«Veinte años después»

¡Déjala
a ella que sea pájaro! Así de contundente fue el grito que le dio
su madre para hacerle entender que debía dejar marchar a aquella
mujer. 
Hacía veinte años de aquello y aún hoy, cuando lo recuerda,
le duele el pecho.
Hoy
todos los recuerdos se apelotonan en su mente, en su corazón, al
tropezársela en la calle. 
En un rotundo y penetrante flash él
recordó, no solo las palabras de su madre, sino como aquella tarde,
al llegar de trabajar, se la encontró guardando un bolso en el
maletero del coche. Se marchaba. Lo abandonaba porque, según ella,
era un desgraciado que nunca llegaría a nada. Ella necesitaba más.
Hoy,
al cruzarse sus ojos por casualidad, y tras reconocerse, intercambian
una triste mirada. Él pasea orgulloso a sus hijos. Se alegra de su
vida. Ella cumplió el pronóstico de su madre, vuela como una
pájaro. Alquila su cuerpo.

«De cola en cola»

―¡A
la cola!, ¡como todo el mundo! ―Fue
el grito que me infirió el guarda en señal de bienvenida al ver que
me acercaba con cara de despistado.
Desde
que la consabida crisis había terminado con el estado del bienestar,
de esto hace ya unos diez años, el mundo que conocíamos ya no
existe.
En
el año 2012 nos quejábamos de la burocracia, del papeleo, de la
falta de seriedad… Ahora tenemos que hacer colas para todo y a
todas horas. 
Esta mañana la hice para sellar el paro (eso no ha
cambiado); dos horas después para recoger la cartilla de
racionamiento, para recoger bonos de gasolina, para el médico, para
la farmacia, para cambiar los zapatos por otros usados, pero en mejor
estado…
Nuestra
vida ha cambiado mucho. Ya no hay dinero para nada, ni para comprar
tabaco. Ahora hago cola para darle una calada a un cigarro.

«Unos minutos de publicidad»

Sin
duda alguna, unas de tantas cosas que debo de mejorar es mi forma de
venderme. Mi autopublicidad es pobre. Soy malísimo en esto. Tan malo
soy, que ayer por la noche estuve como invitado en el programa La
esfera cultural

(pinchando aquí
visitarás su blog) ―emiten
todos
los martes, a las veinte horas, emite Radio Unión Tenerife―,
que no lo escuchaste.
Estuvimos
hablando, de manera muy divertida y amena, sobre mis libros, mi forma
de escribir, la influencia de la dopamina, las competencias básicas,
las estrategias para la enseñanza de la escritura, las lagartijas…
en fin, una serie de variados temas que fuimos encadenando y
desgranando con entusiasmo.
Digo
que me vendo mal, no porque no tuviera vendajes para usar y
momificarme, que seguro que me lo merezco, sino porque muy poca gente
se enteró de mi asistencia a las ondas.
Cosa
que no quiero que pase desapercibida es la noticia de que una amiga
bloguera, nada más y nada menos, que la Doctora Jomeini, a publicado
su primer libro. Es una formidable recopilación de textos con los
que podrás reír, emocionarte, ilusionarte…, momificarte… pero
nunca dormirte, ya que, aunque la susodicha sea anestesista, te
aseguro que nos mantiene bien despiertos cuando de su forma de
escribir se trata. Para más información puedes visitar su blog
Ves,
publicitarse no es tan difícil. A ver si tomo ejemplo.

«Atormentados»

Ella los mantenía aferrados contra su pecho. Aunque ya superaba los setenta años aquella imagen le trajo a su mente recuerdos de su niñez, cuando su madre hacia lo mismo por ella, más o menos cuando tenía la misma edad que la que tienen ahora sus nietos.
Ahora la casa se mantenía a oscuras. Esperaban el momento en que que el fuerte estallido hiciera retumbar todas las paredes, muebles y enseres. No se hizo esperar. Los niños chillaron asustados. La abuela intentaba calmarlos, sin mucho éxito, entonando, con cadencia suave, sus viejas de canciones de amor. Intentaba que no se le notara el temor que ella también padecía.
Una nueva calma. Un gran destello volvió a iluminar el salón. Impulsados por el pánico intentaron protegerse debajo de la mesa del comedor, tapados por la gruesa madera y por el raído mantel. A los nietos les temblaba el cuerpo, a la abuela también el corazón. Tras la siniestra iluminación del relámpago esperaron el estallido del trueno. Aunque tardo un poco más fue desgarrador. La tormenta pasaba pero el terror había anidado para siempre.

