«Alpha, Bravo, Charli, Delta. O de cómo deletrear sin confusión»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
A veces en el trabajo tengo que deletrear direcciones de correos electrónicos, códigos alfanuméricos, palabras… Para que la persona que está al otro lado del teléfono me entienda y no haya confusión utilizo la técnica de reemplazar la letra por una palabra frecuente. En mi caso, normalmente utilizo lugares: A de Asturias, B de Barcelona, C de Canarias…,T de Tenerife… Lo cierto es que me sale de manera tan espontánea que, en ocasiones, la persona que está al otro lado no se da cuenta de que le estoy deletreando hasta bien avanzado el acto.
¿Porqué elijo esas palabras? Imagino que lo hago por algún tipo de aprendizaje que no logro entender. En otros casos, por ejemplo en las películas de guerra, se usa el que he mencionado en el título de esta entrada. 
        Por lo que he indagado en «San Google» los topónimos son los más usados en España para esta tarea. También se puede usar nombres de personas, apellidos…
Y aquí está la propuesta de hoy: ¿Me ayudas a componer un nuevo código para deletrear? 
Para poder organizar un poco debemos cumplir los siguientes requisitos:
  1. Puedes aportar tantas palabras como quieras.
  2. Deberán cumplir el esquema: L de Libertad.
  3. Han de ser fáciles de asociar a la letra que pretende definir. 
  4. Preferiblemente que empiece por ella, aunque hay algunas que, como resulta más que evidente, podrá contenerla. 
  5. Tendrán que estar relacionadas con la FELICIDAD.
  6. Puedes explicar porqué la eliges. Por ejemplo: Y de Yo. Porque yo tengo que ser feliz.
  7. No vale repetir letra.
  8. Puedes dejar tus palabras aquí o en el Facebook.
¿Te apetece jugar a deletrear conmigo?
Empiezo:

A de Alegría, B de Baile, C de Contento-a, D de Dicha…

«El juego de las seis cervezas»

Extraída, sin permiso, de San Google
Vamos a jugar. Te propongo un juego en el que quiero que pongas a prueba tu imaginación, como si fueras escribiente de un blog de poca monta como este, e incorpores un final o motivo original por el que el protagonista del caso que nos ocupa ha hecho lo que te cuento a continuación. 
Estás en el coche esperando que salga tu hija de su actividad extraescolar. Con la mirada perdida afinas las pupilas en lo que hace un señor, parado en mitad de la acera, y que apenas está a veinte metros de ti. Él no te mira, pero tu lo estudias con detenimiento.
De su hombro derecho cuelga un bolso marrón, parece que de cuero y de tamaño medio. En su mano lleva una bolsa verde de plástico, probablemente de un supermercado. Llegas a esa conclusión cuando ves que de ella saca un «pack» de seis latas de cervezas. Sin duda en el interior de la bolsa quedan mas cosas. Quiere liberar sus dos manos para poder asirlas correctamente así que, con cierto esmero, probablemente para no romper su contenido, pone la bolsa en el suelo.
Como puede, mientras mantiene entre sus manos el paquete con las seis cervezas, abre el bolso marrón. Intenta meterlas como están, agarradas y rodeadas de ese plástico blanco con forma de argolla, tan criticado por ser asesino de tortugas y otros animales marinos. Le cuesta trabajo pero al fin lo consigue. Cierra el bolso y vuelve a coger la bolsa para reanudar su marcha en mi dirección. Ya las tiene ocultas.
Al caminar por mi lado cruzamos las miradas. Me parece intuir cierto rubor en sus mejillas, como cuando pillas a un niño en una travesura. Él desvía la vista. De manera fugaz analizo la bolsa: no está llena, no está rota, no tiene desperfectos, no pesa.
¿Porqué lo ha hecho? 

(No vale lo fácil: quiere esconderlas porque su pareja no le deja beber)

«Hora de tomar decisiones»

Extraída, sin permiso, de San Google
Último
jueves de mayo. El tiempo se me ha echado un poco encima y ya no
queda casi nada para coger las vacaciones, o al menos parte de ellas.

