«El paso a paso de una transformación»

Foto de mi móvil.

Es una pasada como, con un brochazo acá, un retoque allá, un cosidito por allí y algún que otro detalle, es posible cambiar la cara de una persona, algunas para mejorar, según se mire. Eso hacen los transformer, los travestis, los trans…
Eso es lo que ha ocurrido hace unos días. Nuestra sociedad ha ido cambiando la cara y, aunque parece mentira y algunos/as/es/… les pese, el Halloween, esa fiesta pagana y de yankis, está aquí y además, vino para quedarse.
Es increíble como por todos lados proliferan las fiestas de adultos y las pandillas de niñas y niños, todos ellos terroríficamente disfrazados, van tocando los timbres de las casas solicitando el ya consabido «truco o trato».
También sé que muchos de ustedes les da grima toda esta moda, y que están en contra de estas nuevas fiestas o «tradiciones» anglosajonas que nos invaden. Pero lo siento, sabes lo novelero que soy y que intento no perderme una. Así que ya te imaginarás que esta fiesta no me la perdí.
Y como uno es medio «trans» aquí les dejo el paso a paso de la transformación a la que fui sometido el pasado sábado, para poder acudir adecuadamente engalanado a la fiesta organizada en casa de unos amigos.
Foto de mi móvil

¿Qué te parece? ¿Tú te disfrazaste? ¿Hiciste «truco o trato»? Ya me contarás.

«Un capullo en la carretera»

Así he terminado. Foto de mi móvil.

Vamos en el coche, circulando con cierta prisa para no llegar tarde a la cita que tenemos. De repente alguien, un hombre desconocido, se abalanza sobre el capó de mi vehículo y empieza a lanzar improperios contra mí y algún manotazo. Le salen sapos y culebras por la boca. Casi lo atropello, lo sé, pero ni lo había visto, ni lo esperaba, ni —ahora viene el detalle importante— había paso de peatones, o semáforo, o algo que le permitiera cruzar. El hombre simplemente había decidido que era un buen momento y lugar para cruzar. Y lo hizo.
Mi gesto, con toda la familia dentro del coche, tras dar el frenazo oportuno, fue el típico: levantar de manos y preguntarle si estaba loco. No hice, ni dije nada más.
Él ya se iba, cuando, ni corto ni perezoso, al escucharme, decidió que yo no tenía razón y que él sí. Retrocedió los tres metros que le separaban de nosotros y de una patada me reventó el espejo retrovisor del lado derecho del coche.
––¡Mecagoentoostusmuertooooos! ––le grité.
Él, por supuesto, comenzó a alejarse, pero siguió gritando. Se me envenenó la sangre. Paré el coche como pude. Me bajé y fui hacia él.
––¡Es que casi me matas! ––gritaba mientras se acercaba amenazante con la mano levantada.
––¡¿Tú estás loco?! ––le contesté. No dejé que se acercara más. Le arreé una patada en la barriga ––blanco fácil por el tamaño––. Sin remedió se separó, bajó la mano y aflojó el tono.
El resto de los coches pitaban. Alguien gritó. Mis hijos también chillaban y yo, que en el fondo no soy un vengador callejero, volví en mí.
Tras arrearle otra patada a las bolsas que el hombre había dejado caer sobre la acera, regresé a mi coche. Quería huir de aquella situación. Me acordé de toda su familia. Lo llamé mamaracho ––cursi, lo sé, pero fue lo que me salió––, lo mandé a la mierda ––esto sí es más apropiado––, y ,cuando arranqué, me temblaba todo ––esto debe ser normal––. 
Por suerte fueron solo un par de minutos, pero los suficientes para acordarme de él para siempre. y por eso este post, que no era el que iba a publicar.
¿Has vivido una situación parecida alguna vez? ¿Debería haberme quedado en el coche? ¿Qué le pasa a la gente? ¿Conoces a alguien que me venda un espejo retrovisor?
Gracias por leerme, y comentar.