«Halloween»

Llegó
el otoño. Con él las lluvias, el viento, las hojas que vuelan por
los aires, las setas, las castañas… Con todo ello, los buenos
deseos empiezan a asomarse en el horizonte de una navidad ya no tan
lejana.
Por
las calles empiezan a correr los más pequeños persiguiendo los
charcos con los que embarrarse los zapatos. O las personas mayores o
los otros más estirados y encorbatados que no quieren mojarse con
las benditas cuatro gotas que caen del cielo.
Mientras
ellos corren despavoridos por su miedo, otros sufren el miedo y el
terror que les viene dado por otros fantasmas, vampiros y zombis que
han logrado saltar desde otra cultura.
Halloween
ya está aquí, y con esta nueva fiesta los sentimientos encontrados
y las luchas ideológicas de los que piensan que no hay que
fomentarla, de los que creen que es una oportunidad de negocio, de
los que consideran que es culpa de la globalización, de los que
creen que es gracias a la globalización, de los que no creen en
nada… Así, vamos sorteando nuestras desgracias y la de los otros.
Lo
que sí es cierto es que, nos guste más o menos, Halloween existe.
Ha logrado saltar nuestras costumbres protectoras y además tiene
intención de quedarse, con o sin permiso de trabajo, con o sin
crisis.
Y yo,
que soy poco novelero, ya tengo disfraz para acudir a una
«supermegafiesta»
preparada en casa de unos amigos. ¿Te apuntas?  

«La decisión»

De la
rutina insípida de su oficina, saltó a la soledad fría de su plaza
de garaje. Detrás oía las voces, las risas y las bromas que sus
compañeros le lanzaban como clavos ardiendo que le perforaban todo su
ser.
Penetrar en su coche significaba encontrar la puerta de salida a
su sufrimiento.
Rumbo
al hogar la música le daba un respiro. Le ayudaba a olvidar el día
vivido, a tener su mente ocupada para no escuchar sus propios
pensamientos, tenía voces que le hablaban y le indicaban como acabar
con todo aquello.
Llegar
a casa parecía, a priori, un refugio. Así debería de ser si no
estuviera ella, su madre. Le machacaba desde que tenía memoria. Día
tras día le devolvía los mismos golpes psicológicos que le daba el
resto de la gente. Se sentía impotente, incomprendido, raro.
Hoy
no lo soportó más. Pudo matarla, pudo suicidarse, pero decidió
marcharse.

«Difícil de explicar»