Además
de una pequeña escapada en forma de esperado viaje, del que ya esta
casi todo preparado, estoy barajando diversas opciones con las que
acallar a mi novelero espíritu. Ya sabes
que no puedo quedarme quieto y que me gusta disfrutar de alguna nueva
experiencia.
Así
que, como no termino de decidirme, y ya que hemos pasado un aluvión
de democracia y elecciones, dedico este post a sondear tus opiniones
al respecto
.
Cuatro
son las posibles opciones:
1.-
Curso de surf.
(¿Me imaginas enfundado en un traje de neopreno, con la melena al
viento y dándome zambombazos contra el agua? Seguro que no tengo
desperdicio para «videos de Primera»).
2.-
Curso de fotografía.
(¿Cuánto he de abrir el obturador de la cámara para que la luz
impregne la imagen que quiero captar y el juego de luces y sombras…?
No sé si tendré paciencia yo para esto teniendo en cuenta que hasta
ahora siempre he sacado fotos en automático).
3.-
Curso de barranquismo.
(¿Quién me vería atado y colgado a varios metros de altura,
dándome taponazos contra la pared y acordándome de mi santa madre?
Que a ver si me tienes, de ella siempre me acuerdo, pero no así).
4.-
Curso de «mejorquédateentucasaqueyatienesunaedadydéjatedeinventar».
(¿Acaso hay algo mejor que disfrutar del sillón, tomar un par de
cervezas con los amigos, unas tapitas, unos gintonics…? Aquí me
veo, ¡y lo sabes!).

Bueno,
pues nada. Que estas son las opciones. Ahora necesito que te
manifiestes (pero sin mover cosas de la mesa, ni hacer ruidos
extraños) y me des tu opinión. Recuerda que
puedes hacerlo de varias maneras: en los comentarios, por señales de
humo, tam-tam, Facebook, Google +, Twiter, por carta certificada…
Cuento contigo.

«Cosas en común»

Extraída, sin permiso, de San Google
Abeke es una
niña de seis años que vive en un pueblo del interior de la República de Sierra
Leona. Su casa es una mezcla de ladrillos de adobe, tablas de madera y planchas
de metal oxidado. Las calles, por las que corretea alegremente con sus amigos,
son una especie de fangal lleno de agujeros, que hay que ir sorteando, a veces
con grandes zancadas, mientras elude las dentelladas de los perros que andan
sueltos y que se asustan con el griterío de tanto niño.
Luisa es una niña de seis años que vive en un pueblo en el interior de
España. Su casa es un adosado de doble pared de ladrillos con capa aislante y
techo de teja, en el que lucen dos placas solares y una antena de televisión.
Las calles están perfectamente delimitadas por las aceras, los pasos de
peatones, el alumbrado público, las papeleras… lo que facilita que pueda correr
sin ningún peligro salvo por las restricciones que le da su madre a la hora de
llegar a una esquina.
         Abeke
está contenta porque hoy comerá una mazorca de maíz y algo de pescado. Luisa
está contenta  porque hoy comerá un Menú
Infantil en un “restaurante” de comida rápida.
A ambas niñas les une, entre otras cosas, su desconocimiento de que hoy,
16 de octubre, se celebra el Día Mundial de la Alimentación.

«Jugando con García Márquez»

Extraída de San google

Aunque «La hojarasca» tapaba toda la senda él sabía, sin duda, el camino. Era «La mala hora», la del momento de «Los funerales de la Mamá Grande», pero nada enturbiaría sus deseos de llegar.
En sus andares recordó las historias de varios personajes, como aquella de «El coronel no tiene quien le escriba«, o el «Relato de un náufrago», que le trasladaban a los momentos en los que vivía como «El negro que hizo esperar a los ángeles», «Cuando era feliz e indocumentado».
Siguió su camino, por el sendero de la «Crónica de una muerte anunciada», como el animal que sigue «El rastro de tu sangre en la nieve» en busca «Del amor y otros demonios» por la «Memoria de mis putas tristes«.
Al fin llegó, como lo hace «El amor en los tiempos del cólera», porque no hay «Cien años de soledad» que valgan, para olvidar a «Isabel viendo llover en Macondo».
P.D. En su recuerdo he intentado crear una pequeña historia con los títulos de algunos de sus grandes relatos. Como homenaje lo mejor es leer su obra.

«Una felicitación navideña»

Ya estamos pisando
las Fechas señaladas en rojo en nuestros calendarios.
Por este motivo, las tEclas de mi ordenador han
decidido ponerse a jugar un rato. En este simpLe texto han
querido construIr un pequeño árbol con el que transmitir
el goZo que todos sentimos, al menos por unos días, la
necesidad de hacer felices a los demás.
            Serán unos días en los que Nada nos distraerá de lo que es más importante: nuestras fAmilias y amigos. Veremos como nuestras calles, ya
engalanadas, se llenan de transeúntes felices a la caza del regalo ideal para
sus seres queridos. Dejaremos de lado al sentimiento aVaro de las
sonrisas, para sustituirlo por una alegre expresión en nuestras caras. Sentiremos
los aromas de las comidas de empresa y de familia
en las que se brinda por tiempos mejores,
por los que ya no están, por los que vendrán o acaban de llegar. Le cantaremos
a la vida, a la paz y al amor… y a todas esas cosas.
            Con todo mi más sincero cariño, ya
te he dicho lo que te deseo.