«La mordida de Adán»

Foto de mi móvil, desde el piso 86 del Empire State Building

Según se
narra en las Sagradas Escrituras, cuando Adán y Eva
mordieron la manzana la cosa se desmadró.

Hoy yo también me
siento un poco desmadrado, no por asociación al
pecado que asumieron los supuestos primeros representantes de la humanidad, al
morder la fruta, sino porque, tal y como afirmé en
mi anterior entrada en esta esquina, he alcanzado uno de mis sueños. Acabo
de regresar de un fabuloso viaje, de ocho días, a la
ciudad que nunca duerme, a la capital del consumismo, a la Gran Manzana. Como
he dicho desde el  principio, he mordido
la fruta del pecado.

Sin duda, este viaje, los lugares que
visité,
las experiencias vividas, los sentimientos generados, las cosas
aprendidas…darán
lugar a más
de un «post».

A modo de resumen, y para ponerte los
dientes largos, tanto si ya has estado, como si no, puedo afirmarte que las
cosas que se dicen, así como los adjetivos que califican a esta ciudad, tales
como: fastuosa, alucinante, apabullante…, son ciertos. La sensación de
conocerla, de ya haberla visto, sin duda por la gran cantidad de películas,
series y noticias que nos han enseñado
sus calles, parques, edificios, paisajes…, es constante a cada paso, en cada
esquina. Impresionante es Central Park, el Puente de Brooklyn, Times Square, el
Empire State building, el edificio Chrisler…

Así que sí, me siento como Adán tras
dar su mordisco, con ganas de más, de seguir pecando. 

«Un canto a Galicia»

Otro
año más cumplimos con la tradición, no escrita, de ir descubriendo
las tierras de norte. Suman ya muchas las ocasiones que hemos estado
por aquellas lindes, pero siempre solos, con amigos, haciendo el
camino, de juerga o por trabajo. En esta ocasión tocaba explorar
Galicia acompañados por los niños.
Siempre
mágica, con sus nieblas y su lluvia, con un sol radiante que, cuando
luce, enaltece los verdes del bosque al mezclarse con las blancas
arenas que dan entrada al azul imponente del océano, las tierras que
los romanos consideraban como del Fin del Mundo, es un viaje que se
vuelve inolvidable cuando organizas cosas para el gusto de todos.
Son
muchas las excursiones que hicimos, pero por citar alguna de ellas,
las que quizás hicieron especial mella, cabe destacar: la visita A
Coruña, la ascensión a la Torre de Hércules, el descubrimiento del
castro celta de Baroña, el baño en las piscinas naturales del río
Pedrás, en Puebla del Caramiñal, la visión imponente de la cascada
y el mirador de Ézaro, la navegación, el baño y la caminata por la
playa, sendas y el bosque de las islas Cíes, la muralla de Lugo, la
visita a la Toja, la imponente Santiago de Compostela, la Playa de
las Catedrales… y Finisterre, el último lugar del mundo.

Como
ves, cumpliendo con la tradición fueron muchos los kilómetros que
hicimos y muchas las instantáneas de lugares maravillosos que
guardamos en el fondo de la retina. Del mismo modo, guardamos un
hermoso recuerdo, y nuestra eterna gratitud, a los amigos que
reencontramos, que nos abrieron sus puertas y que nos guiaron y
acompañaron en este viaje, que de buen seguro no será el último,
porque, aunque sabemos que “haberlas haigas”, meigas no vimos
ninguna, y alguna escusa, como si nos hiciera falta, tendremos que
buscar para volver a ir. Quizás en la próxima visita.