―¡Mamá!,
¡necesito un frasco de cristal! ¡¿Mamá?! ―Parece que no hay
nadie en casa. Tengo prisa así que a ver qué hay en la despensa.
Este mismo. ¿Alcachofas? Bueno, no sé para que se usan las
alcachofas, pero me lo llevo. Llego tarde―. ¡Mamá! ¡Me voy!
―Grito. A lo mejor está en el cuarto de baño y no me escucha. De
todas formas no puedo esperar.
Soy
estudiante de medicina. Acabo de enterarme de que puedo hacerme con
un par de testículos que hace días le biopsiaron a un pobre hombre.
Como me he hecho amigo del patólogo que lleva el caso, me los ha
regalado. Todo de estraperlo, en teoría deberían destruirse. Por
eso tengo que llevar mi propio bote de cristal. Los que usa él,
están fechados, numerados y llevan un riguroso registro.
Siempre
me sorprende el cuerpo humano. El otro día, sin ir más lejos,
mientras rotaba por medicina de familia, un paciente, que iba por una
fuerte inflación en sus testículos, se negaba a enseñárselos a
la doctora porque decía que eran muy grandes. Ella le dijo que si no
los veía no podía recetarle nada, a lo que el hombre le respondió:
«Hombre doctora, no
me toque los cojones»
.
La médico, acostumbrada a combatir en estas lides no dudó en su
respuesta y, agarrándole la bragueta al sujeto le contestó: «Eso
también Don José. Eso también tengo que hacerlo»
.
Sin pensárselo mucho, y con los ojos de asombro del susodicho, y los
míos, le desabrochó el pantalón y en un santiamén lo dejo con sus
partes al aire. ¡Eran enormes!, sobre todo el derecho.
Aquello
dejó huella en mí y me hizo pensar. Ya no haré caso a mi padre
cuando me grite: «¡Deja de tocarte los huevos y….!» Si él
supiera lo importante que es explorárselos.
Desde
entonces creo que me decanto por la urología. De ahí que, cuando
tuve la oportunidad de tener otros testículos en mis manos, aparte
de los míos, no la desaproveché. Quiero verlos por dentro,
estudiarlos, aprender todo lo que pueda sobre ellos.
Regreso
a casa. No puedo andar con unos «huevos» por la calle bañaditos en
formol, tengo que guardarlos en un buen sitio. ¡La nevera vieja del
garaje! Pero tendré que limpiarla. ¡Mamá! ―vuelvo a llamarla a
gritos― ¡Dejo una cosa en la nevera mientras voy al garaje! ¡Mamá!
¡Después te explico!
Las
horas han pasado. Al final me he liado y no terminé de limpiar la
nevera. Que si el teléfono, ir a buscar a mi hermana, comprar el
pan, recoger la ropa de la azotea… Menos mal que una buena comida
lo arregla todo.
―La
paella sabe un poco rara ―comenta mi padre.
―No
sé ―dice mi madre mientras se sienta tras servirse su plato―
Será que a ti te gusta con más alcachofas y sólo quedaban dos en
la nevera. Es extraño, creía que había comprado un bote ayer.
¡Ups!
¿Cómo explico esto?

«Fuerza de voluntad»

–Ayer
Ana me dio para merendar uno de estos con Nocilla –dijo la chica
señalando las bolsas de pan de hamburguesas.
–Pero,
¿Tú no estabas a régimen? –infirió la otra con voz de asombro.
–Sí
es que…
La
conversación la escuché sin querer, por casualidad. Andaba  caminando por el supermercado, tirando del carro, entre mis
pensamientos y eligiendo mi pan de molde favorito, cuando aquellas se
pusieron a mi lado y comenzaron la pequeña cháchara.
En un
principio, sin haberlas visto, podría parecerme una conversación
más o menos normal, pero no salí de mi asombro cuando al girarme,
para encañonar con mi mirada el estante de la leche, descubrí que
las susodichas eran dos jovencísimas niñas –la mayor no pasaba de
diez y la pequeña tendría unos ocho– con sus cuerpos bien
rellenitos y su alma cargada de voluntad por mejorar su estética.
Coincidimos
varias veces. Por mucho que lo intenté, siempre me fijaba en ellas y
estudiaba sus comportamientos En todas las ocasiones alababan las
galletas, las chocolatinas, las papas fritas, las chuches… y su
madre, con cara de resignación y compromiso maternal, las iba
metiendo en el carro a la voz de:
–Bueno,
pero solo esta vez, que ya sabes lo que dice la pediatra.

«Bankenstein»

Con
esa exactitud tan característica de la ciencia, lograda tras años
estudiando, supe que el momento estaba cerca. Por si acaso repasé
otra vez los cálculos. Todo estaba correcto. Según mis números, en
breves instantes, un poderoso rayo descargaría toda su furia contra
la antena situada en el techo, para transmitir su energía sobre el
cuerpo inerte que yace sobre mi mesa de operaciones.
A la
hora convenida, un estrepitoso rugido, seguido por un haz de luz,
inundó toda la estancia. Puedo ver como el luminoso haz recorre el
hilo de cobre que tanto me costó mangarme de la obra abandonada de
la esquina. Yo, protegido tras una mampara, me froto las manos
esperando ver el resultado.
El
cuerpo se agita de manera estrepitosa. Río nervioso,
escandalosamente. Veo como el ser se levanta resucitado. La cuenta
corriente se mueve. No hay nada como una buena sacudida para rescatar
un banco.

