«En busca del camello»

La
noche se aproximaba. Como cada año su ilusión y recuerdos de niñez
estaban circunscritos a lo que pasara aquella mágica noche. Entre
sus deseos no materiales se encontraba una pequeña lista de buenos
propósitos para el año recién estrenado: estudiar, ir al gimnasio,
encontrar un trabajo…Todos ellos estaban bien, y quizás podría
conseguirlos, aunque para ello sabía que, en primer lugar, debía
superar el gran escollo y problemática debilidad.
Una
luz intermitente, del otro lado de la calle, le devolvió al mundo
real. A su mundo. Se ajustó la solapa del abrigo y salió de la
protección de las sombras que le daban cobijo en aquel umbral.
Aún
con el agradable sabor de sus deseos entre sus labios se acercó a la
negra furgoneta que había aparcado y emitido la señal. Sacó su
billetera y pagó los gramos de muerte.
Era
otro camello, pero no el que consigue sueños.

«Inocente, inocente»

Para
él, ir al colegio cada día era un suplicio. Según cruzaba las
grandes puertas acristaladas, notaba como las risas se mofaban de su
ropa o de su pelo…, las miradas se posaban sobre su persona, como
las moscas lo hacen sobre la carne podrida. Así se sentía, podrido.
Pese
a ya estar todos sus compañeros sentados, un extraño silencio
invadía su aula. Se dirigió a su pupitre sintiendo cada una de las
miradas que, como puñaladas, le atravesaban la espalda.
Se
fue a sentar en el preciso momento en el que el profesor entró por
la puerta. Estrepitosamente cayó al suelo. Una lluvia de monigotes
blancos comenzó a caerle encima. La silla se había roto bajo sus
posaderas y con ella su debilidad se volvió locura.
Los
compañeros gritaban: ¡inocente!, ¡inocente! El profesor llamaba a
la calma mientras mantenía aquella estúpida risita. Él chillaba.
Se
levantó como pudo. Cogió su mochila del suelo y sacó la escopeta
de cañones recortados de su padre. El primer disparo fue al techo.
Sus compañeros y profesor al suelo. Ahora, la sonrisa estúpida se posó en
su cara.

―¡Inocentes!,
¡inocentes! ―dijo remedándolos
mientras cerraba el aula con llave. El silencio era sepulcral―.
¿Qué pasa ahora? ¿A que ya no tiene tanta gracia?

«Toca hacer recuento»

Una
vez superada la primera ola de festejos, en este tsunami arrollador
de compras, eventos, buenos deseos… que supone la Navidad, a
llegado el momento de mirar la vista atrás, para ver el camino
seguido.
De la
lotería mejor ni hablamos, que este año no sacamos ni para pipas. 
La paga extra no es que se fuera como mismo vino, cosa que sí que ha
pasado otros años. Este año la tan merecida como esperada, ni se
asomó por la puerta y además, para más inri, Hacienda también nos
han descontado la cotización de la misma, con lo que este mes hemos
cobrado menos. Para entendernos, además de cornudos apaleados.
En
cuanto a lo del fin del mundo, ¡menudo chasco! Por lo menos podían
haber caído unos meteoritos, o algo así, para animar el asunto y
ahorrar en fuegos artificiales o ¿es que los peperos también han
recortado en apocaplisis? En este sentido, tengo un par de amigos que
también sobrevivieron al cataclismo, pero han decidido hacerse los
muertos y no han ido a trabajar, ¡Ah!, ¡no!, ¡perdón! que los
acaban de dejar en paro. ¡Ups! ¿Cuántos hay ya?
Me
imagino que, como a muchos, el móvil no ha parado de sonar. Los
mismos vídeos (el del pitufo cantando, el gato con voz de pito, el
Papá Noel que se baja los pantalones…) una y otra vez; seguro que
ahora vuelve a tocar el que whatsapp va a dejar de ser gratis y si
no envías el mensaje..
.
Bueno,
todavía nos queda fin de año, la lotería del niño, los
calendarios solidarios, el de los bomberos y, por supuesto, la mágica
noche de Reyes, que seguro alguna sonrisa nos dejarán, así que, más
vale disfrutarlos, porque con lo vivido hasta ahora no hay
suficiente.
Mucha
felicidad para todos/as. Si nos dejan.