«22 de abril: DÍA DE LA TIERRA»

EXTRAÍDA DE SAN GOOGLE

Hoy a amanecido con mucho calor. La gente camina por la calle sofocada. Todo el mundo rechista, protesta, se queja. Parece que nunca estamos contentos con lo que tenemos. 

Según cuentan, los que saben de esto, y según sufrimos, los que vagamos por estos lares, lo que tenemos no es, ni más ni menos, que lo que nos merecemos.

Mientras media España sufre inundaciones, nevadas, frío…, la mitad inferior estamos desertizándonos poco a poco, grano de arena a grano de arena. Está en boca de todos. Muchos hacemos los mismos comentarios: «yo recuerdo que hace veinte años hacía mucho más frío»; «¿te acuerdas cuando llovía todo el mes de abril?»; «y hasta el cuarenta de mayo…»
Las cosas están cambiando. La tierra la estamos cambiando. Las organizaciones no gubernamentales lanzan da,papas, avisos, advertencias… y, la mayoría de nosotros, miramos para otro lado.
Así seguiremos, hasta que el calor nos achicharre o el frío nos supere o el agua nos invada o… Feliz día de la tierra, aunque el calor nos asfixie, aunque la estemos destruyendo.

«A ritmo de bolero»

La
música suena en mi mente. Suave y cadenciosa, como lo hace tu voz
cuando susurras tras hacer el amor: Voy a apagar la luz, para
pensar en ti…

Hemos
desconectado nuestros móviles, el ordenador…, hasta el piloto de
la regleta que controla la televisión. Unas velas iluminan la
estancia para así dejar volar mi imaginación…
que se une a la tuya en una cena relajada, sin ruidos. Hasta la
música imaginaria es fruto del maravilloso ambiente que hemos creado
a nuestro alrededor ya que ahí, donde todo lo puedo,
 donde
no hay imposibles, qué importa vivir de ilusiones, 
si así soy
feliz
En
principio la idea era estar así, sin luz, una hora. Lo que dura la
cena. Una hora en la que queríamos compartir nuestra conversación,
sin los apuros, las prisas y el cansancio que nos agobia día a día.
Llevamos tres.
Nos
miramos. El deseo nos une. Solo pienso en que te morderé los
labios, 
me llenaré de ti…
Era
una hora que regalábamos al planeta. Una iniciativa fantástica,
mundial, con la que mostrar un pequeño gesto en defensa de nuestro
mundo y por eso voy, a apagar la luz
para pensar en ti.

¿Te
apuntas? Este sábado de 20:30 a 21:30. Más info AQUÍ.

«Día de Canarias en la escuela»

 Mañana celebramos el Día de Canarias. Habrán romerías, programas
especiales en la tele, ferias, actos solemnes…, o simplemente mucha
gente de escapada a la playa, que los días están para eso.

En la mayoría de los colegios, la celebración ha sido hoy. Créanme
cuando les digo que prefiero una semana normal de clase que un día
de éstos.

Para empezar, según suena el timbre de entrada, las felices caras
de mis educandos rebozan energía y nervios. Hacen cosas que no se
les había ocurrido hasta ahora: subirse en las mesas, correr por la
clase… La vena se me hincha y permito que el sargento de caballería
de mi interior haga su aparición para así recuperar las riendas.

La primera tarea consiste en colocar la ingente cantidad de comida
en una mesa preparada y adornada al efecto. Aún no puedo abrir las
bolsas y enseñarles las delicatessen que han traído. Ya es
suficiente con el olor, que hace que empiecen a salivar, cual perro
de Paulov, para comenzar a escuchar la típica y repetitiva
preguntita de ¿Cuándo comemos?

Sentados en la asamblea reparo en que la mayoría de los niños
aparecen «disfrazados»
para la ocasión: pantalón vaquero, tenis, camisa blanca algo
desgarbada, sombrero comprado en el chino y de la talla del padre…
En cambio, las niñas van más arregladas y vestidas de manera
adecuada con trajes de vivos colores y atuendos made in china,
incluidos collares de perlas y diamantes.

Tras hablar del porqué de esta
celebración, los trajes típicos, recalcar que no es un disfraz y
responder varias veces a ¿cuándo comemos?, realizamos la
presentación de las actividades preparadas para el día de hoy.

Manuel lo tiene claro. No se ha
enterado de nada. Se levanta y va a la mesa de la comida:
―¡Maestroooo!―grita
muy convencido―, lo
más importante de hoy es comer.

Por su cuenta y riesgo, comienza
abrir un tupper con
croquetas, que además no es de él, con el consiguiente enfado de
Paula, su legítima dueña, que no le ha dado permiso.

Esta vez el suboficial al mando
deja paso al Ser Poseído. La vena no se me hincha, se engrosa, de
tal manera que se transforma en canal de energía. Creo que el grito
hizo callar hasta los de la clase del piso de arriba.