«Parranderos de parranda»

Hacía tiempo que
no nos reuníamos, pero ayer tocó. Tocó y tocamos, que para eso nos habíamos
convocado en tan singular ronda. 
     El éxito de la aventura estaba asegurado, lo
agradable y divertida aún más, solo con ver la lista de convocados. Aunque
faltó alguno, de esos de los de siempre, de los del grupillo de amigos de toda
la vida. 
     La excusa no podía ser mejor: sorprender a la futura esposa y a sus
familiares, llegados allende los mares, con lo que siempre nos ha gustado
hacer, con mayor o menos éxito, parrandear.
       Elemento destacado es la común
sensación de que el tiempo no pasa por nosotros. Al menos no lo hace por lo que
sentimos, por como nos comportamos, por las bromas que gastamos, las mismas de
siempre, que ya tenemos una edad que nos hace imposible cambiar ciertas acciones.
Otra cosa bien distinta, y en la que los años sí ha hecho mella, son: las canas, la falta de agilidad, la escasez de
memoria en cuanto a las letras de las canciones o con los acordes de las
guitarras, bandurrias y laúdes… y la talla del traje. A todos nos quedaba un
poco  apretado, sin duda alguna por algún
defecto misterioso que tiene la tela de la que está hecho que hace que, al
estar tanto tiempo en el armario, sin usarse, se encoja y no nos quede tan bien
calzado como antaño.
   Al final un éxito, no solo por la
actuación, que es de las memorables, sino por la calidad, la cercanía y el
reencuentro con partes importantes de nuestro pasado, que no ha dejado de estar
presente y vivo en nuestra amistad, y es que, como dice la canción: «Cuando nos conocimos te dije, que yo era
parrandero…»
, y lo seguiremos siendo. Juntos. Hasta la próxima, que no
falta mucho.

«Una de ganso»



(Extraída, sin permiso, de San google)



Un año más, el pasado sábado celebramos la ya tradicional cena anual del ganso, la «Weihnachtsgans».
Al parecer, y según cuenta la leyenda, el día en el que iba a tener lugar la elección de los nuevos obispos, San Martín se escondió en un establo ya que no deseaba ser nombrado. Un ganso le delató con sus graznidos, revelando su escondrijo. A partir de ese momento se dio pie para usar al animal como pago de tributo el día de su onomástica, por tanto, a partir del once de noviembre, y hasta finalizar febrero, los germanos tienen la costumbre de vestirse de gala y comer ganso.
Nosotros, en compañía de unos buenos amigos y aprovechando el origen alemán de la familia anfitriona, hacemos nuestro especial brindis a la amistad reuniéndonos en torno a este fabuloso guiso. 
La degustación resultó exquisita. El animal en su punto, por algo ha estado varias horas, colocado de lado, al abrigo del horno, y cambiado de posición tras cuarenta minutos, para repartir de forma armoniosa sus jugos y conseguir que la carne quede jugosa y la pechuga  crujiente.
Otro aspecto importante es el vino, ¡que une que ser tinto!, y no blanco como, por despiste, pretendía el anfitrión. Menos mal que la bodega está surtida y pudimos subsanar el error, aumentando la cantidad de alcohol en sangre.
Por suerte, los “no invitados”, que nos turbaron la fiesta el año pasado, no se presentaron y pudimos llegar, sin hacer el ganso,  sanos y salvos a casa.

«Campamento Scout»

Las cabras siempre tiran para el monte. Este dicho tan conocido una vez más se ha hecho realidad, aunque claro, en mi caso lo hace muy a menudo.

Siguiendo la estela familiar mi pequeña Sara se ha ido de campamento con los Scouts y, allí que hemos ido, apuntados a la acampada de las familias.

Uno, que es cabra criada en los pastos libres, prepara la mochila como siempre: un saco de dormir, aislante, una muda de ropa, la tortillita, los bocatas, el abrigo… Y poco más, que vamos de fin de semana al monte. 

Nada más plantar la caseta en el espacio designado para ello miras a tu alrededor y comienzan las comparaciones: Aquel trajo una caseta que más se aparece un bungaló con recibidor, salón comedor y dormitorio; el otro se gastó más de doscientos euros en un apartamento portátil que no sabe montar; los otros se presentaron en una roulotte; los de más allá cargan con sillas, mesas, manteles, cubertería… ¿Habrán traído lavavajillas? Y nosotros con nuestra pequeña caseta de montaña, nueva, eso sí, que la otra no tenía ni el título de caseta.

