
No sé en qué momento ocurrió exactamente. Un día me fui de vacaciones con la intención clara de estar fuera apenas un mes, de desconectar lo justo, de tomar aire, y, sin darme cuenta, el tiempo empezó a correr más deprisa que yo. Los días se encadenaron, la distancia se hizo más grande y, cuando quise mirar atrás, ya había recorrido un camino del que no fui del todo consciente mientras lo caminaba.
El tiempo tiene esa extraña habilidad, pasa sin pedir permiso y, cuando regresas, descubres que no solo han cambiado las cosas a tu alrededor, sino que también has cambiado tú. Las ausencias se alargan, las rutinas se diluyen y uno empieza a preguntarse en qué punto exacto se perdió algo que creía tan propio.
Pero ya está. Por fin vuelvo. Mi regreso tiene una única motivación lo necesito. Necesito recuperar mi espacio, mi soledad elegida, volver a habitar esta esquina que un día fue refugio. Necesito reencontrarme con esa distancia sana que a veces pierdo de mí mismo, y alejarme de otra distancia, más peligrosa, que sin darme cuenta se va ganando… o se va perdiendo, porque no todas las distancias se miden igual, ni todas significan lo mismo.
Todo depende del lugar desde el que se mire, del momento vital en el que te encuentres. Pero yo soy así. Soy de los que un día decide terminar, cerrar e irse. Aunque nunca es realmente de esa manera, tan de repente. Nada importante lo es. Siempre es poco a poco. Aguanto, sostengo, tiro y tiro, hasta que llega un instante en el que no es cansancio —porque no me canso—, es decisión. Es ese momento íntimo en el que entiendo que hasta ahí he llegado, y que las fuerzas que me quedan ya no quiero seguir gastándolas en el mismo lugar. Las fuerzas, entonces, cambian de destino. Se redirigen. Se recolocan.
Por eso estoy aquí. Volviendo a destinar la energía a otro lado, a este, al mio, a esta esquina que te gustaba visitar los jueves… o que quizás te gustaba antes. A este espacio donde siempre me he permitido ser, escribir sin prisa, pensar sin ruido y sentir sin filtros.
Espero recuperarte tras habernos perdido en este tiempo. También espero recuperarme. Seguir viviendo mis letras de una manera más sosegada, como siempre han sabido acompañarme. Porque escribir nunca fue solo escribir, ha sido hogar, ha sido desahogo, ha sido silencio, llantos en soledad, pero sobre todo es una conversación conmigo mismo, y eso, cuando se pierde, se echa de menos más de lo que uno reconoce.
Gracias por estar.
Gracias por volver.
Gracias, sobre todo, por leerme.