«La Merkel»

(Historia
de dos. Cap. II)
(Si no has leído los capítulos
anteriores, pincha aquí)
Con
tantas dudas rondando sobre mi cabeza, decidí esconderme como los
avestruces. Me oculté tras el periódico que mi vecino de barra
había abandonado hacía solo unos instantes. Me acordé de esas
viejas y malas películas de espías en los que los diarios tenían
hechos dos orificios por los que continuar observando al enemigo.
Tenía ganas de verla, pero no me atrevía a descubrirme. Entonces
escuché la conversación.
―Mira,
ya llegó «La
Merkel» ―dijo
mi vecino de barra a su compañero de cañas.
―¿Quién?
―preguntó el susodicho.
―La
Patricia, que ya llegó.
―Ja,
ja, ja ¿Todavía te pica, eh? ¿Cómo la llamaste?
―Ja,
ja, ja «La
Merkel»―ambos volvieron a reír― Es que no hay forma de conquistarla.
Aún
escondido tras las páginas del noticiero, no podía salir de mi
asombro. Aquellos dos hablaban de ella como si estuvieran solos.
―¿Cuándo
fue la última vez que lo intentaste?
―Este
sábado por la noche, pero nada de nada. Es dura de roer, como la
Merkel. No puedo derribar el muro que la rodea. Muchas risitas, muchas bromas, mucha calentura…, pero a la hora de la verdad, nada de nada.
La
curiosidad me pudo. Muy despacio fui bajando el periódico. Quería
verla. Necesitaba mirarla a los ojos para armarme de valor y
acercarme a saludarla. ¿Pero y si era como afirmaban estos dos? Iba
a ser el ridículo.
Mi
mirada se dirigió a la esquina en la que se había acodado ella nada
más entrar. Estaban las personas que había saludado, el camarero,
pero ella…
―¡Vaya!
¿A quién tenemos aquí?
Su
voz resonaba justo a mi derecha. Un hormigueo incómodo recorrió mi
cuerpo y mis piernas comenzaron a temblar. Solté el periódico e
intenté poner mi mejor sonrisa de pocker.
―¡Patricia!
―Su cara se acercó a la mía en busca de un par de besos que por
supuesto no me negué a entregar, tampoco tuve otra opción. Con su
cercanía mis pulmones se llenaron del aroma que desprendían su
negros cabellos recién lavados. Todo yo temblaba.
―¿Qué
haces aquí? ¿Cuánto tiempo? ¿No es que odiabas las barras de los
bares?

«El brazo de Don Miguel»

―¿Eres
el hombro del doctor? ―Me pregunta sonriente una joven señorita
uniformada de azafata justo delante de la oficina de calidad y
atención al cliente.
―No
―digo en tono algo seco―. Yo puede que sea un paciente que espera
para ser operado por el doctor, pero el hombro es mio, que para eso
lo llevo aguantando tanto tiempo ―por su forma de mirarme parece
que no le ha hecho gracia.
Ella
mira su carpeta con mi nombre escrito en grande por fuera y pregunta:
―¿Qué
hombro es?
¡Uf!,
mal empezamos.
―Usted
perdone ―recalco el usted― ¿ahí no lo pone? ―Vuelve a mirarme
atravesada. El día promete.
―Claro
que sí, solo era para asegurarme.
―Bueno,
usted ―insisto― tranquila, que el que tiene que estar seguro, por
suerte para mi, es el doctor.
Tras
darme un par de indicaciones escondida detrás de una sonrisita
irónica. Se marcha.
Ya
en manos del celador la cosa cambia. Vamos directos al quirófano. El
amigo Fer con su típico tono burlón reposa todo vestidito de verde:
―Je,
je, je ¿Qué pensabas que me lo iba a perder?
¡Oh,
no! Si hace unos segundos mis piernas temblaban de nerviosismo y por
la profesionalidad de la joven, ahora me temblequea hasta las
pestañas. La razón es que somos como niños ―pero sin el como― y con este aquí,
una vez dormido, temo por las fotos indiscretas, las pintadas en mi
cuerpo con rotulador permanente, el afeitado de vello púbico y otras
cuantas diabluras que, de buen seguro, yo también le haría a él.
Menos mal que el que manda en el quirófano no es de nuestra panda de
algarrobos, que si no…
Momentos antes de iniciar el remiendo con mi amigo, y hermano, Fernando.
El
despertar de la anestesia es paulatino. No siento nada y todo ha
salido bien.
Unos
cuantos días después la recuperación va avanzando: el hombro en su
sitio, los tornillos apretados, las grapas haciendo su trabajo, las
curas bien hechas, el brazo en cabestrillo… Ahora mis recuerdos
viajan hasta el pobre
de Cervantes que se le quedó inmóvil el brazo izquierdo tras
enfrentarse a los turcos en la famosa Batalla de Lepanto y aún así
escribió la obra más grande.
Yo,
ni soy Cervantes, ni me voy a enfrentar a nadie, ni jamás he estado
en Lepanto, pero lo del brazo izquierdo inmóvil… es otro cantar,
por lo que escribir este post con una sola mano, me ha resultado
complicado, sobre todo para las mayúsculas. Bendita pluma la del
maestro Cervantes.
¡Ah!,
¡me olvidaba!, lo del vello púbico… Bueno, mejor no lo cuento.
Gracias Fer.