«De acampada en el paritorio»

Un
«whatsapp»,
que ahora es la forma más común de comunicarse, nos alertó y puso
en marcha. El mensaje rezaba: 4 cm de dilatación, cuello
borrado. Vamos al hospi.

Nos pusimos las pilas. Colocamos a los niños en casa de la abuela y
para allá que vamos.

Los hospitales son lugares lúgubres, fríos y por momentos
tenebrosos. A las 21:00 horas ya hay poca gente. Tras pasar por el
túnel elevado que comunica dos edificios, y que parece más un túnel
de viento por la corriente existente en su interior, llegamos a la
sala de espera del paritorio. Todo listo: la bolsa con los bocatas,
el agua, las chuches para endulzar la noche, el Ipad, tarea
del cole… Ahora a verlas venir.

Las dos primeras horas pasan fugaces. Las familias con las que
compartimos el lugar se van marchando alegres con la llegada de su
nuevo miembro ―o miembra, no
sé―. Otras van llegando, con los nervios, las esperanzas y las
bolsas parecidas a las nuestras. La tercera hora empieza a ser
aburrida. Nos vamos quedando solos.

Las noticias escasean. El anestesista ―o
anestesisto, no sé―está ocupado en quirófano y parece que
tarda. Dentro nuestra hermana sufre los dolores oportunos.
¡Paciencia! Cuando la vemos aparecer con su gorrito de colores y sus
suecos protegidos con una bolsa plástica verde ―duda:
Si se pasea con eso puesto por todo el hospital ¿Para qué sirve?
Respuesta: Para que no se le ensucien esos suecos tan monos de
colores. Comentario sarcástico: ¡Ah!, que susto, pensé que era por
un tema de asepsia de los quirófanos, paritorios…― sabemos
que será para ella, no hay otra.

Desesperados. Son las cuatro de la mañana y la «jodia»
de mi hermana está durmiendo, con ocho centímetros de dilatación,
la bolsa rota, abrigada en su cama, con música de fondo, drogada con
la epidural… y nosotros, por fuera, con el culo plano en los
fantásticos asientos de la sala de espera ―sarcasmo,
claro―. La cabeza nos da bandazos. A estas alturas de la
noche no le hacemos caso ni a las galletas rellenas de chocolate.
Buscamos parecidos razonables en los dibujos de las marcas que han
dejado las miles de cabezas apoyadas en la misma pared en la que
estamos nosotros ―alguien
debería pasarle una manita de pintura. Igual en el próximo parto
compro un bote y así me entretengo. Otro sarcasmo―. A las cinco y
media de la mañana decidimos irnos a la cafetería por aquello de
ayudar a superar el jet
lag
o como se llame.

A partir de las siete de la
mañana ya nada nos importa. La gente empieza a llegar. Hay cambio de
turno, vienen más preñadas para hacerse sus registros, unas se
quedan, otras se van… Nosotros seguimos aquí.
Nos informan de que entra en
paritorio. Los nervios se despiertan. A las 9:40 Jose Juan, nombre
normalito tirando a recio, ―JJ para la familia― ya está entre
nosotros. El padre, sufridor como el que más, empieza a mandar los
primeros «guasapos»
con las fotos. Todavía nos quedará una hora más para abrazarlos,
pero esa pasa rápida.
Mi hermana está radiante y
guapísima. Mi cuñado llora de emoción y JJ es un pequeño
muñeco,
con pelo negro, dispuesto a comerse el mundo. A eso te ayudaré, que para eso soy «ToGuille» ¡¡¡BIENVENIDO!!!