Que si la pierna derecha para detrás,
mientras la izquierda se queda en la posición de loto. Que si las
puntas de los pies para delante, mientras… ―¡agghh!
me acaba de dar un calambre en el gemelo derecho―.
Ahora cambiamos de pierna, con tu mano derecha te tocas la oreja
izquierda, a la vez que los ojos miran para el techo ―será
para que no le mire el culo a la parienta― a la vez que pones una
gran sonrisa, que al parecer es norma estar de buen humor y no
quejarse ―¡caray!, se me acaba de agarrotar la uña del dedo gordo
del pie.
Las
falanges de la mano derecha ―¿las falanges?, ¡contrá con la
pija!, ¿serán los ñames?― tienen que estar extendidos, para
poder cruzar las piernas por delante y así agacharnos. Ahora hay que
tocar, con la punta de la nariz, el callo del dedo gordo
―¡socorroooo, que me caigooooo!
―Tranquilo
es normal ―dice la todopoderosa monitora― en la próxima clase
trabajaremos el equilibrio…
―¿Próxima
clase?, ¿equilibrio?, pero si lo mio es pura novelería. De todas
formas ―aprovecho la ocasión para intervenir desde tan profesional
postura―, ¿sería tan amable de explicarme cómo me desenredo, que
me está dando otro calambre en dónde la espalda pierde su nombre?