Recuperada la compostura, nos
dirigimos a ver la exposición que, sobre las actividades pesqueras
de los Guanches, tenemos instalada en el cole. Las preguntas y el
interés se despierta.

―¿Verdad
profe que los Guanches pescaban para comer?

―Sí,
claro, era una de las… ―soy interrumpido.

―Y
nosotros ¿Cuándo comemos?

¡Aghhhhhhh!
Pronto me dará algo. Los distintos dibujos, la realización de
pintaderas, los gánigos… todo lo que habíamos programado toma un
segundo plano. Lo pasan bien, se les ve entretenidos, pero cada vez
que se levantan para ir al baño, beber agua… hay que ladrarles
para evitar la salivación sobre la comida. Menos mal que el Teacher
viene en mi auxilio y me libera un rato.

―¿Qué
tal todo? ―saluda con su agradable sonrisa―, ¿cuándo comemos?

¿Lo
mato? ―la mirada lo atraviesa―. No, debo contenerme, que además
después habrá que sustituirlo.

Una
hora antes de lo provisto, ya no los aguantamos más. Abrimos las
bolsas, montamos los platos y que sea que tenga que ser.

Parecía
que JAMÁS, hubieran visto tanta comida junta. No se habían
terminado de meter un trozo de tortilla en la boca, cuando ya estaban
masticando una magdalena y pidiendo más refresco, con un vaso lleno
de tropezones.

Evidentemente
de las croquetas no se supo nada más. Fue cosa de brujería,
desaparecieron en un abracadabra.

Cuando
di la cosa por terminada me di cuenta de que el dicho ese de que la
música amansa a las fieras, es del todo ¡mentira!, es la comida.
Inflados y eructando, salimos al patio. Era el momento de correr y yo
de despejarme bajo aquel calor asfixiante al son de: ¡maestro se me
soltó el lazo! ¡maestro se me cayó el fajín!, ¡maestro se
me…!, ¡basta! Me voy. Menos mal que no me toca hacer el recreo y
puedo irme a tomar un café a la sala de profesores.

Alargamos
todo lo que pudimos el patio. Su música, sus juegos, sus bailes…,
sus preguntas nos mantuvieron entretenidos.

Al
hacer la fila para irnos a la clase, y como no podía ser de otra
manera, ya tenían hambre otra vez. Mis niños, que pena me dan. Lo
poco que había quedado sobre la mesa, fue deglutido por una especie
de marabunta. Al llegar sus madres la gran preocupación era si nos
lo habíamos pasado bien y si habían comido o no. Coloqué mi falsa
sonrisa y―recordando a Manuel― respondí:

―Claro
mujer, ¿acaso hay otra cosa más importante hoy?

Al
llegar a casa no pude almorzar. Me tiré en el sillón y me alegré
al pensar de que es la última fiesta del curso. ¡Cielos!, ¡noooo!
¡todavía nos queda la del agua!, al menos esa es sin comida. Pero
esa será otra historia. 

«Mi pequeña colección»

El cuarto donde trabajo, a veces, parece un campo de batalla. Hay algo de desorden motivado por la gran cantidad de libros, papeles, recortes de prensa… Dentro de ese batiburrillo de cosas, me imagino que como cualquiera de nosotros, tengo un espacio favorito.
     En lo alto de una de mis estanterías guardo una pequeña colección de soldados de plomo. Fueron comprados hace tiempo en un anticuario, el cual aseguraba que, al menos, son de principios del SXIX.
    Llevan ahí años. Inmóviles. Con sus banderas, sus armas, su misma posición. Desfilan. Apenas se les cambia de sitio para limpiarles el polvo que tristemente no es el que levanta el camino a su paso, sino el propio del devenir de los días.
    Son doce valientes. Con su trompeta, el tamborilero, el abanderado y una pequeña guarnición de infantería siempre dispuestos a la batalla. En otros tiempos eran más. En tu mente seguro que piensas que es lógico, que el paso del tiempo a hecho mella en ellos. Pero no, no es ese el motivo.
     En concreto puedo decirte que falta uno. Aunque llevo tiempo buscándolo, hasta el momento no ha habido suerte. Por lo que sé, y aunque había ganado alguna batalla, perdió la guerra por culpa de un amor.
     Ella calló en el ardiente hogar de una chimenea. Él, heroico y enamorado, para salvarla, se tiró tras los coloridos cachetes de su bailarina. Ambos perecieron. Sus cuerpos plomizos se fundieron en un solo corazón.
     En mi colección falta un soldado. Uno de plomo y cojo que nunca encontraré. Pero del que siempre tendremos su historia para recordarlo.
     Hoy se celebra el nacimiento del gran Hans Christian Andersen y, por ende, el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Es un buen motivo para leer un cuento. ¡Disfrútalo!