Pero sin duda lo que más me sorprende son las diferentes maneras que tenemos, los padres y madres de estos jóvenes exploradores, de afrontar un fin de semana en el campo: Por un lado el «sibarita», que toda las noches se bebe su buena botella de vino y claro, no puede pasar sin ella en el monte, aunque se muestre un poco contrariado por no hacerlo en su copa; después está la «antesmuertaquesencilla» que no se corta ni un pelo en sacar el set de maquillaje y comenzar la charla sobre su rímel, la base que usa, el pintalabios, el lápiz de ojo… Más natural es el «quinqui», que aunque se aparta del grupo para hacerse el canuto el inconfundible aroma llega hasta nosotros; «la masterchef» que cumpliendo con el programa de televisión de moda necesita demostrar lo que sabe y se lleva unas albóndigas en salsa de tomate, bizcochos de varios colores y sabores, ensaladas de pasta, filet mignon y no se qué más delicatesen destinadas a sorprender a propios y extraños; y por último no podía faltar «la pija», siempre arreglada con su ropa de marca, brillantes, cambiándose de modelito cuatro veces al día, según la actividad a realizar, con ese caminar y esa forma de hablar…

En fin, las actividades en la montaña, según la compañía, pueden dar mucho de si, incluso al tan poco acostumbrado glamour campestre.
  

«Clase de Bodytec»

Extraída, sin permiso,  de San Google.

Una vez más mis ganas de probar cosas nuevas me han metido tras las puertas de un gimnasio. Atrás quedaron las mayas apretadas, la cinta de color en la cabeza y los calentadores en las piernas como ocurriera en mi primera clase de spining —¿la recuerdas?—, hoy el tema es más sofisticado y tecnológico.
Para empezar me dejan unos ropajes negros —y yo que pensaba que iba a dejar de lado la vestimenta seductora— como dos tallas menos de lo que uso habitualmente, apretadito que voy —si fuera un traje de luces ya sé dónde están las pilas— y claro hay que ir del vestuario a la sala de actividades. Los ojos se clavan en mi espalda y las risitas en mi alma.
Ya en privado —porque la actividad es individual, con un monitor para mi solito— el tipo —europeo del este— en un castellano aceptable, pero con acento de Kagebé, empieza a explicarme el funcionamiento del chaleco que me va a colocar. Si antes no podía hablar, ahora con esto puesto no puedo ni respirar. Para qué te hagas una idea, ¿te acuerdas del disfraz de carnavales?, ‘pos eso’, pero sin el casco.
Colocado delante del espejo, me avisa de que voy a sentir corrientes en distintas parte del cuerpo y que he de ir avisando para que no duela. ¡Ayyyyyyy! ¡Ya se lo que se sieeeeenteeeeee eeeeeen llllllaaaaaaa silllllllaaaaaaa eleeeeectricaaaaaaaa!
Además quiere que suba, que baje, que me doble, que estire, que me agache. ¡Pero Sergei! ¿qué pretendes? Si no puedorrrrrrrrrr que me tiembla toooooooo.
Bueno, han sido veinticinco minutos de sufrimiento y esfuerzo, pero como uno es medio masoquista, he de decir que me gustó. El entrenamiento es completo. El problema viene ahora: ¿cómo me quito está ropa que además de quedarme pequeña está empapada y del todo pegada al cuerpo por culpa del sudor?
Si la teoría de la máquina es cierta, en un mes estoy como El David. Eso o se arregla lo mio de la cabeza con tanto «electroshok».

«Resumiendo a Don Carnal»

Terminado el Carnaval, o por lo menos el importante, es hora de empezar a recuperar nuestros castigados y agotados hígados, en particular, y cuerpos en general. 