«Sin dejar rastro»

Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá, antes de que vuelva
papá. Era la cansina cantinela que me repetía una y otra vez entre
sollozos. Aquello había sido un gran error. Todo se me había
escapado de las manos. Ahora debía solucionarlo y dejar la casa como
si nada hubiera pasado. Quizás así podía olvidarlo y continuar con
mi vida.
Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá. Estaba nervioso y
aquella letanía me ayudaba a estar concentrado.
Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá, me repetía mientras
ordenaba el salón, limpiaba el suelo, fregaba las copas de los
cubatas, retiraba las sábanas manchadas y colocaba unas limpias y
recién planchadas. Después recogí las ropas que ambos habíamos
dejado tiradas por el suelo escondiéndolas en el trastero…
Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá, pero, ¿dónde
escondo el cadáver?  

«¡Alto a la Guardia Civil!»

Siempre
escuche la frase: «Más vale borracho conocido, que alcohólico
anónimo». Hoy más que nunca, la creo a pie juntillas. Quizás fue lo que me salvó ayer por la noche.
Como
no podía ser de otra forma, ayer tuvimos cena con amigos. Uno de
esos agradables encuentros en los que la sobremesa se alarga entre
risas, bromas, brindis y alguna que otra cabezada del anfitrión.
La
viandas riquísimas. Cada cual llevaba algo: entrantes, el postre,
las ganas de comer, el cava, el vino… Y los organizadores del
evento se ocuparon del plato principal. ¿Has comido alguna vez
ganso? Ni pato, ni pavo, ni oca, ni pollo…¡ganso!, que al fin y al
cabo todos son ánades por lo que deben ser primos hermanos, pero no
son iguales.
Como
te puedes imaginar todo fue aderezado con los mejores caldos y
preparados, hasta el ganso, como buen alemán, llevaba cerveza.
Cuando
nos despedimos, y cada cual cogió rumbo para su casa, una luz en
medio de la carretera llamó nuestra atención, indicando que debía
pararme al lado derecho.
—Buenas
noches—saludo al educado agente nada más bajar la ventanilla de mi
coche.
—Mu
buenas, control de alcoholemia. ¿Ha bebido usted?—respondió él
con voz seca y rumbrosa.
—Pues
si señor —es que no se mentir— venimos de una cena y…
—Coja
una boquilla —me interrumpe con tono amargo— ábrala y colóquela en el cabezal.
Dicho
y hecho, que ante estos tíos de verde uno no puede andarse con
tonterías. Tomo el suficiente aire —ya se como va el rollo— y
soplé hasta qué el agente dijo basta.
Me
miró con cara de sorpresa.
—¿Hacia
dónde se dirige?
—A
casa ¿ocurre algo? —digo con los ojitos aguachentos y dos bultos
en el cuello.
—No,
nada, puede continuar—respondió el agente como molesto—, ha dado
negativo —dijo mientras me enseñaba el aparatito en cuestión con
un par de ceros verdes en su pantalla.
Mi
sonrisa ocupó toda la cara. Explicaciones posibles varias: El vino,
el cava y los chupitos eran malos. El aparato estaba roto. O lo dicho
desde el principio: «Más vale borracho conocido…»

«Buscando el objetivo» (Historia de dos. Cap. 1)

Debo
estar más chiflado de lo que me imaginaba ―fue
el destructor pensamiento que tuve nada más verla entrar por la
puerta―. La conocí en la cena que organizaron unos amigos. Por
casualidad nos sentamos uno frente a otro, rodeados de amigas
comunes. Hablamos y reímos mucho con todos los que estaban a nuestro
alrededor, pero apenas conversamos solos en un par de ocasiones, ya
que ella era el centro de atención de otros hombres que sí la
conocían, y siempre nos interrumpían.
Recuerdo
aquella noche con emoción. Me
impresionó su presencia y estar. No pude parar de observarla. Todo
en ella llamaba mi atención, sobre todo sus dos ojos negros clavados
en los míos mirándonos, su larga cabellera negra, sus finas manos
dirigiendo el alzado de copas para brindar a la salud de los
anfitriones… Sin duda alguna es todo un personaje, pensé. No sé
si fue amor a primera vista, un flechazo o simple conmoción
cerebral, pero decidí que tenía que descubrirlo. Tenía que volver
a dar con ella, pero a solas. Me marché y no me atreví a pedirle el
teléfono.
Entre
las palabras, anécdotas y costumbres intercambiadas, me quedé con
la idea de que suele acudir a este bar, en el que ahora estoy
sentado, a tomar café, ver amigos, despejarse… Nunca he sido asiduo de ninguno, tampoco me gusta serlo, además éste queda a más de veinte minutos en coche de mi
casa, pero llevo viniendo desde hace un mes, a distintas horas,  intentando coincidir «por
casualidad» con ella. Hasta hoy no había tenido suerte. Ahora que
la veo entrar me entra la cobardía y los nervios al verla invaden mi interior como cuando tenía quince años.
Entró
radiante, con el halo de seguridad que la rodea. Va directamente al
otro lado de la barra. Saluda a un par de habituales, que ya conozco
de vista, y a todos los camareros, con besos y abrazos. La envidia, y
las dudas, me corroen. ¿Se acordará de mi? ¿Qué hago aquí?
¿Espero a ver si me ve o me acerco a ella?