Como llegados del asteroide impactado sobre Rusia en esos mismos días, desembarcamos, en la fiesta de la lujuria y el desenfreno, un grupo de seres interplanetarios vestidos de rojo fuego y brillante plata. Ellas imponentes, como siempre, y nosotros resplandecientes, no por valores innatos —como es su caso— sino por los leds incorporados a nuestra vestimenta.

Mucho fue el sacrificio para completar los ropajes, sobre todo el de las chicas que nosotros tenemos un ángel guardián que se encarga de todo, muchas las horas de preparación, sobre todo del transporte auxiliar para socorrer y avituallar a tan magna compañía, y muchas las risas emitidas símbolo inequívoco de la diversión. 
Disfrutamos mucho de la música, la fiesta, el asueto, el baile, el coso… todo rodeado de tan buenos, aunque alienígenas, amigos. Echamos de menos a una de las promotoras, que infectada por los virus terráqueos se vio obligada a guardar la compostura entre sudores, escalofríos, fiebres y toses.
Ahora solo queda ver las fotos, revivir los recuerdos y empezar a planear el carnaval del año que viene.

«El brazo de Don Miguel»

―¿Eres
el hombro del doctor? ―Me pregunta sonriente una joven señorita
uniformada de azafata justo delante de la oficina de calidad y
atención al cliente.
―No
―digo en tono algo seco―. Yo puede que sea un paciente que espera
para ser operado por el doctor, pero el hombro es mio, que para eso
lo llevo aguantando tanto tiempo ―por su forma de mirarme parece
que no le ha hecho gracia.
Ella
mira su carpeta con mi nombre escrito en grande por fuera y pregunta:
―¿Qué
hombro es?
¡Uf!,
mal empezamos.
―Usted
perdone ―recalco el usted― ¿ahí no lo pone? ―Vuelve a mirarme
atravesada. El día promete.
―Claro
que sí, solo era para asegurarme.
―Bueno,
usted ―insisto― tranquila, que el que tiene que estar seguro, por
suerte para mi, es el doctor.
Tras
darme un par de indicaciones escondida detrás de una sonrisita
irónica. Se marcha.
Ya
en manos del celador la cosa cambia. Vamos directos al quirófano. El
amigo Fer con su típico tono burlón reposa todo vestidito de verde:
―Je,
je, je ¿Qué pensabas que me lo iba a perder?
¡Oh,
no! Si hace unos segundos mis piernas temblaban de nerviosismo y por
la profesionalidad de la joven, ahora me temblequea hasta las
pestañas. La razón es que somos como niños ―pero sin el como― y con este aquí,
una vez dormido, temo por las fotos indiscretas, las pintadas en mi
cuerpo con rotulador permanente, el afeitado de vello púbico y otras
cuantas diabluras que, de buen seguro, yo también le haría a él.
Menos mal que el que manda en el quirófano no es de nuestra panda de
algarrobos, que si no…
Momentos antes de iniciar el remiendo con mi amigo, y hermano, Fernando.
El
despertar de la anestesia es paulatino. No siento nada y todo ha
salido bien.
Unos
cuantos días después la recuperación va avanzando: el hombro en su
sitio, los tornillos apretados, las grapas haciendo su trabajo, las
curas bien hechas, el brazo en cabestrillo… Ahora mis recuerdos
viajan hasta el pobre
de Cervantes que se le quedó inmóvil el brazo izquierdo tras
enfrentarse a los turcos en la famosa Batalla de Lepanto y aún así
escribió la obra más grande.
Yo,
ni soy Cervantes, ni me voy a enfrentar a nadie, ni jamás he estado
en Lepanto, pero lo del brazo izquierdo inmóvil… es otro cantar,
por lo que escribir este post con una sola mano, me ha resultado
complicado, sobre todo para las mayúsculas. Bendita pluma la del
maestro Cervantes.
¡Ah!,
¡me olvidaba!, lo del vello púbico… Bueno, mejor no lo cuento.
Gracias Fer.