«El pobre doctor de consulta ocho»

La puerta de la consulta, identificada como la número ocho, se abrió
de par en par. Una señora, de unos sesenta años, salió
descontrolada a la sala de espera chillando.
―¡Un médico!, ¡un médico!
Todos los que estábamos
esperando nuestra cita con el anestesista nos miramos asombrados y la
mirábamos a ella desencajados. La señora de los ojos saltones fue
la primera en reaccionar. Se levantó y acudió en auxilio de la
primera, a la misma puerta de la consulta.
―¿Qué ocurre? ―dijo
mientras miraba hacia el interior.
La otra señora no contestó, ya
estaba sobre el mostrador de la auxiliar exigiéndole que llamara a
otro médico. La pobre chica, enfundada en su traje de pantalón y
chaqueta, no podía respirar, quizás por el pañuelo del cuello, que
llevaba demasiado ajustado, o por falta de agilidad mental. ¿Algo
había ocurrido pero ella no sabía como actuar.
―¡Llame a un médico! ―Le
ordenó la señora―. El doctor… ―y volvió corriendo al
interior de la consulta.
Todos nos levantamos para
dirigirnos a ver qué ocurría tras el umbral de la número ocho. Yo
observé como la joven levantaba el auricular y habló con alguien.
Al instante, el médico de la consulta siete, acudió despavorido.
Nos ordenó retirarnos y entró en auxilio de su compañero.
Instantes después cuatro médicos más. Los galenos se habían
amotinado. Uno de ellos acudió al mostrador y habló por teléfono.
El interior del despacho era un hervidero de batas blancas que no nos
dejaban ver.
Minutos después un celador
acudía, cual Fernando Alonso, por el pasillo acelerando la silla de
ruedas de la que tiraba con entusiasmo. Entre todos acomodaron a mi
doctor en ella y lo sacaron orgullosos por el rescate.
―Cólico nefrítico ―sentenció
la avispadilla de las gafas fuccias, que después me enteré que era
dermatóloga.
― Pueden sentarse ―ordenó
el barbas― Todo está solucionado. El doctor está indispuesto.
Mientras volvíamos a nuestros
sitios, un amable señor de corbata, tras reunirse con la
administrativa en pettit
comité
, nos explicó
que el doctor no podría atendernos y que por lo tanto nos iban a
recolocar en el horario de tarde.
―…Disculpen las molestías…
―bla, bla, bla―, como han visto los médicos también se ponen
enfermos ―bla, bla, bla― pero aquí estamos para servirles…
Y es que hay veces que los
cuentos me persiguen.

«¡Qué sorpresa de domingo!»

Tras muchos fines de semana sin
parar la pata desde el viernes, e incluso algún jueves, por culpa de
la multitud y variopintas actividades sociales, deportivas,
culinarias… en las que siempre estamos inmersos, me había
prometido, para sorpresa familiar, que este domingo me quedaba en
casa.
No creas que ha sido tarea
fácil. Ni pienses que la lluvia ha tenido parte alguna. Con el fin
de mantenerme en mis trece, he tenido que desoír una convocatoria
lagunera de almuerzo con parranda, la citación de unos icodenses
para ir a comer castañas y tomar unas “perras” de vino e ignorar
la ruta programada para hoy de mi grupo de montañeros, que también
terminaba en castañada.
En contraposición a las ofertas
recibidas, el plan de este domingo era sencillo: levantarnos tarde
(eso es sobre las nueve que a esa hora la cama ya me escupe), leer el
periódico, almorzar en familia, hacer las tareas del cole de los
niños, siesta, alguna película, leer, escribir… (el listado no
está en orden de importancia, ni de realización, sino según me voy
acordando).
Todos los objetivos han sido
cumplidos y superados. No sólo me desperté una hora más tarde de
lo previsto, sino que, para mi sorpresa, noté la casa en silencio.
Al bajar las escaleras la luz del cuarto del ordenador y las voces de
mis hijos delataban su presencia. Qué buenos son, están jugando
tranquilos ―pensé―.
Pero no. La imagen, al abrir la puerta, fue mucho más alentadora:
Samuel ayudaba a su hermana con la tarea. Y es que hay domingos que
bien merecen su nombre.